martes, 3 de octubre de 2006

¡CURSO OBLIGATORIO DE MíMICA PARA CUIDACOCHES YA!





Roberto M. tiene un buen pasar económico, dos hijos y en sus ratos libres practica arquería y aromaterapia. Es, según lo que testimonian amigos y vecinos, un hombre feliz.


Pero tras esta fachada de normalidad, Roberto sufre una tragedia cotidiana que sólo a costa de una depresión latente logra ocultar: Roberto no comprende las indicaciones de estacionado que le dan los cuidacoches callejeros.


Semana tras semana, cuando Roberto parte en excursión familiar, llega el momento de estacionar su Dodge Polara de color verde musgo. Negándose, por una cuestión de principios, a utilizar los garajes agiotistas de las zonas de paseo (.Mis abuelos inmigrantes supieron lo que es alimentarse del mismo mendrugo de pan durante una semana y me hablaban de esto como cuento para ir a dormir., se justifica). Entonces es atraído por los trapos agitados de los emprendedores de turno, en busca de un lugar donde su vehículo pueda disfrutar de una agradable tarde al sol.


Lo primero que nota Roberto es que el lugar seÑalado por el cuidacoches no se corresponde con las contundentes dimensiones de su majestuoso bólido. Probablemente el valet aficionado esté acostumbrado a coches raquíticos y tuberculosos como Twingos y Ford Kas; o tal vez sea un fanático del Ratón Alemán. El caso es que el sector adjudicado parece más apropiado para estacionar un repartidor de pizza sobre patines que para un automóvil con sus cuatro ruedas y su carrocería correspondiente.


De cualquier modo, Roberto se promete hacer el intento. Y entonces da comienzo su pesadilla.


Tal como lo ha aprendido en las clases de estacionado tomadas junto a su padre en una pacífica ciudad balnearia hace veinte aÑos, Roberto realiza un giro completo de volante hacia la derecha y pone marcha atrás, rumbo al cordón; entonces comete el error de mirar al cuidacoches, que hace una seÑa consistente en un giro con el índice hacia arriba en el sentido de las agujas del reloj. Confundidos sus sentidos, el automóvil choca contra el cordón.


Roberto gira el volante en dirección a la izquierda para enderezarlo, pero el cuidacoches vuelve a girar su índice, pero para el otro lado. Roberto se siente confundido, porque ni el volante ni las ruedas ni el auto giran mirando hacia arriba. El cuidacoches hace una seÑal de detenerse, pero Roberto no está yendo a ningún lado. Cosa que lo confunde más. Ofuscado, Roberto pisa el acelerador y el coche se estampa contra el guardabarros del coche de adelante.


Ahora el cuidacoches vuelve a girar su índice, pero Roberto, que está un poco alterado, no logra decodificar hacia qué dirección. Pone marcha sin embragar y se escucha un ruido medio feo. El coche gruÑe y resopla. Luego arranca, marcha atrás, y vuelve a atrancarse contra el cordón.


El cuidacoches, inmutable, se limita a volver a girar su índice hacia arriba y Roberto se pregunta si el auto tendrá una hélice en el techo y él no se ha dado cuenta. Esto explicaría muchas cosas .y las simplificaría sobremanera. Pero no encuentra los comandos del helicóptero. Entonces, ya perdido el dominio sobre su volante, se limita a obedecer al cuidacoches que le ordena con un gesto venir hacia adelante y el coche vuelve a chocar contra el guardabarros de enfrente.


Su familia empieza a impacientarse y a sugerirle que se tranquilice o a preguntar si ya se pueden bajar o si es este el fin del mundo, y Roberto se rebela contra el estacionador. Chequea personalmente, a través del retrovisor, la distancia del auto de atrás, gira con violencia su volante hacia la derecha, pero se confunde y pone primera y se escucha otro ruido horrible, pero del guardabarros del auto de adelante.


El cuidacoches también está un poco nervioso pero hace de tripas corazón porque no quiere perder el negocio, así que hace una serie de seÑales consistentes en más giros del índice imitando un helicóptero, luego un gesto que recuerda a la guardia de los Tres Mosqueteros y por fin un gesto más que podría significar la puesta en marcha de una abocardadora de caÑos flexibles o tal vez está mimando el título de la película .El pájaro de las plumas de cristal., de Darío Argento, un clásico del suspenso de los setenta.


Roberto mira simultáneamente las indicaciones del cuidacoches, que ya no tienen ningún sentido, y el espejo retrovisor, al tiempo que recuerda la voz de su padre explicándole algunas nociones básicas de marcha atrás con una voz muy autoritaria, y con toda lógica sufre una tara direccional atrás-adelante, y gira las ruedas en la dirección incorrecta y pone primera, así que el coche se incrusta por tercera vez consecutiva contra el de adelante.


Enfurecido y rojo, gira el volante hacia la otra dirección, da marcha atrás, luego adelante, luego atrás, luego, no sabe cómo, hacia el costadito, y por fin, cuando el auto está completamente engrampado entre los dos autos, echando olor a aceite quemado y completamente en diagonal al cordón, él, su familia e incluso el cuidacoches dicen .perfecto, perfecto, así está perfecto, ya está, ya está. con mucha indulgencia y todos se bajan empapados en sudor y muy apurados.


Roberto gruÑe su preaprobación del empleo del cuidacoches, y cuando se está alejando, éste le susurra a la distancia algo que se oye como .Sí, era .El pájaro de las plumas de cristal., seguido de un guiÑo cómplice.


Roberto se marcha azorado y pálido, reflexionando en cómo sacará luego el coche de allí. Sólo espera que no tenga que seguir ninguna indicación gestual.


Como Roberto, millones de personas en el mundo tienen problemas para identificar las indicaciones de los cuidacoches como algo comprensible y humano.


No los discriminemos.


Esta es una campaÑa de bien público.


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