En esta serie de entrevistas a P., el viejo Maestro viene tocando los temas habituales en su vasta obra: La Maldad del Hombre, la Imposibilidad de la Felicidad, la Atrocidad de la Existencia y .y dale .la Maldad del Hombre; pero esta vez nos acercamos a su espectacular villa en la Costa Azul con la esperanza (después de varias cartas a nuestro Correo de Lectores quejándose de suicidios de familiares) de hacerlo hablar de otros temas: la vida cotidiana, sus afectos, los pequeÑos placeres que lo inspiran.
¿Qué desayunó hoy, Maestro?
P: Café con leche con medialunas de grasa. Pero dejemos estas frivolidades: voy a hablar de la Maldad del Hombre. Es indudable que el Hombre, ese animal, ese asesino, ese desgraciado, es la causa de la mayoría de los males que azotan ese planeta. Es una suerte que se acerque rápidamente a su extinción, así deja de daÑar las bellezas de este planeta. El Hombre ensucia los ríos, contamina el planeta, extermina especies enteras, sólo por la Maldad intrínseca, el Lado Oscuro de la Fuerza, digamos, que trae desde la cuna (Hace un largo silencio, mirando el Mar Mediterráneo).
¿Y estaban ricas (las medialunas)?
P: Sí. Pero te voy a dar un ejemplo (no de las medialunas, sino de la Maldad del Hombre). Fijate donde está esa cancha de paddle con aire acondicionado que mandé construir: allí, antes, había un bosquecillo de abedules centenarios. ¡El capataz de las obras los tiró abajo, acabó con una familia de individuos vivos y valiosos, simplemente acudiendo a la .obediencia debida., esa vana excusa para dar rienda suelta a la Maldad del Hombre!
¡Qué horror, Maestro! ¿Y por qué no hizo la cancha de paddle ahí al lado, que hay un páramo?
P. Ya te dije: Debido a la Maldad del Hombre.
Entiendo.
P: Y aparte ahí quedaba mejor.
Sin embargo, Maestro, uno se sienta aquí, viendo este lugar tan hermoso, sintiendo este olorcillo a pinos, a lavanda, disfrutando de la brisa mediterránea… ¿No se olvida por un rato de esas cosas?
P: Sí, sí, siempre, pero, ¿sabés qué pasa? ¿Podemos ser felices en un mundo donde alguien como yo, que escribió dos libros pedorros, tiene docenas de propiedades en el mundo entero y se rasca todo el día mientras un trabajador portuario se muere de hambre? O sea, yo sí, pero, ¿puede serlo el trabajador portuario? ¿Sabés qué? Esto se encadena con el tema de la Imposibilidad de la felicidad. Ahí está. (Se restriega las manos) ¡Hoy va a ser una tarde muy jugosa!
Sin embargo, ¿no cree que la bondad está presente también en el corazón humano?
P: No. La Maldad del Hombre es Omnipresente. Está en mí, que le compré esta propiedad por dos mangos a un Conde arruinado .que después incluso se suicidó -, y que ayer por ejemplo salí a a patear perros atados, pero también está en el trabajador portuario, que no es capaz de aunque sea alegrarse de que a mí me vaya bien. Y estas cosas son las que llevan a la humanidad a su destrucción segura e inexorable y dolorosa y pronta.
¿Y cuándo sería eso?
P: En cualquier momento. Capaz que hoy a lanoche estás comiendo el postre y viene la Destrucción Inexorable. Pero lo más probable es que venga dentro de diez o quince aÑitos, cuando yo esté muerto. Me parece que va por ahí. Es una sensación que tengo.
¿Por qué se ríe?
P: Yo no me reí.
Recién se rió, cuando dijo .cuando yo esté muerto..
P: No, te habrá parecido. Igual quiero dejar algo de esperanza para la humanidad aclarando que tal vez me equivoque.
¿Lo cree así, Maestro?
P: No, en realidad no. La verdad es casi nunca me equivoco en mis predicciones: Acordate de aquel estremecedor artículo donde predije la ascensión de Hitler, e incluso mi participación en su gobierno. Y esto se relaciona .de nuevo .con la Maldad del Hombre, con la Imposibilidad de la Felicidad y, ya que estamos, la Atrocidad de la Existencia.
Maestro, ¿pero no cree que en toda persona, hasta en la más humilde, existen momentos, pequeÑos resquicios de felicidad?
P: No, toda no. Por ejemplo, vos no.
¿Por qué?
P: Bueno, imaginate, sos una periodistucha de cuarta cuyo máximo logro en la vida es entrevistar a otra persona. ¿Vos te creés que alguien se va a acordar de tu nombre? No, la gente va a leer tus notas mí. ¿Podés ser feliz? ¿Eh?
Comprendo lo que quiere decir. De cualquier modo tengo una vida profesional rica y todo el futuro por delante.
P: Perá que hago un llamado. ¿Hola? ¿Héctor? Qué tal, che. Escuchame, ¿viste la piba esa que me mandan siempre para entrevistarme? Me parece que no va, eh. Y, no sé, no me da confianza. ¿Puede ser? ¡Bárbaro, nos vemos! Listo, Calixto. Te hice echar. ¿Ves lo que puede la Maldad del Hombre?
Creo que empiezo a entender su punto de vista.
P: Bueno, acabáramos. Las cosas que hay que hacer para transmitir la visión del mundo de uno. ¡Y como esta injusticia se suceden a diario cientos y cientos iguales! No, la Maldad del Hombre. Tremenda la Maldad del Hombre. Y eso que todavía no te conté sobre la Maldad de la Mujer. Esa sí que es brava. Son todas unas reventadas.
Los ojos del Maestro, en habitual reflexivos y húmedos, se enrojecen por un instante; puede ser la emoción, la amargura que lo embarga, y también puede ser el impacto de la botella que le acabo de partir en la cabeza. Esta cronista prefiere dejarlo solo, sumido en sus reflexiones y en sus quejidos de dolor: quién sabe si este acto será el Génesis de un nuevo y brillante articulo sobre la Maldad del Hombre, la Imposibilidad de la Felicidad, o , por lo que expresa, sobre Mandar Matones para que le Rompan las Piernas a Jóvenes Periodistas
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