Escribe el Lic. Isaías Baralt
Crítico enológico desocupado
lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com
El jueves último tuvimos el agrado de festejar el Día del Enólogo junto a nuestros camaradas de todo el país; aunque se nos disculpará la pequeÑa licencia poética de utilizar la palabra “junto”, ya que, como todos saben, de momento nos encontramos hospedados algo en contra de nuestra voluntad en la Clínica de Rehabilitación de Dipsomanías y Compulsiones Malsanas.
Como Dios quiera que jamás dejamos pasar una ocasión de festejar, solicitamos a nuestros cancerberos la posibilidad de realizar un pequeÑo meeting con quienes son nuestras amistades más cercanas en la actualidad: Nuestra querida protegèNati; Rodney, un simpático joven que está intentando abandonar la heroína y que nos entretiene siempre con los relatos de sus aventuras en Edimburgo, y por supuesto, Obdulio, enfermero de profesión, aunque oficia más bien de recetapastillas y guardia de seguridad (no precisamente para protegernos, of course!), y a quien estamos obligados a invitar por exigencia de las autoridades del establecimiento.
Se nos ofreció, como excepción, la posibilidad de brindar con agua carbonatada -una muestra del macabro sentido del humor de los directores de la Clínica -que aceptamos con una sonrisa diplomática. Desde luego, jamás pensamos en aceptar este sacrilegio con seriedad, pero nos sirvió como preámbulo a la pequeÑa estratagema que veníamos planificando. El bueno de Obdulio, siempre confiado, aceptó acompaÑarnos en el brindis, que culminó en reparadora siesta de este verdadero Florence Nightingale sudamericano gracias a la dosis discrecional de Lexotanil que hemos ido almacenando subrepticiamente durante meses, colocadas en su copa con habilidad que nos atreveríamos a calificar de rayana en la prestidigitación.
Pudimos entonces extraer del doble fondo que hemos construido con paciencia monacal en el elástico de nuestra cama, una botella de Chevalier Noire, un estupendo Carménè burdelino del aÑo 1999 que se encontraba en la cúspide, introducido de contrabando gracias a un colaborador externo. Luego de descorcharlo con ayuda de nuestras uÑas talladas artesanalmente en forma de tirabuzón, nos deleitamos con sus notas de frutos rojos, los arándanos, los papándanos y las especias como el clavo, el curry, el perejil; mas, ¡ay!, cuando nos disponíamos a degustarlo, la inesperada visita del siniestro subdirector de la clínica – a quien encontramos muy parecido al actor Christopher Lee -disolvió toda esperanza de continuar nuestro party.
Encerrados luego en la celda de castigo -un pequeÑo recinto de 2 por 2 que nuestros captores llaman “El Gabinete de la Tranquilidad” -y privados de nuestra encantadora compaÑía, pero siempre con la moral alta, extraímos de abajo de la plantilla de nuestro calzado nuestro plan B: Una “pasta base”, por así llamarle, compuesta de algunas pasas que integraban el pannetone con que nos obsequiaron en las últimas Navidades, más 10 ó 12 frutos negruzcos que logramos extraer de la rama de un árbol que asomaba a nuestra ventana – cuando estábamos en una celda con ventana -que exprimidas y fermentadas por la acción conjunta del caminar y el sudar, producían, al ser mezcladas con el vaso de agua que nos permitieron traer- casi con bronca -un bastante aceptable cabernet sauvignon del 2006. De aroma intenso, ácido, con perfume a frutos rojos, negros y verdes y algo de chocolate, pimienta, anisado y afrutado, ideal para acompaÑar carnes de caza y pollo, con reminiscencias dieciochescas y, para qué negarlo, algo acre en el fondo de la nariz, porque tampoco podemos olvidar que lo tuvimos abajo de las patas durante nueve meses.
Sin embargo, olvidamos que en estas épocas que nos atreveríamos a calificar de orwellianas, la vigilancia electrónica está a la orden del día; y allí hizo su acto de presencia el querido Christopher Lee, recordándome, al tiempo que nos quitaba el vaso y un dúo de enfermeros más cercanos a la Gestapo que a la Cruz Roja nos apresaban groseramente, que es esencial para nuestra recuperación el no probar una gota de vino por el resto de nuestra vida.
Sujetados por gruesas correas y con el cráneo completamente cableado, empezamos a creer con desesperanza que, efectivamente, la fecha pasaría sin pena ni gloria, o mejor dicho, sólo con pena; entonces llegó la hora de ser administrados, vía oral, con nuestros 2 ml de Diazepam.
No recomendamos a sommeliers jóvenes esta proeza, y de hecho pensamos que de estar libres es preferible seguir apegados al vino en formato tradicional: pero gracias a nuestro entrenamiento – y a aÑos de estar encerrados -hemos logrado almacenar en un pequeÑo “hueco” en el fondo del paladar, algo de moho extraído a trozos de naranja que tuvimos la precaución de alamcenar en nuestra celda. El mencionado psicofármaco, mezclado con ayuda de las muelas y la punta de la lengua, logra, al entrar en contacto con este moho, un proceso de fermentación quimica instantánea bastante lejano al que se logra en cubas de roble, pero no por ello despreciable. Un poco de saliva para que el resultante “bolo” quede en suspensión, un poco de paciencia – es conveniente contener el líquido en la cavidad bucal unos quince minutos para logar homogeneidad, y ¡presto! Tenemos, en el interior de la boca, un Gewüminer vigoroso y seco, del aÑo 2006, aterciopelado y generoso, con tonos a lavanda, arándanos, papándanos y repámpanos, agudo en el fondo de la boca y sospecho que dulce en la punta de la lengua -aunque lamentablemente este vino nació en el centro de la misma. Sólo lamentamos no tener a mano unas codornices rellenas de almendras con pequeÑo purée de ciruelas doradas, un plato ideal para acompaÑar este vino.
Por lo que podemos decir con orgullo, que nuestro Día del Enólogo ha sido celebrado más que satisfactoriamente.Cheers!
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