lunes, 6 de febrero de 2006

.LOS 12 ORIENTALES., capítulo 3: .Bombardeo en el Río de la Plata.





(Por amplia mayoría, ganó el NO, y los 12 orientales deciden arrojarse a las aguas turbias del Río de la Plata)


-¡Vamos, bo, hay que tirarse al agua y alcanzar la costa a nado!

Por supuesto, antes que nada hicimos una breve ceremonia funeraria con el cuerpo del Wilson, enterrándolo en una esquina del Free Shop bajo los envoltorios plateados de Toblerone. Y luego corrimos a la borda del barco.


-¡Ahora! . grité. -¡Por Conaprole y el Gusano Loco del Parque Rodó!


Los muchachos saltaron y yo estaba a punto de tirarme cuando vi el pánico dibujado en el rostro de Winston Washington II, el botija de Carmelo.


-¿Qué pasa, bo?

-Es que… Es que… ¡No sé nadar, Sargento, bo! . sollozó Wilson Washington.

-¡No importa! . No había tiempor para reproches, así que le di el termo que llevaba bajo el brazo – ¡Usalo como flotador! ¡Y si te llegás a hundir usá la bombilla para respirar!

-¡Impecable, bo!

-¡Vamos!


Nos arrojamos al agua. Durante la caída, que pareció durar un siglo, sólo pude pensar en que necesitaríamos mucha suerte; aunque ninguno de nosotros se ahogara, la conocida toxicidad del Río de la Plata del lado argentino probablemente nos mataría más tarde o más temprano. ¡Pero había que intentarlo!


Por unos segundos perdí el conocimiento, noqueado por los vapores de mugre emanantes del asqueroso Río de la Plata (del lado argentino); mi organismo, acostumbrado a las límpidas aguas montevideanas, no resistió el impacto, como los marcianos de .La guerra de los Mundos.. Pero volví en mí, al escuchar los gritos de los muchachos.


-¡Cuidado, Sargento, bo! . gritaba Winston Winston, desesperado.

-¡No se preocupen, no se preocupen! ¡Estoy bien!- intenté tranquilizarlos mientras braceaba en su dirección. Pude distinguir que a su lado estaban Ilya, el ruso, y Wilson Washington, cuyo uniforme mojado a la altura del pecho me hacía dudar de su verdadera identidad.

-¡No, Sargento! . Gritó Ilya, seÑalando detrás de mí – ¡Mire!


Miré atrás mío; del Buquebus, que no era más que un bombardero camuflado, asomaban cuatro caÑones lanzamisiles. ¡Nos habían descubierto!


-¡Rápido! ¡Todos juntos! . grité desesperado. ¡Todo estaba perdido a menos que mi plan funcionara!


Escuché un disparo y el silbido de un cohetazo acercarse. Y luego, un estruendo a unos cien metros. ¡Habían fallado! Nueve de los muchachos llegaron hasta mí.


-¡Rápido! ¡Alcáncenme sus termos y los cordones de sus borceguíes! ¡Rápido! -Otro silbido y otro estruendo, aunque más cerca. ¿Seguiría nuestra suerte? Todos vaciaron sus axilas y me alcanzaron los termos, comprendiendo rápidamente mi plan. ¡Con los cordones atamos los termos y armamos un enorme barrenador, del cual todos nos sujetamos!


-¡Sargento, bo, sargento, bo, falta un termo, ¿dónde está Wilson Washington?


Miré a mi alrededor y suspiré aliviado. El gurí del interior se acercaba, sonriendo, agarrado al termo que le había dado yo. ¡Llegaríamos enteros!


Y entonces, el estruendo más ensordecedor. Un misil había dado de lleno en el cuerpo inocente del botija, volándolo en mil pedazos. ¡Sólo su termo permaneció intacto, volando hasta mis brazos! Sin tiempo para llorar al botija, atamos el termo que faltaba, y ahí sí. ¡Calculando, por secuencia lógica, donde estallaría el siguiente misil, pataleamos agarrados a nuestro improvisado barrenador hasta quedar ubicados a unos cinco metros del virtual impacto!


¡Booom! ¡El último misil impactó donde lo habíamos adivinado, y una enorme ola nos elevó a diez metros de altura!


-¡Parados, muchachos, parados! . grité. ¡Los diez nos encaramamos sobre la tabla de termos y haciendo equilibrio sobre ella, nos alejamos del puerto de Buenos Aires en dirección al norte, y la dirigimos hacia la costa, que fue inundada por la ola! Al caer, la tabla se hizo pedazos, y nuestros cuerpos atravesaron un extraÑo paredón.


Al mirar a nuestro alrededor, descubrimos unas inquietantes figuras de terracota que nos rodeaban. Vestidas con ropajes medio orientales, por un momento nos hicieron dudar si estaríamos soÑando, o en el Cielo.


-Es el Parque Temático .Tierra Santa., bo . aclaró Winston, ese mago de la estrategia, que había venido de turista a Buenos Aires una vez. Nuestros gemidos de admiración y alivio fueron interrumpidos por el sonido de un comando que se acercaba. ¿Qué hacer?


Si decides disfrazarte tú y tus hombres de antiguo habitante de Jerusalén para burlar al Comando Argentino, vota Sí


Si decides escapar por el fondo de Tierra Santa e intentar llegar a Aeroparque para secuestrar un avión, vota NO


(Esta historia continuará. Gracias a Juan Zanella y Juan en Salmuera por sus propuestas, aunque tengo la sospecha de que son el mismo tipo porque ran muy parecidas y además se llaman .Juan.)


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