(Por aclamación popular, W.W. se queda y nuestros valientes se castigan con una ronda de grapamiel)
Luego del trago mis muchachos y yo nos sentimos un poco más relajados. Sin embargo, sería muy difícil recuperar el tiempo perdido, y, sobre todo, nuestra confianza en la unión del equipo. Iba por mi sexta copa del dorado néctar cuando Winston, ese genio de la estrategia, me volvió en mí.
-Sargento, he ideado un plan B.
Winston desplegó el mapa del Río: -Lo mejor que podemos hacer para recuperar el tiempo perdido es tomar el barco y desviarlo hacia la isla Martín García y liberarla, bo. Los lugareÑos, oprimidos desde hace siglos por la ocupación argentina, se sumarán de buen grado a nuestra causa. ¡Con esa fuerza de choque podremos tomar la Capital Federal y ordenar el retiro de los piquetes!
El plan era notable, bo. Pero, ¿cómo desviar el barco? El uso de las armas estaba descartado, ya que éramos uruguayos, y como todo el mundo sabe, éramos buenos y campechanos.
-Tengo la solución, Sargento, bo – acotó Winston Washington, el amo del disfraz. – ¡Sobornaremos al piloto! Todo el mundo sabe que los argentinos son coimeros y ladrones. La visión de un puÑado de billetes los enloquece.
-Impecable, bo. – dije con admiración.
-¡Deme esa misión a mí, Sargento! – dijo W.W., el traidor del grupo, con lágriams en los ojos. – ¡Quiero otra oportunidad para rehabilitarme!
Los muchachos empezaron a protestar. Sin embargo, si W.W. probaba su buena voluntad sería una excelente forma de levantar la moral del grupo. Así que no lo pensé dos veces y le entregué quinientos dólares contantes y sonantes.
Pasaron unos largos cuarenta minutos; los guríes estaban nerviosos, pero yo tenía plena confianza en que algo bueno había en el fondo del botija de Carrasco. Sin embargo, la visión de Buenos Aires en el horizonte me dio mala espina. Al rato apareció W.W., cabizbajo.
-¿Qué pasa, bo?
-Aaaah, Sargento, muchachos, me van a matar. Perdí la plata. No sé donde la puse, se ve que son estos uniformes que están agujereados. Les pido mil perdones, yo sé que esto es un duro golpe pero…
Dos de los botijas más impulsivos, Walter y Winston Winston, se le fueron al humo y empezaron a sacudirlo. De sus bolsillos cayeron centenares de envoltorios de mentitas “After Eight”, compradas en el Free Shop. ¡El maldito gusano nos había defraudado otra vez!
-¡Yo diga que lo fusilemos ahorra mismo! – gritó Ilya, el ruso, enfurecido.
-¡Déjenlo! Eliminarlo no revivirá nuestros planes – dije.
-¡Todo está perdido! – Sollozó Wilson Washington.
-¡El futuro de la papelera se desvanece! – decretó, fúnebre, Winston Washington II.
No sabía qué decirles. Hasta Winston parecía estar desconcertado, a pesar de que su cerebro trabajaba a toda velocidad. De pronto, pregunté:
-Bo, ¿vieron a Wilson, el jovencito?
Empezamos a buscarlo frenéticamente por todo el buque. Pronto tuve una negra corazonada.
-¡Todos al Free Shop, bo!
Allí lo encontramos, agonizando, tendido bajo una de las góndolas. A su alrededor yacían docenas y docenas de cajas de Toblerones gigantes. Lo abracé, invadido por una tristeza eterna.
-Gurí tonto… Tonto, tonto… ¿Qué quisiste hacer
-Pensé que… si lograba… comerme todos los Toblerones del Free Shop… Los pasajeros que los compran habitualmente entrarían en frenesí asesino… Y… El caos que se produciría en el puerto se contagiaría a toda la población… Y la anarquía resultante haría caer al Gobierno enemigo…
-Entiendo – le dije.
-Fue una medida desesperada, pero… ¡Tenía que intentarlo! ¡Por los colores de Uruguay, bo! ¡Por Conaprole y PeÑarol! – Y murió.
Un silencio pesado se apoderó del grupo. Excepto de W.W., que con su voz de rata murmuro: -Bueno, por lo menos todo ese chocolate no va a empeorar su acné.
Lo derribé de una trompada. La muerte de un soldado es sagrada. Pero no había tiempo para continuar el duelo:
-¡Mire, Sargento! – Gritó desesperado Wilson – ¡El puerto de Buenos Aires!
Imposible pasar la Aduana con nuestros uniformes de comando y nuestro arsenal; ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
Si decides salir a sangre y fuego, en una escena espectacular tipo el final de la película “Butch Cassidy”, vota Sí.
Si decides arrojarte a las aguas del Río de la Plata e intentar alcanzar tierra nadando o morir intoxicado, vota NO.
(Esta historia continuará)
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