lunes, 20 de febrero de 2006

¡LO QUE PASA ES QUE LA GENTE QUIERE HACER MI LABURO Y A Mí ME DA COSITA DECIRLES QUE NO (EL REGRESO)!





La talentosa lectora Marina Giulia (colaboradora en la saga de .Lucha Total Mortal. y obsesionada con el negocio de los túneles misteriosos) ha enviado, sin que nadie se lo haya pedido . tengo que aclarar esto por un temita legal . un .episodio fantasma. de .Los 12 Orientales.. Cabe aclarar que ha tomado los recaudos necesarios para que la cronología de la historia no sufra ningún tipo de alteraciones (salvo por el tema de que dejó un par de cadáveres, pero ya veo cómo lo resuelvo):


“LOS 12 ORIENTALES”, capítulo 6: “The twilight zone episode”

-Tomaremos -dijo alguien- el túnel que lleva a *****.

Todos sentimos que nuestra voluntad estaba sujeta a esa voz que (ahora lo sé) no era la de ninguno de nosotros. El túnel, estrecho y débilmente iluminado por la fosforescencia sepulcral, creció en amplitud. Cuando nos quisimos acordar marchábamos de 4 en fondo por una especie de pasillo muy recto, de unos 10 pies de ancho por 10 de alto. Recuerdo que Winston, ese estratega, hizo la siguiente observación de carácter lógico-oftálmico:

-El ojo humano en la oscuridad no distingue los colores. El material de este corredor tiene tintes rojizos. Ergo, la oscuridad ya no es tal, puesto que distingo color.


Algo andaba desviado en esta región. La subordinación de nuestros sentidos al dominio de la lógica formal, fue la menor de las muchas sorpresas que se nos ofrecerían.


Comprobamos que el túnel estaba recubierto de una especie de piedra o madera veteada. Bien iluminado en nuestra cercanía, nunca podíamos ver más allá de cierta distancia. Adelante y atrás, a unos 20 pasos de nuestra posición, la luz se diluía en las tinieblas. Era como si un resplandor emanara de nosotros y nos fuera iluminando el trayecto. Dispuse la marcha en una sola fila a lo ancho del túnel. Recuerdo que yo caminaba en el centro.


Ya habíamos andado una o dos millas (los uruguayos usamos el sistema imperial de medidas) cuando creí percibir unas siluetas justo en el límite de lo visible. A una seÑal mía, todos nos detuvimos. No cabía duda: el enemigo estaba delante de nosotros, dándonos la espalda.


-Posiblemente -pensé- se trata de un cuerpo de guardia de elite. Unos pasos más, y nada nos hubiera salvado.


Reflexioné que nuestra causa era justa, ya que la Providencia se manifestaba de nuestro lado.

A todo esto, el enemigo parecía demasiado concentrado en el espectáculo de algo que sucedía aún más adelante, en algún punto distante frente a ellos. Indiqué con seÑas a mis muchachos que nos alejáramos un poco para conferenciar. Dimos una media vuelta marcial, y ya estábamos por volver sobre nuestros pasos cuando descubrimos que por aquella vía, más o menos a la misma distancia de 20 pasos, un segundo grupo, también de espaldas a nosotros y aparentemente ignorante de nuestra presencia, nos cortaba el escape. Estaban como acechando alguna cosa más atrás, delante de ellos. ¿Cómo habían llegado hasta allí sin cruzarnos? ¡Ay! Los misterios se aglutinaban al igual que los grumos de una maicena mal disuelta.

Winston Winston, ese loquibambi, desenvainó su cuchillo de monte, y antes de que pudiera impedírselo lo lanzó contra la espalda de una de las figuras. La figura recibió el golpe entre los omóplatos y empezó a tambalearse. Al principio pensamos que Washington Winston, el chistoso del grupo, le hacía burlas, porque imitaba con gran maestría las contorsiones del acuchillado. Cuando el otro cayó muerto, Washington Winston todavía hizo la gracia de tirarse al piso. No era casual: un cuchillo, en todo similar al que Winston Winston arrojara, estaba plantado en medio de su espalda. Las figuras adelante nuestro se mostraban tan preocupadas como nosotros por el deceso de su respectivo compaÑero. Pero, al mismo tiempo, permanecían pendientes de eso que debía estar desarrollándose más allá de donde ellas estaban. Tanto era su interés, que yo mismo, por una especie de empatía, sentí el impulso de ir a ver qué era lo que miraban con tanta fijación.


Quise comprobar la posición del primer grupo, desde el cual había procedido el puÑal recibido por Washington Winston. A una seÑal, dimos media vuelta. Los del primer grupo seguían de espaldas. Por ese lado también uno de ellos había caído muerto, y algo que estaba más allá, fuera de nuestra vista, continuaba reteniendo la atención del resto del grupo.


Walter apuntó con su revolver a la figura justo frente a él. El disparo, absorbido por el extraÑo material de las paredes, apenas si resonó. La figura y Walter mismo, casi simultáneamente, cayeron heridos por la espalda. Miramos hacia atrás, el segundo grupo también había sufrido otra baja.

-Tres muertos para un sólo tiro es mucho, y es, sobre todo, ventajoso -dijo W.W., haciendo gala de una contabilidad precisa.


-¡Qué zanguangos! -gritó Winston, y se puso a batir los brazos como para llamar la atención de los del segundo grupo. Alguien en ese grupo remedaba, dándonos la espalda, los gestos de Winston.

-¿No ve lo que pasa, mi general? Aquí, sólo estamos nosotros.

Y diciendo así, caminó hacia el segundo grupo. Alguien de ese grupo emprendió una marcha análoga. Poco antes de que Winston llegara hasta la posición enemiga, oímos pasos a nuestras espaldas y la voz de Winston que nos decía desde atrás:


-¿No es claro lo que pasa, mi general?


Increíblemente, Winston estaba allí de nuevo con nosotros. Decidí hacer otras comprobaciones. Reuní a los muchachos y nos dirigimos hacia el primer grupo, dejando abandonados los cadáveres de Washington Winston y de Walter. El grupo delante de nosotros empezó a alejársenos, manteniendo siempre una distancia de 20 pasos. Cuando llegamos a su antigua posición, nos reencontramos con los cadáveres de Washington Winston y de Walter. EmpuÑé mí dado-llavero (vacío, porque los uruguayos nunca cerramos con llave), y lo arrojé hacia adelante, apuntando a la figura central del primer grupo. El llavero me golpeó en la espalda. Lo rejunté del piso y lo volví a tirar con fuerzas redobladas, apartándome del centro del corredor justo a tiempo para dejar pasar al proyectil en su viaje de regreso. Dio 4 o 5 vueltas completas antes de caer al piso.


Abrí la boca para hablar, pero Winston Winston me ganó de mano, y con su particular estilo de narración oral-escrita-dictada que usa en los momentos de lucidez, dijo:


GUIóN DE DIáLOGO Aun a riesgo de dar seÑales que en otras circunstancias podrían ser tomadas por signos inequívocos de demencia COMA y granjearme la baja de este pelotón COMA explicaré lo que aquí ocurre DOS PUNTOS hemos sido atrapados en un prisma tridimensional no euclidiano con la topología de un toro PUNTO SEGUIDO ABRO SIGNO DE ADMIRACIóN Vamos CIERRO SIGNO DE ADMIRACIóN Una especie de llanta de bicicleta inmersa en una variedad no euclídea PUNTO SEGUIDO No hay más atrás ni más adelante que 20 pasos PUNTO SEGUIDO El Universo COMA para nosotros COMA es ahora un corredor de 20 pasos COMA con sus extremos pegados entre sí PUNTO SEGUIDO Estamos perdidos en un laberinto recto y despejado de 20 pasos de largo COMA y no podremos salir PUNTO SEGUIDO Nunca PUNTO SEGUIDO Además COMA para qué salir COMA si ahora veo que me estoy quedando pelado aquí atrás PUNTO FINAL

El resto del grupo aprovechó la particularidad de nuestro punto de vista, para corregir el peinado de sus nucas y comprobar el estado de sus posaderas. Advertí, a la distancia de 20 pasos, que las del private Wilson Washington no me eran indiferentes.


(Esta historia continuará)


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