(Por una diferencia ínfima de votos, gana el NO, y los 12 Orientales lanzan el avión que acaban de secuestrar contra la Flor Gigante de Ibarra)
-¡Vamos contra la Flor! . dijo el loco Winston Winston. – ¡De pronto será nuestra forma de festejar San Valentín!
Nuestro demente botija dio un volantazo y vimos aparecer en el horizonte al monstruoso artefacto. Por un momento quedamos arrobados por la visión de una estructura tan aterradora como seductora; un monumento entre obsceno y sublime que nos decía .vengan, acérquense, les prometo un Paraíso Artificial de Placeres Innombrables y Secretos, seguidos de una Muerte Segura pero Indolora.. Nos miramos, nos tomamos de las manos y murmurando .tu fin también llega, bastarda, y con él la victoria de la Banda Oriental., elevamos una plegaria sin palabras a San Benito de Palermo. Nuestro sacrificio no sería en vano: Las generaciones de botijas del futuro nos lo agradecerían.
¡Entonces, un resplandor enceguecedor, y nuestro avión fue desintegrado por el campo de fuerza que rodea a la Flor, algo prohibido por la Convención de Ginebra y que nosotros, como somos uruguayos y por lo tanto confiados y sin maldad, no creímos que el enemigo se atrevería a implementar!
Nuestros cuerpos cayeron uno a uno en el gineceo de la flor. Con horror contemplé cómo el frágil cuerpo de Winston Washington, nuestro amo del disfraz – en estos momentos calzaba un pintoresco disfraz de Mama Vieja – moría empalado contra uno de los estambres de acero del monstruo. Luego, un golpe, y la oscuridad.
-¡Sargento! ¡Despierte, sargento!
La voz del Winston, el mago de la estrategia, me sacó de mi desvanecimiento. A mi alrededor el espectáculo era dantesco. Algunos de los gurises seguían desmayados; otros estaban heridos. Por suerte no había habido más bajas.
Nos encontrábamos en una especie de túnel húmedo y oscuro, aunque tenuemente iluminado por la fluorescencia de uno hongos que cubrían las paredes. Pronto dedujimos que debíamos encontrarnos en los subsuelos del cibermonumento que nos había tragado como a insectos. ¡De pronto, unas siluetas se acercaron desde el fondo del túnel!
-¡Comiiidaaa! ¡Comiiidaaaa!
¡Horribles monstruos nos rodeaban! Uno semejaba el monstruo de Frankenstein; Otro, un hombre sin cabeza; Más allá, una inmensa cabeza de pez llena de filosos dientes se arrastraba con su lengua. Nos armamos en cuadro y disparé un tiro al aire como advertencia. Las horribles criaturas se detuvieron, pero por otro lado nosotros estábamos en un callejón sin salida. Decidimos enviar a uno de nosotros a parlamentar. Pero, ¿quién sería el más indicado?
-¡Déjeme a mí, Sargento! – dijo W.W., el traidor del grupo.- ¡Quiero probar que puedo rehabilitarme.
-Está bien, bo. – dije, admirado.
-Lo único que le pido es que me de doscientos o trescientos dólares, sargento, para negociar si hace falta.
Los muchachos protestaron, temiendo que se tratara de otra “argentinada” – se rumoreaba que tenía familiares de este lado del charco – del W.W. Sin embargo, yo tenía fe en el muchacho y en la capacidad de redención del hombre, así que le di cuatrocientos dólares, para probarle mi confianza.
-¡Y te doy mi reloj, bo! – agregué, casi entusiasmado. Vimos alejarse al botija, lo vimos parlamentar durante una media hora y al rato volvió.
-Me han contado su historia, Sargento; Son los muÑecos del Tren Fantasma del viejo Ital Park, el antiguo parque de diversiones de Buenos Aires. Cuando fue demolido fueron abandonados en este predio, que está a unas cuadras de lo que era el parque, y permanecieron en animación suspendida por décadas.
“Cuando se construyó la Flor Gigante de Ibarra, la supercomputadora que la controla los encontró, y como está programada para sobrevivir durante siglos, decidió equiparlos y reprogramarlos para usarlos como sirvientes en caso de que una catástrofe acabe con la vida humana.
“Sin embargo, necesitan combustible orgánico para vivir; lo más a mano aprece ser la sangre humana, provista magramente por los turistas desprevenidos que se acercan demasiado a la Flor. Pero ahora dicen que van a tener para una parrillada para dos donde comen cuatro.
-¡Por San Benito de Palermo!- me horroricé- ¡De pronto supongo que les dijiste que venderíamos caros nuestros pellejos!
-¡Mejor que eso, Sargento! ¡Negocié con ellos y les dije que les entregaríamos al Walter, que tiene bastante sustancia, si nos dejaban pasar!
-¡Maldito traidor!- Dijo Walter, derribando al W.W. de un puÑeatazo. El resto de los muchachos, furiosos, desargaron su ira contra el cuerpo indefenso del botija de Carrasco.
¡Pero no por mucho tiempo, porque los monstruos aprovecharon nuestra distracción para acercarse! La cabeza de piraÑa mordió a Wilson Washington, que lanzó un agudo grito con su voz de soprano.
¡Fue la debacle! La inestable psique del Winston Winston se quebró por completo y empezó a descargar tiros a diestra y siniestra. El fuego amigo del loco hirió a Washington y derribó a Ilya, el ruso. Yo mismo descargué mi revólver reglamentario contra Frankenstein y cuando ya no me quedaban balas me lancé a lÑuchar cuerpo a cuerpo contra él.
Entonces algo ocurrió. De mi bolsillo cayeron un par de entradas de mi última visita al Parque Rodó, el parque de diversiones más impresionante de Latinoamérica. ¡Frankenstein lo vio y por poco se vuelve loco!
-¡Un parque de diversiones! ¡Un parque de diversiones!
Los monstruos abandonaron su actitud belicosa y comenzaron a rogarnos. ¡Querían que los llevemos al parque Rodó, para retomar su antigua vida!
-¡Parque de diversioneeees! ¡Parque de diversioneeees! ¡Parque de diversioneees!
Agarré unos granos de pochoclo que tenía en el fondo del bolsillo y los arrojé tras ellos. ¡El olor los atrajo como moscas a la miel y se tiraron sobre ellos! ¡Entonces aprovechamos para huir hacia el fondo del túnel!
-¡Ahora, Washington!
Nuestro experto en explosivos arrojó una de nuestras granadas, haciendo caer un pedazo de túnel sobre ellos. Estábamos a salvo, aunque habíamos perdido a Ilya… No volveríamos a escuchar su conmovedora versión de “Ojos Negros”…
Pero había cosas más urgentes. Ante nosotros el túnel se dividía en dos; Uno indicaba “A la Casa Rosada”. El otro, “A Gualeguaychú”. ¿Qué hacer?
Si decides ir a Casa Rosada para tomar la Argentina y anexarla a Uruguay, vota Sí.
Si decides ir a Gualeguaychú para enfrentarte cara a cara con los piqueteros, vota NO.
(Esta historia continuará)
Publicado a las 11:56 p.m.
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