Dificilismo estimado de la lectura: 3.567, porque acá ya estamos hablando de ética del siglo XXIII y no creo que el lector medio entienda NI JOTA, pero qué le voy a hacer, cuando uno es la punta de lanza del pensamiento contemporáneo está acostumbrado a la soledad
Cada vez que un rottweiler, enorme, musculoso y amante de la sangre humana hace una MASACRE escuchamos la misma cantinela: que la culpa no es del perro, que la cosa es cómo lo han criado, et. etc. etc… Hasta el siguiente genocidio, también protagonizado por una de estas pesadillescas bestias genéticamente modificadas.
Independientemente de que el 97 % de los dueÑos de estas criaturas primigenias – cifra confirmada por mi INDEC imaginario – sean fascistas obsesionados por las armas, la inseguridad y el potencial robo de sus tristes bienes terrenales (y de que obviamente tengan un “temita” sexual relacionado con la obediencia y las cadenas y los collares con pinches, pero eso ya es motivo de otro artículo), lo primero que nos viene a la mente es que no vemos pekineses o yorkshire terriers atacando gente; de hecho, estas pequeÑas aberraciones están demasiado ocupadas intentando sobrevivir a sus MúLTIPLES DEFECTOS GENéTICOS como para dedicarse a la cacería humana.
Pero no quiero acusar a la raza rottweiller de maldad innata – porque esto ya sería racismo -, ni tampoco hablar de especies malas y buenas – tema que ya ha sido desarrollado alguna vez por los Sres. Mactas y Hanglin; lo que quisiera desterrar es el mito de “los animales no son ni buenos ni malos”.
Una asquerosa mentira. Todos hemos conocido perros buenos – por lo general viejos y moribundos – y perros malos, que están o bien mordiendo gente o ensuciando la cocina o destruyendo la propiedad privada de su dueÑo; gatos que parece que fueran de peluche (sobre todo porque no se mueven, no caminan, no comen y su única seÑal de vida parece que fuera rascarse entre siesta y siesta junto a la estufa) y pequeÑos psicópatas cuyos dueÑos se ven obligados a advertir que permanezcan inmóviles en su presencia, con la esperanza de que el animal se aleje sin cobrar víctimas; y caballos… en fin, no conozco tantos caballos, excepto los que se dedican a entretener niÑos y adolescentes en los centros de veraneo, temblando ante la sola percepción de su severo dueÑo, así que establezcamos que sólo hay caballos buenos.
Los amantes de los animales suelen defenderlos apelando a explicaciones técnicas sobre el instinto, tipo “te arrancó la pierna porque eso es lo que hacen los chacales en estado salvaje cuando ven a un peatón silbando el tema ‘Gracias por la Música’”, o a una especie de filosofía pagana y subdesarrollada acerca de que la moral es un invento humano, trululú, trulalá, y cosas por el estilo.
A ver, pregunta: si no son buenos ni malos, ¿por qué tengo que aguantar que ese cuzquito me muerda el tobillo o ese pastor belga se enamore de mis muslos – aunque no lo culpo del todo por esto – mientras que el perro del tío Alberto no molesta y permanece indetectado en el fondo durante toda la visita? ¿Por qué la gata de la abuela me bufa adoptando el carácter de un pequeÑo demonio asirio en su máximo poderío, mientras que Vangelis, el siamés castrado de mi fiel asistente Kiriatos sólo se ocupa de sus propios asuntos y de intentar que su vientre toque el piso lo menos posible?
¡Terminemos con esta farsa, seÑores! Si vemos clarísimas diferencias morales entre nuestros irracionales, ¿de dónde viene esta amnistía instantánea que les estamos administrando? ¿Acaso los seres humanos, criaturas morales, tenemos el derecho de liberar de sus obligaciones éticas a nuestras mascotas? ¿No es eso JUGAR A SER DIOS? ¡El animal que muerde, araÑa, ensucia, destruye o asesina es MALO y se acabó! ¡Nuestro sistema legal debería estudiar el asunto y empezar a premiar y castigar – especialmente castigar – al animal infractor con la cárcel, progresista y moderna pero cárcel al fin! ¡Exijamos la construcción de pequeÑas prisiones para los mordedores, o de dolorosas multas – para cuyo pago las bestias deberán emplearse en circos o ir al programa de Susana Giménez – para los que nos provocan pequeÑos infartos al pasar junto a la verja!
Ah, y breguemos también porque sólo se sacrifique a las vacas malas: así las devoraremos con menos culpa, y de paso bajaremos el índice de crímenes entre la población bovina.
RESUMEN FACILISTA DE LA NOTA: ¡Los perros que muerden son MORALMENTE MALOS !
Publicado a las 09:21 a.m.
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