Escribe Kiriatos
Fiel Asistente Griego de Podeti
elouzorulea@ubbi.com
El patrón, siempre tan bueno y generoso con el pobre Kiriatos, le ha permitido a este viejo asistente griego ganarse unos pesos extra escribiendo esta columna (lo que no sería necesario si el patrón actualizara el salario del pobre Kiriatos, pero según me dijo, “no quiere disparar una espiral inflacionaria”; siempre tan sabio y tan prudente el bueno del patrón).
No sé de qué utilidad pueden serle a quienes leen este espacio las reflexiones de este ignorante e inservible viejo griego, a menos que quieran alcanzar la paz, la felicidad y la adsmirable sabiduría con que – modestia aparte – Kiriatos se maneja en cada instante de su vida, sacándole el jugo a cada pequeÑo momento, a cada rayo de sol, a cada aletear de una mosca, a cada pelar de una naranja – en este último caso, jugo propiamente dicho, no metafórico.
¿Cuántas veces hemos sufrido toneladas de desgracias, terremotos, maremotos, diluvios, incendios, lluvias de meteoritos, misiles extraterrestres e invasiones bárbaras sin lograr verle a todo eso el lado positivo, sin comprender que, por lo menos, al final del día, aún conservamos el Sagrado Regalo de la Vida (bueno, cuando seguimos vivos, claro)?
Se dice que el árbol no nos deja ver el bosque; yo creo que, por el contrario, es el bosque el que no nos deja ver el árbol, especialmente un árbol determinado, y que está en medio del bosque (nosotros estaríamos afuera, no sé si se entiende).
Quiero ejemplificar lo que estoy diciendo contándoles algunas de las historias del Viejo Karayannis, un sabio anciano que vivió en mi aldea natal. De él se cuentan historias por miles, e incluso por millares. Cuentan que un día el Viejo Karayannis liquidó de un puÑetazo al asno de un campesino llamado Stavros porque, según palabras de Karayannis, lo había “mirado feo”. El campesino se quejó de que ese asno era su único sustento, pero Karayannis le dijo “lo que ahora te parece tan malo, en la maÑana te parecerá bueno”.
La ausencia del asno obligó a Stavros a caminar, con lo cual su salud mejoró; sus nuevas fuerzas le permitieron levantar un puestito de aceitunas en la plaza principal. A las pocas semanas, Stavros ya era dueÑo de una poderosa cadena que controlaba la venta mundial de aceitunas y aceite de oliva, y, mirando el atardecer desde la terraza de su suntuosa mansión, siempre murmuraba “cuánta razón tenía Karayannis”.
En otra ocasión, el Viejo Karayannis pateó el bastón del decano del pueblo, que cayó de bruces maldiciendo y mesándose los cabellos. Karayannis le dijo: “Así como ahora me maldices, algún día me bendecirás”. Al principio al anciano le costó comprender las enigmáticas palabras de Karayannis, pero luego, cuando fue a comprar un nuevo bastón, el vendedor le hizo una oferta y le dio dos por el precio de unos; el anciano vendió el bastón sobrante y compró una bolsa de naranjas. Las hizo jugo y las vendió. Con ese dinero compró más naranjas, media docena de flautitas y cien gramos de queso, que vendió bajo la forma de sandwiches de queso con jugo de naranja.
¡A los pocos meses ya era dueÑo de la cadena de comidas rápidas más grande de toda Grecia, y todas las noches, mientras contaba su dinero, decía “Dios bendiga a Karayannis, dondequiera que esté, porque sin su oportuna zancadilla yo, el miserable decano de un aún más miserable pueblucho, no me habra podido comprar ese Porsche de colección”!
Peor la historia más conmovedora del Viejo Karayannis es cuando elevó una súplica a Koutsodaimonas, el demonio griego de la Destrucción, para que reduzca a polvo la mansión de Mavrandoni, el millonario del pueblo; primero, un voraz incendio destruyó su mansión. Luego, el incendio fue apagado por una inundación que arruinó sus muebles. El agua fue evaporada por el calor de un segundo incendio. Posteriormente, otra inundación apagó el fuego. Y así (sabrán disculpar esta elipsis, pero este viejo griego ha olvidado ya el arte de la narración que dominaban los relatores de su pueblo, en Naxos, que eran capaces de contar cada una de las quinientas veintidós catástrofes de la historia sin que ésta perdiera interés).
Mavrandoni maldijo e insultó a Karayannis con todas sus fuerzas, pero Karayannis le dijo: “La desgracia de hoy será la fortuna de maÑana”.
El incrédulo Mavrandoni intentó ahorcarlo, y fue encarcelado y condenado a tres aÑos de prisión por lesiones agravadas. Karayannis iba a visitarlo todas las tardes, para decirle “La desgracia de hoy será la fortuna de maÑana”, provocando gran turbación en el ex millonario, al que debían apalear entre seis guardias para evitar que destruyera las rejas de su celda y asesinara a Karayannis ahí mismo.
Cuando salió, veinte aÑos después, por un error legal, a Mavrandoni no le quedó más que empezar de nuevo.
¡A las dos semanas era dueÑo del más poderoso Imperio Petrolero de Occidente! ¡Su fortuna actual superaba a su fortuna anterior en nada menos que doscientos dracmas! ¡Todas las semanas se reunía con Aristóteles Onassis para contar su fortuna juntos a ver quién tenía más billetes y siempre le ganaba! Y al final de ste singular concurso, Mavrandoni decía para sí “Si Karayannis no hubiera destruido todos mis bienes, ahora yo no sería tan rico. Efectivamente, la desgracia de ayer resultó en la fortuna de hoy.”
Por eso, amigos, disfrutemos de la rosa, del gorrión, del día y la noche. Cada día es un regalo, y en cada pisotón de una seÑora gorda en el colectivo podemos encontrar un tesoro. ¡No lo subestimemos, no, que algún día aÑorarán lo que ahora llaman una vida miserable y horrible como el momento más feliz de sus vidas!
Publicado a las 12:34 p.m.
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