En mi condición de crítico no convencional me ha tocado analizar – con e intelecto despejado y mano de hierro- obras tan disímiles como pintadas callejeras, estatuas vivientes, envoltorios de caramelos viejos, parientes y el ficus que está enfrente de mi casa; pero pocas veces experimenté espectáculos tan revulsivos y a la vez contradictorios como el Trencito de la Alegría.
Seis personajes desbordantes de energía y que toman como referente íconos de la cultura popular reciben al público en un espacio no convencional – la calle – para llevarlos a un viaje (pero un “viaje” denserio, no metafórico) por diferentes ámbitos, emociones, e incluso calles. La mayoría – entre quienes podemos reconocer a Winnie the Pooh, Shrek, el Hombre AraÑa, Bombón, Bellota y Barney – lo hacen sosteniéndose la cabeza, dando a entender por un lado su angustia y sensación de quebranto ante la inminente partida y por otro lado que les pesa un poquito.
Quien se destaca de este “duelo” generalizado es Bob Esponja, que gracias a la ligereza de su uniforme – hecho precisamente de esponja – puede expresar su alegría y deseos de vivir en forma constante, casi inquietante, hasta que sospechamos que estamos frente a un maníaco depresivo (el referente es aquel inolvidable personaje de Richard Gere en esa película que no me acuerdo cómo se llama), aunque tal vez el público extraÑará e incluso pedirá para sus adentros que venga la parte de la depresión. No obstante, no olvidemos que el espectáculo se llama, irónicamente, o no tanto, “El Trencito de la Alegría”.
Esta suerte de insólito “Teatro con Ruedas y sin Posibilidades de Huida si llega a ser Muy Malo” arranca, y comenzamos a vivir las primeras zozobras. Bob Esponja y Bombón bailan frenéticamente (la Superpoderosa todo lo frenéticamente que puede mientras se sostiene la cabeza) al ritmo de una canción de última moda en las calesitas porteÑas. La extraÑa historia que cuenta la canción es sobre unos monitos, que empiezan siendo cinco, que juegan en un colchón. Los pequeÑos antropoides, uno a uno, caen del colchón y se golpean el cráneo. Posteriormente el médico solicitado para atenderlos, en lugar de tratarlos, reclama a la madre “nada de monos en el colchón”. Como decía, los pobres monos van decreciendo en número y accidentándose, ante la impotencia de la madre. Pero lo más angustiante de la historia es la actitud del médico, que repite su reclamo en cada oportunidad, cada vez más furioso y amenazador, mientras al fondo se escuchan los chillidos de los simios.
Esta canción demuestra que actualmente la Maldad recorre la Tierra.
Bob Esponja, o mejor dicho, el personaje que hace referencia o rescata u homenajea a Bob Esponja, continúa bailando, y también haciendo participar al público, haciéndole cosquillas a los niÑos que ríen entre divertidos y aterrorizados. La actitud de Bob es por cierto un poco inquietante, y el espectador no puede sino ponerse extremadamente alerta, ya que sus manos pasan demasiado cerca de su esposa (la esposa del espectador). Aquí se juega con los límites del espacio interpersonal; esto conspira un poco con el argumento, ya que el espectador empieza a distraerse pensando en dónde será conveniente golpear a Bob, protegido por su coraza de gomaespuma. La entrepierna parece ser el lugar más vulnerable, pero hay que calcular cuál sería el movimiento más adecuado, teniendo en cuenta que el espectador está atrapado en un pequeÑo asiento de madera.
Por otra parte, al espectador le da un poco de lástima golpear precisamente a Bob Esponja; la cosa sería infinitamente más fácil si se tratara de Barney el dinosaurio. Pero este tema ya fue cubierto en aquella inolvidable escena de la película esa con Hugh Grant.
El espectador opta entonces por mirar amenazadoramente a Bob y decirle – sin sonido, moviendo los labios – “te estás ganando una piÑa”, a lo que Bob reacciona haciendo unos gestos con las manos y mostrando que tiene una pulsera de mujer, cosa que por cierto no significa nada y hoy en día no es nada tranquilizadora.
La tensión disminuye cuando el espongiario se aleja prudentemente; notamos entonces cómo la música que ambienta el recorrido va bajando de nivel, casi en picada, pasando de los clásicos de calesita a las amaneradísimas versiones de María Elena Walsh cantadaspor PiÑón Fijo, y culmina con Panam. Una suerte de “Descenso ad Inferos” músico – infantil, que sólo puede significar que el viaje no es tan inocente como pretende al principio. ¡Se trata de un viaje a la Oscuridad, al Otro Mundo! ¡El viaje inevitable, el recorrido de la Existencia desde el Nacimiento – pletórico de angutia pero también de risas, alegría y perpetuo descubrimiento – hacia la pérdida de la Inocencia, la decadencia, la decrepitud y la Muerte!
El espectador más avisado, más atento a las referencias culturales y filosóficas, lleno de terror, intentará entonces lanzarse del tren en movimiento, empujando incluso a su familia, y gritando “¡Vamos a morir! ¡A morir!”. Es entonces cuando Bellota, Bob Esponja y el Hombre AraÑa entrarán en acción, sosteniéndolo entre todos – alguno, no quiero decir quién para no ser buchón, lo golpeará disimuladamente en el estómago – y preguntándose en forma confusa si habrá tenido – el espectador – un ataque de agorafobia. La mujer del espectador también intervendrá, diciéndole que está haciendo un papelón y que los niÑos están llorando, y este se calmará y pasará el resto del viaje con el rostro oculto entre las manos.
En resumen, un viaje inolvidable, no apto para estómagos delicados o espíritus impetuosos o gente que no sepa que es mejor no arrojarse de un vehículo en movimiento. Cuatro yocontraelmundos y la promesa de volver, probablemente disfrazado, para ver si puede devolver alguna que otra piÑa.
Publicado a las 11:30 p.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario