lunes, 31 de octubre de 2005

¡AHORA PARECE QUE ME TENGO QUE MATAR PORQUE NO SOY UN GOLPEADOR DE NIÑOS!





¡Sorpresa, sorpresa! El debate pedagógico del siglo XXI no es si debemos demostrar preferencia por nuestros niÑos clonados o si la educación vía implantación de chip cerebral debe ser laica o libre, sino si está bien AZOTAR A NUESTROS HIJOS.


Presten atención y los detectarán: Al ritmo de frases como “un coscorrón a tiempo previene males mayores” o “antes hacías eso y venía el bife” o “peor es no poner ningún límite”, lo que hace unos aÑos era impensable ahora es propuesto alegremente y al nivel de CAMPAÑA PSICOLóGICA, no por torturadores de mentalidad medieval, sino por cancherísimos y modernos comunicadores de mentalidad medieval. Entre sus credenciales no se encuentran la psicología infantil o la pedagogía – desde ya – sino las respetables profesiones de LOCUTOR RADIAL o HABLADOR PROFESIONAL. Y no se trata tampoco de padres iracundos o desesperados, sino de sujetos que están en edad de ser abuelos.


Acusan a quienes nos horrorizamos por estas prácticas cavernícolas de cosas horribles como ser “políticamente correctos” o “progres” (sólo falta que nos insulten diciendo que estamos A FAVOR DE LOS DERECHOS HUMANOS!). También se nos acusa de tenerle “miedo a la autoridad”, como si esto fuera necesariamente algo malo.


Es que su mundo ideal es un gran country donde celebran asados en chomba y bermudas impecablemente blancas, donde hablan de vinos, ópera, libros de Paulo Coelho –leídos con una sonrisita superada porque ellos están para otra cosa -, viajes a EspaÑa y las desgracias del mundo en tono doctoral, mientras escuchan a Schoenberg los más cultivados y a Joaquín Sabina los más mersones; los chicos no son otra cosa que esas criaturas molestas que chillan de algarabía y arruinan el impacto de la frase ingeniosa que estaban recitando para impresionar a la mujer del arquitecto Sarlanga, que todavía está de buen ver; Los adolescentes son esos granujas de vida nocturna que gastan guita sin trabajar, farfullan incoherencias y ponen a La Renga, encenagando su tilingo paraíso.


Pero principalmente al “Viejo Bermuda” le irrita la existencia de los niÑos porque odian a sus hijos, y no sin razón: los han visto pasar de encantadores niÑitos con perfume a leche y miel a antiestéticos adultos con olor a pata; los han visto ebrios, los han visto pedantes, abusando de sus victorias miserables y quejándose de sus fracasos, sacando créditos hipotecarios, puteando porque se les quedó el auto, mirando a Grondona, haciendo negocios pésimos, empezando sus frases con la construcción verbal “lo que pasa es que en este país de mierda”, peleándose a gritos con su pareja, repitiendo con voz gomosa las mismas frases cargadas de resentimiento que emitían ellos cuando empezaron a descubrir que la juventud era muy breve; en suma, los han visto convertirse en algo demasiado parecido a ellos mismos, como retratos de Dorian Gray vivientes, pero sin las ventajas que aquél reportaba al malogrado Dorian.


Entonces el “Viejo Bermuda”, que es demasiado sofisticado y metropolitano para admitir abiertamente que desearía vivir en un condominio en Miami rodeado de alambre de púas electrificadas donde no se admita a nadie por abajo de los sesenta aÑos – excepto camareras de veinte para adornar el paisaje – empieza su perorata sobre los límites, sobre lo inofensivo que es un chirlo si se hace con amor, sobre que antes … y aquí tartamudea, porque percibe que bordea el síndrome de “en mis tiempos” y en realidad desfallece por ocultar que está DECRéPITO.


Desde mi modesto lugar de padre progre, políticamente correcto y con miedo a la autoridad, quiero decirles, decadentes energúmenos, que no tengo la menor intención de pegarle a mi hijo, y sinceramente me tiene sin cuidado si eso les arruina la fiesta; que su nuevo rol de “golpeadores virtuales” me parece digno de SALVAJES; que darle argumentos a los mano largas nunca fue una buena idea; y que con su mismo criterio podríamos pensar en que de vez en cuando, a los OPINóLOGOS con INCONTINENCIA VERBAL no les vendría mal un coscorrón – o más – para ponerles un límite.


Pero con amor, ¿eh? Siempre con amor.


Aclaración: Ya sé que esta es una columna de humor, así que la escribí COMPLETAMENTE DESNUDO, con una careta de Carlitos Balá y parando cada cinco minutos para imitar a Costello cuando tiene miedo.


Publicado a las 08:21 a.m.


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