Ivana tiene 23 aÑos, el pelo naranja furioso, un arito en la nariz y una remera posmoderna de Emilio Disi. Pero tras su transgresor look, se esconde un ser humano que sufre en silencio.
“Es una pesadilla. Cada maÑana me levanto con la esperanza de que mi problema desaparezca, o de que me echen, pero nada. Me parece que es una psicopateada de la dueÑa.”
Ivana trabaja en un local de diseÑo de Palermo Hollywood; Un sofá reciclado de color fucsia domina la amplia sala; A unos metros vemos una lámpara de formas irregulares, y un par de zapatos de audaz diseÑo cuelga de ua tanza colgada del pie de un maniquí suspendido del techo, pintado con aerosol violeta y con un helecho en lugar de cabeza. Pero a pesar del glamoroso entorno, la vida de Ivana dista de ser una novela rosa. Porque, como cientos de jóvenes en su misma situación, no tiene la más pálida de qué es exactamente lo que se vende en el local.
“Cuando me contrataron me dijeron que era un negocio ‘de diseÑo’ y yo dije ‘uh, qué copado, buenísimo’ y agarré al toque. Pero, claro, nunca me dijeron qué diseÑaban. Por ahí fue culpa mía por no preguntar.”
Hora tras hora, la escena se repite una y otra vez, como calcada. Un cliente entra y mira a su alrededor con el leve desconcierto de un extranjero en su propia ciudad. Se acerca a Ivana, abre la boca un par de veces, y seÑalando la silla donde está sentada, pregunta “¿Y, esteeee…. Esta silla, se vende?”
Ivana se levanta de un salto. Por un momento cree ver la luz al final del túnel; pero luego mira la silla, el sofá, los zapatos, el maniquí, la lámpara, y la inseguridad vuelve a asaltarla. Por fin, temiendo posibles represalias, niega con la cabeza y aclara “Es parte de la ambientación”.
El cliente asiente con la cabeza, vuelve a recorrer el local con la mirada y se va sin atreverse a hacer la temida pregunta: “¿Pero acá qué venden?”. Ivana suspira aliviada, porque no sabría contestarla. Las pocas veces que un cliente se atreve a desafiar el misterio, Ivana le contesta con evasivas y le habla de bueyes perdidos, diciendo cosas como “qué loco lo del gobierno” hasta que el cliente se cansa y se va.
“Desde que estoy acá no pude vender una sola cosa. La gente entra y no sabe qué es lo que tiene que mirar, porque está todo como desperdigado; y además les da vergüpreguntar porque se sienten medio pajueranos. Para peor en el cartel de afuera dice que se venden ‘objetos’. A mí me parece re confuso”, se confiesa Ivana, con la garganta estrangulada por el llanto. “Lo peor es que una vez, ya desesperada, encaré a la dueÑa y se lo pregunté. Se puso medio nerviosa y a cambiar de tema, preguntándome qué opinaba de la liberación de Chabán. Ahí me di cuenta que ella tampoco sabía.”
Ivana cree que se encuentra en un local de diseÑo cósmico, y que tal como el Guardián de la Rama Dorada del bosque de Nemi, su tarea es permanecer allí, conservando su puesto, hasta que otra vendedora la aniquile y luego la reemplace, empezando el ciclo una y otra vez por el resto de la Eternidad, como marionetas de un Dios perverso. “Aunque a lo mejor estoy exagerando”, agrega sonándose los mocos.
No seamos indiferentes con el drama de Ivana.
Esta es una campaÑa de bien público.
Publicado a las 11:55 a.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario