Aquellos que no somos archivos de Excel humanos y no vivimos obsesionados por el conocimiento exacto de días de pago, vencimientos, descuentos por débito automático, intereses punitorios y balances; en definitiva, aquellos que aún somos capaces de sonreír ante el aroma de una flor o la ternura de un niÑo somos sus víctimas naturales.
Sí. Es la Bestia. Es el artesano capaz de convertir un documento financiero convertible en efectivo en un papel inservible; es el encargado de “cruzar” un cheque.
Agarrotado sobre sí mismo sobre una vieja silla reclinable de cuerina rajada y chirriante, en el centro de una habitación sin ventanas en el quinto subsuelo de la Corporación, el miserable despierta de su sueÑo sin sueÑos a su mundo de biblioratos, haberes y deberes. La fluorescencia de los hongos exóticos que han crecido en una esquina del cielorraso nos permite contemplar su rostro por unos segundos: de carnes flacas y piel sin color, es imposible adivinar su edad. Si alguna vez fue un hombre como todos, con esperanzas, voluntad y corazón, ya nadie puede decirlo. AÑos de resentimiento rumiado se le dibujan en las desmayadas comisuras de los labios.
Corren bajo su mirada cheques que jamás disfrutará; que firmará a pesar de no ser el dueÑo del dinero que reparte. A lo largo de los aÑos una fortuna ha pasado por sus manos, fortuna que va aumentando en su torcida imaginación cada día y cada mes. Entrenado para el cálculo, presupuesta en su fantasía los caprichos malvados que podría satisfacer con el oro que brota en su escritorio, e inmediatamente los descarta con una furia sin ruido.
Entonces llega el momento de la venganza. Una vez firmado el risible cheque que algún infeliz podrá transformar en huevos y leche para sus hijos, tiembla de emoción, anticipando el Cosmos de maldad exquisita que desatará a continuación.
(Por supuesto es su jefe, el dueÑo de la empresa, un Behemoth cubierto de esmeraldas africanas y baÑado hasta el exceso en lociones con aroma a especias y flores muertas, quien ha puesto en sus manos esta arma, sabedor de que su Fortuna debe permanecer en el Cofre el mayor tiempo posible)
Entonces, el hombre – bibliorato abre un estuche recubierto en pana roja y de allí saca una birome. No es una birome común. Si la miramos de cerca, vemos que está cubierta de microscópicas e infinitas púas que exhalan un líquido viscoso, mezcla de tinta y plasma.
Es una Birome del Mal.
Cientos de ellas sobreviven en el mundo desde los tiempos en que los sacerdotes de un culto pagano y malvado las confeccionaron en una fragua cósmica. Muchas – las rojas – están en manos de maestras sin corazón, y son utilizadas contra niÑos que no han estudiado; otras escriben cartas anónimas de denuncia. El resto, como la de nuestro héroe, cruzan cheques.
Ahora inhala el viciado aire de su calabozo y toma la birome. Las púas se clavan en sus manos, inyectando el veneno en su ya intoxicado organismo. Un rictus de dolor cruza su frente, y al instante, como por el efecto de una droga, una energía monstruosa y repentina se apodera de él. Jadea de placer y borrachera, levanta la birome en alto, y poseído por un éxtasis aterrador, dibuja las dos líneas en la esquina superior izquierda del cheque.
Son perfectas y paralelas, hasta diríamos bellas, pero al verlas se nos revuelve el estómagho por la Maldad que transmiten, como si hubieran sido dibujadas por un artista genial pero diabólico.
La criatura ríe, ríe chillonamente contamplando su obra. Ya está. El pobre y esperanzado tonto que creía que ese cheque le serviría para algo tendrá que esperar. Mientras tanto, ¿qué comerá? ¿Cómo pagará el colectivo? ¿Ante quién deberá arrastrarse para sobrevivir? La criatura no lo sabe, pero imagina las infinitas desgracias que caerán sobre la cabeza de su víctima y ríe aún más, por horas tal vez. Es el único placer que le queda en la vida y lo aprovecha al máximo.
Vuelve a acurrucarse en su silla, esperando que llegue su próximo perverso recreo, y va cayendo en su inhumano letargo mientras la risa se va apagando en su boca.
En la calle, alguen siente que desde las profundidades llega el eco de sus últimas carcajadas y siente un escalofrío.
(Escrito mentalmente después de recibir un cheque cruzado que yo creía que me iba a salvar el fin de semana)
Publicado a las 09:09 a.m.
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