jueves, 21 de febrero de 2013

Z., el Interventor


En las últimas décadas el mundo de las artes plásticas ha sumado el concepto de “intervención”. Consiste –a grandes rasgos- en agregarle algo a algo ya hecho. Por ejemplo, pegarle una calcomanía de “Hello Kitty” al David de Miguel Ángel sería una intervención. El autor de la misma sería el encargado de poner el sticker, y la obra pasaría a llamarse “Calcomanía sobre David de Miguel Ángel”. No está aclarado si este nuevo autor puede llevarse El David a su casa argumentando “No me llevo el David, me llevo mi obra, la Calcomanía sobre David de Miguel Ángel”.



En el mundillo de la historieta, en cambio, la “Intervención” existe desde hace años: Sus lectores suelen ser desprevenidos consumidores de historietas de segunda mano, que entre ejemplares impecables suelen comprar uno que otro decorado con garabatos infantiles o –con lamentable frecuencia- monstruosos órganos sexuales dibujados a birome sobre, por ejemplo, Archi o Nippur de Lagash.



Sus autores suelen ser adolescentes con mucho tiempo libre y escaso respeto por los cánones del Arte. Por lo general estos adolescentes crecerán, se harán adultos y comprarán algún comic de segunda mano, donde encontrarán penes garabateados dibujados por otros adolescentes, a quienes aquellos adultos putearán infinitamente, cerrando un Círculo de Justicia Poética y abriendo otro al mismo tiempo.



No es el caso de Z., el Interventor de Historietas Usadas.



“Z. es casi una leyenda entre los coleccionistas. Su trabajo se inicia a mediados de los años 70”, cuenta Andrés Zubieta, uno de los más importantes coleccionistas de cómics de todo el país. “Por lo que se ve en algunos ejemplares de ‘Domingos Alegres’, en esa época era sólo un niño, y dibujaba globitos donde les hacía decir disparates a los personajes.”



“Pero en estos ejemplares de ‘Patoruzú’ se ve que ya había entrado en la edad del pavo. Por eso está cubierto de penes de todo tipo, típicos de preadolescente”. Y por lo que se ve en esos gigantescos miembros asomando bajo la falda de la Chacha, un preadolescente con ideas algo confusas. Pero ya en esos penes se veía el nacimiento de un estilo, que sobresalía del vandalismo gráfico promedio. Sin contar con la firma “Z”., que aparecía en muchos de sus dibujos.



A mediados de los ’90, asiduos visitantes del Parque Rivadavia (y lectores de “Comiqueando”) comenzaron a rastrear las intervenciones de Z., y a convertirlo en una figura de culto. “De hecho, todo un apartado de mi colección abarca únicamente obras garabateadas por Z., que en algunos casos me parecen superiores a la historieta en sí”, cuenta Zubieta, señalando una colección completa del Corto Maltés llena de palabrotas, órganos masculinos y tetas (éste último detalle nos revela cierta maduración del artista), aseveración por lo menos polémica. “Bueno, a mí Corto Maltés nunca me gustó mucho, tiene demasaiado diálogo”, se justifica el coleccionista.



Es en esa misma época que Z. crea el personaje de Gurmencio, un sarcástico pene humanizado que ridiculiza a los héroes del cómic. En algunas historietas llega a vivir peripecias paralelas a las del personaje original, que transcurren a un costadito al fondo de la viñeta, trabajo que implica un verdadero esfuerzo narrativo (especialmente destacable es un ejemplar de “Skorpio” donde a lo largo de la historieta “Alvar Mayor”, Gurmencio se narra una compleja aventura que ni siquiera transcurre en la América de la Conquista, sino en una colonia de Marte en el año 2034).



Las historietas de Z. sufren un parate a principios de los ’90. “Creemos que se puso de novio, porque en las últimas de ese período aparecen algunas vaginas”, explica Zubieta. Si es cierto, la relación parece haber terminado de la peor manera: El personaje vuelve en la “Cóctel” de mediados de los ’90 con un estilo ya maduro, un poco “dark” y con un discurso de una misoginia violenta y bastante perturbadora. Z. da la impresión además tener mucho tiempo libre: la cantidad de ejemplares intervenidos en el año 1996 supera todos los cálculos (alrededor de 700, de los que se han podido contabilizar). En algunos no deja espacio en blanco sin llenarlo de Gurmencios superpuestos uno sobre otro, penes genéricos, rostros satánicos, amenazas de suicidio y los más variopintos insultos contra el género femenino, especialmente contra una chica llamada “Roxana” (cuyo teléfono aparece escrito más de 3.000 veces junto a frases que promocionan su habilidad para el sexo oral).



Pocos años después, las intervenciones de Z. vuelven a la normalidad y en algunos ejemplares de “Fierro” (la nueva época) se da el lujo de hacer experiencias gráficas y metalingüísticas, que han recibido excelentes críticas en Europa, aunque Zubieta extraña “los viejos penes que decían malas palabras, ahora me parece que se puso muy intelectual”.


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