domingo, 24 de febrero de 2013

Mi problema con Dickens


Si algo me gusta del anglosajón es la práctica cordial y humanitaria del cinismo; ese cinismo afable que campea en las relaciones de amistad, donde aceptamos los horribles defectos de nuestros seres queridos a cambio de que ellos acepten los nuestros; ese recreo, en fin, de los valores morales absolutos. Un Stevenson, por ejemplo, te explica que todos somos Jeckyll y Hyde, o que parte de la maduración personal es que un pirata cojo te enseñe las miserias del mundo. Ese es el Londres victoriano que me gusta: el Londres de caballeros de galera que se entregan hipócritamente a los vicios más inmundos, de calles adoquinadas donde prostitutas desdentadas y gordas cantan en las tabernas, y eventualmente son asesinadas por caballeros victorianos enloquecidos por la sífilis (O sea, me gusta en la literatura, para vivir me gusta vivir en un lugar lindo con pastito y penicilina).



No me gusta, en cambio, el Londres victoriano de denuncia social y buenos sentimientos de Dickens. No he venido hasta aquí, hasta un libro, con todo el quilombo que es sentarse a leer, para que me enseñen que hay que ser bueno y generoso con los desafortunados, para que pretendan conmoverme con el desgraciado destino de niñitos abandonados, rengos y hambrientos.



Convengamos además que el autor que apela a niñitos indefensos y los hace pasar por desgracias interminables, habiendo tanta cosa para contar, tiene una cosa de sádico, de enfermo. De aprovechador. Condición que disimulan más tarde con un final feliz, pegado allí con moco para no despertar sospechas y que el FBI no te revise las búsquedas de Internet.



No sé si es por esto que odié “Oliver Twist”, o por sumirme en un aburrimiento insoportable, por su visión santurrona y lacrimógena de la existencia, por decir “el judío” 137 veces para describir a Fagin, el jefe de los ladrones (cosa que aparentemente ya era considerada antisemita en su tiempo) o por su creencia en la delicadeza de espíritu hereditaria.



Pero más allá de todo esto tengo un problema, un problema ético-narrativo, digamos, un conflicto con “Oliver Twist” que no termino de resolver. Como todos ustedes saben, los problemas del desgraciado Oliver terminan cuando Mr. Brownlow, un rico propietario inglés al que el chico conoce por completa casualidad decide investigar su pasado, descubrir el origen noble de Oliver y por fin, adoptarlo. Esto es lo que se conoce como un Deus ex Machina y se supone que es un pecado mortal literario: la salvación por parte de un agente totalmente externo y casual. Para ser sinceros el 90 % de las historias que leemos o miramos terminan así. Por ejemplo, Jurassic Park. Pero alcanzaría para decir que Dickens es un chanta y promulgar un decreto de su eliminación de las listas de clásicos.



Ahora, hete aquí que esta podría ser una excepción: en realidad, Dickens nos está cantando una realidad social amarga, más amarga que la existencia de orfanatos sórdidos o judíos malvados que comandan bandas de niños ladrones: en un sistema económico clasista y de nula movilidad social como la Inglaterra Victoriana –o infinidad de sociedades del reino neoliberal-, es IMPOSIBLE escapar de la pobreza a menos que un millonario venga y te adopte, o que te saques el Quini.



Y este aparente final feliz está en realidad aceptando un destino tan trágico, tan decepcionante e impotente, tan alejado de la idea de autosuperación personal, que, fíjense la voltereta que nos hace dar Dickens, volvemos a toparnos con el tan acariciado cinismo anglosajón. Y eso es lo que más me arruina la vida: que no puedo terminar de odiar a un autor tan retorcido. Tampoco es que a él le importe gran cosa.


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