A veces al más avezado crítico le fallan todos los planes: Por ej., el mantero amigo ha sido víctima de alguna traicionera inspección municipal, los críticos amigos se niegan a pasarnos sus notas argumentando que están en contra del plagio (actitud que en tiempos de software libre me parece de lo más conservadora) y además hay que pensar en algún paseo de fin de semana para los niños. Considerando que “El árbol de la vida” dura tres horitas y que me han dicho tiene unas escenas del Big Bang (un fenómeno terrorífico, que esperemos no vuelva a ocurrir), decidí esta vez pasarme al gremio de los críticos de Arte: por lo menos en una galería los retoños pueden correr, gritar y dejar el piso cubierto de papas fritas a su antojo. Así que “O Bicho SusPenso no PaisaGem” (en castellano, “El Bicho Suspendido no PaisaGem”), del brasileño Ernesto Neto, expuesto en el Faena Arts Center me pareció una buena opción. Más allá de la pesadilla que significa viajar hasta Puerto Madero, el disclaimer que rezaba “menores de doce años gratis” resultó un argumento estético decisivo.
Se trata de una enorme instalación / escultura interactiva donde el Arte con Mayúsculas y los salones de fiestas infantiles con minúsculas se dan la mano. Un laberinto tejido al crochet colgante, de dimensiones excesivas, cuyo “piso”, por así llamarle, está compuesto por miles y miles de “pelotas de plástico”, por así llamarles (una denominación más que apropiada, ya que se trata efectivamente de pelotas de plástico). La misma cubre la totalidad del salón y da un par de vueltas sobre sí misma, ignoro si a propósito o si porque Neto no calculó bien el largo de la galería. Mientras redactaba mentalmente la galería (“la obra de Neto es grande, a nivel tamaño”), tomé conciencia de un detalle no calculado: ¡el público recorría el interior de la obra, con el peligro –y sobre todo, el esfuerzo físico- que esto conllevaba!
Los concurrentes son obligados por el autoritario personal del Faena Arts Center (unos jóvenes estudiantes de Historia del Arte ataviados con inquietantes remeras negras) a quitarse los zapatos, que quedan junto a la inmaculada pared del pabellón sin supervisión alguna. Luego, son introducidos en el laberinto mediante veladas amenazas (ocultas tras lo que parece ser una sonrisa entre cordial y canchera) y forzados a realizar el recorrido. Nadie se salva: desde casi ancianas señoras de Recoleta hasta jóvenes turistas escandinavos (que en su idioma natal advierten que “esto significa la guerra”), pasando por indefensos menores de edad (por ej., mis hijos, a quienes –siguiendo las enseñanzas de Roberto Benigni- intenté mantener inconscientes de la situación).
Adentro, el Horror, el Caos y la Zozobra. Si atravesar el sistema digestivo de un ser Monstruoso y artificial creado por un demente habitante de allende el Amazonas, con los pies desnudos y encallecidos, sufriendo nuestro organismo cientos de consecuencias fisiológicas incalculadas debido al enajenado shiatzu ejecutado por inestables pelotas de goma es Arte, entonces el “Bicho” es la Capilla Sixtina. Si sufrir a los pocos minutos los infiernos de la Claustrofobia, la Sed y la Locura (como le ocurre a los personajes de Horacio Quiroga) es Arte, el “Bicho” es La Gioconda. Si llegar arrastrándose, con la ropa hecha girones, decidir si dejar a tras o no a nuestros compañeros de infortunio y evaluar si es momento de darle al canibalismo es Arte, el “Bicho” es todo Shakesepeare, todo Picasso, todo Mozart. El recorrido dura algo así como ¡diez minutos!, pero parecen quince. No es ésta, desde luego, la experiencia idelizada por el crítico de Arte pro-fe-sio-nal acostumbrado a las vernissages como Dios Manda, a mandarse una docena de saladitos y evaluar de reojo si el pintamonas de turno pertenece o no al Retromodernismo Imbecilista.
Habrá quien diga que exagero, que semejante descripción no cuadra con el pacífico entorno de caretismo puertomaderense y que tal vez debería retomar el gimnasio. Yo digo que no acostumbro mentir; y que si no hubiera tenido la honestidad periodística de confirmar mis turbulentas sensaciones, no me habría vuelto a subir al monstruo ese entre cuatro y cinco o seis veces más. Así que tengo razón.
Por fin, el tabloide explicativo repartido por los cancerberos del Faena insiste en que la obra de Neto es “lúdica”. Otra mentira. Si esto fuera verdad, no se habría rechazado mi propuesta de jugarle unos pesos a ver cuál de las jubiladas concurrentes se luxaba el tobillo primero.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Ernesto Neto: ¿Artista o Genio del Mal?
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