¿Debe tener límites el humor? Esta pregunta, que linda más con la ética que con la teoría del Arte, tal vez no pueda responderse nunca; sin embargo, sí es cierto que cada época y contexto marca los límites acerca de lo que es lícito reírse o no.
Esto es lo que nunca terminó de entender Ernesto Canessa, dibujante uruguayo (emparentado lejanamente con el sobreviviente de los Andes) que en 1956 emigró a Buenos Aires con el objetivo de hacer carrera en el humor gráfico. Lleno de entusiasmo e ideales, se dirigió a la que era la revista más exitosa del siglo XX: Rico Tipo.
Canessa admiraba a Guillermo Divito como a un Dios, y se había enrolado casi con fervor militar en la “fórmula Rico Tipo”: construir un personaje dotado de una característica única y singular, y realizar infinitas variaciones sobre ésta, como ocurría con Fallutelli, Pochita Morfoni, Fúlmine, Purapinta, Amarrotto y otras grandes creaciones de la época. Intentando cubrir un nicho temático inexplorado, Canessa mostró a Divito las ciento cincuenta tiras que había desarrollado sobre su creación: El Agente Picanotti.
Divito leyó el material al principio con una sonrisa, luego con cierto azoramiento y finalmente visiblemente incómodo y se vio obligado a rechazarlo. La totalidad de las tiras giraban alrededor del Agente torturando presos comunes y políticos, o sobre las dificultades que se le aparecían para realizar su actividad. No precisamente era Divito un hombre con gran conciencia política, pero se daba cuenta de lo poco afortunado de la idea, sin contar que no era muy conveniente sacar a la luz el tema durante la dictadura de Aramburu. Canessa anota en su diario: “Hoy el Maestro me dio una verdadera lección de profesionalismo. Recibo sus duras pero justas críticas como una Unción Divina, que me servirán para seguir mejorando en la profesión y cumplir, algún día, con el sueño de integrar su staff”.
Meses después de duro trabajo, vuelve Canessa a la redacción con trescientas tiras de su nuevo personaje: Roberto Peganaifas, el marido golpeador. Las “humoradas” de Roberto y su esposa Coca, siempre con un ojo morado o el brazo en un cabestrillo, no le causaron a Divito la menor gracia. “Era raro ver a ‘Willy’ de mal humor, pero la conversación que tuvo esa vez con el pibe este Canessa fue bastante agria”, contó Guillermo Guerrero en una entrevista. “Con mucha paciencia le explicó que había temas con los que mejor era no meterse. Para orientarlo, incluso le pasó una lista de estos temas.” Leemos nuevamente en el diario de Canessa: “Bueno, me fue peor, no sólo me rechazaron a Peganaifas sino que voy a tener que desechar también la idea del personaje Arturo Violadori”.
Algunos temas se le escaparon a Divito de la lista, porque debió rechazar sus siguientes personajes: Cancerino, Racistio y Farinello el castrato. Sólo Patriotelli el antisemita, se coló en la revista durante uno de los viajes de Divito, aprobado por Emilio Borrás, un efímero secretario de redacción que militaba en la infame “Liga Patriótica”. Pero la gota que rebasó el vaso fueron las seiscientas tiras de Pederastio, un pedófilo asiduo a visitar la salida de las escuelas primarias. Divito por poco tiene un accidente cerebro vascular, los gritos que se escucharon en la redacción fueron legendarios, y desde entonces Canessa tuvo prohibida la entrada a la oficina. Las últimas líneas del diario de dibujante difieren mucho de las palabras de adoración del inicio: “Bueno, es obvio que el hijo de puta este me quiere cortar las alas. Envidia tiene el Divito de mierda este, envidia, no hay otra explicación, ¡envidia!”.
En realidad sí había una explicación: El desfasaje temporal. Quince años después, Canessa habría podido ser un maestro del Humor Negro. Cuarenta años más tarde, su trabajo habría sido considerado “Políticamente Incorrecto”. Pero la Rico Tipo de los cincuenta no estaba lista para esa temática. La otra explicación es médica: Canessa sufría de lo que se conoce como “Mal de Asperger”, un síndrome que impide registrar las sutilezas de la comunicación humana, y que al uruguayo no le permitía entender hasta dónde estirar las cuerdas del humor.
Meses después Canessa hizo un último intento, y para congraciarse con Divito intentó adularlo haciendo una referencia personal, enviándole por correo 1.256 tiras intituladas “Putarraccia, la madre de Divito”. Éste era un hombre práctico, y viendo la persistencia del joven dibujante decidió solucionarlo políticamente: le propuso a Canessa pagarle un modesto salario a cambio de que no volviera a mandarle un solo chiste más. El orgullo de Canessa casi impide el pacto, pero la necesidad de pagar el alquiler pudo más. A partir de allí desaparece Canessa de la historia del humor gráfico, aunque se dice que tuvo una vida tranquila y sin grandes sobresaltos.
viernes, 22 de febrero de 2013
Ernesto Canessa, el humorista desubicado
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