miércoles, 20 de febrero de 2013

Pomelo, el Espíritu del Rocanrol


Madrid, Noviembre de 2024



Conocí a Pomelo en plena Primavera Alfonsinista. Se respiraba libertad por primera vez en mucho tiempo y la noche porteña hervía de arte y locura. Una época en la que te podías compartir una ginebra con Luca Prodan en el Cemento, a la media hora bailarte un lento con Batato Barea en el Parakultural, y terminar vomitando clericó en el mismo balde que Fabiana Cantilo.



Y en una de esas noches inocentes, donde el HIV era una enfermedad ajena y la merca se consumía elaborada me encontré, en una de esas fiestas improvisadas a las dos de la mañana, con un joven ruliento y efervescente, la mirada oculta tras dos gruesos anteojos de sol, incapaz de hilar dos palabras con coherencia y que ya se había ganado un lugar entre los grandes, justo justo entre Miguel Abuelo y el Indio Solari. Lo recuerdo como si fuera hoy, tratando de meter el conejillo de indias de Pipo Lernoud en el lavarropas y gritando “¡Rocanrol, nenenene!”. Recuerdo también que era la primera vez que pronunciaba su famoso “grito de guerra”, y cuánto se lo festejamos los concurrentes.



Claro, era imposible para nosotros saber que este latiguillo derivaría, treinta años después, en una fulminante palilalia, el mismo tic oral que sufría Howard Hughes. En sus peores momentos –antes de su internación- Pomelo fue capaz de repetir “rocanrol, nenenenene” unas ciento setenta veces seguidas, para desesperación de su entorno. Se habló incluso de una groupie, que amenazó con tirarse por la ventana si Pomelo repetía la frase una vez más. Pomelo no la repitió una vez, sino cincuenta y dos; con el trágico resultado que le costara un juicio por homicidio culposo, del que salió libre pero emocionalmente desgarrado.



Pero me adelanto. Por entonces, Pomelo era la mezcla justa de consagrado y joven promesa: Tan exitoso como para permitirse todos sus caprichos, pero lo bastante lejos del sistema como para sentirse –con todo derecho- un verdadero rebelde. Fue un poco debido a la embriaguez de esos tiempos sin miedo ni compromisos que Pomelo decidió inscribirse en ese estado de adolescencia eterna que lo haría aún más célebre. Y que descubrió el hobby que años después lo convertiría en la cara de un conocido pegamento instantáneo: Romper cosas. Y fue en ese romper cosas que representaba, creo yo, su gran fragilidad emocional; una fragilidad que ocultaba tras la vida de desenfreno, las excentricidades y el desafío a la autoridad, En resumen: En el “bardo”, palabra que es casi un sinónimo de mi amigo Pomelo.



Una fragilidad emocional que tuve el privilegio de observar esa noche, décadas antes de que Pomelo fuera la superestrella en que se convirtió más tarde (de hecho yo estaba convencido de que se trataba de Daniel Melingo. Incluso recuerdo que le dije “Dani” toda la noche. Todavía me enoja un poco pensar que nadie me haya avisado). La manifestó, como decía, rompiendo algo. En este caso, una jirafita de cristal de la colección de Pipo Lernoud, a la que Pomelo le tenía bastante idea. “Sho sha sé que las jiraf-s son mud-s, pero vamus a fer si asta griita”, dijo, en su tonito de hablar tan característico, Y luego la pisoteó con sus borceguíes hasta hacerla añicos. Y en medio de las risas que lo rodeaban, pude ver cómo se bajaba los anteojos y durante tres segundos miraba su obra con una sensación de hastío, con un desamparo existencial que no era fácil de espiar.



Y me resulta imposible no relacionar este pequeño acto de vandalismo con las circunstancias de su muerte. Porque coronar su cumpleaños n° sesenta y dos, justo el año en que logró vencer su adicción a las drogas y que reconoció que el joven concejal del NPRO –la agrupación de extrema derecha liderada por Agustina Rodríguez Larreta- era su hijo; justo el año en que además pudo cortar lazos con la secta electro-evangelista que lo abdujo durante ocho años, y en que recuperó la movilidad de su pierna derecha; justo ese año decidió, un poco para complacer a las “pendejas” (su club de fans cincuentonas) que acampaban frente a su hotel, a jugar otra vez al ”bardo”, arrojándose del séptimo piso, aspirando serrín extraído de animales embalsamados, mientras se ahogaba en su propio vómito, sufría un infarto masivo, para terminar, víctima de las circunstancias, asesinado de un balazo por un “fan” con problemitas.



Una cosa es segura: Pomelo murio en su ley.


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