Uno de los peligros que debe enfrentar el humorista gráfico es su inmensa capacidad de tomarse en serio. Si no anda con cuidado, suele caer entonces en la frase célebre, el aforismo cursi y la sentencia, cuando no en el sermón: todas actividades muy nobles pero cargadas de solemnidad, que es exactamente lo contrario del humor. Luego vemos estas aberraciones pegadas en las heladeras familiares o los boxes de los oficinistas, lo que da cuenta -para peor- de su éxito. Como una suerte de contrarreacción, algunos acudimos sin pensarlo al género opuesto, el slaptsitck, el grotesco, la exageración y los chistes con minas en bolas. Existe, sin embargo, Copi, que nos recuerda que puede hacerse un humor gráfico reflexivo, sin estridencias, con ritmo cansino, hecho de silencios y lentitud, y sin necesidad de caer en el discurso solemne: Como Keaton, como Schulz y como su heredero el gran Lizán. En tiempos de ruido constante, donde el arte popular parece una competencia por ver quién grita más fuerte y más rápido hace falta releer a Copi, estudiarlo y copiarle uno que otro silencio.
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