La escena se desarrolla en el escenario del Corso de Villa Pueyrredón. Se trata de un breve sketch, interpretado por la murga “Los Inevitables de Flores”, donde un “Boludo”, encarnado en un hombre con anteojos culo de botella y un largo bonete (su identidad, además es confirmada por los integrantes del corso, que le gritan “¡Boludo!!! ¡Boludo!!!”) intenta tomarse un taxi; el diálogo entre el Boludo y el Taxista satiriza las complicaciones para trasladarse durante el Carnaval, debido a los cortes de tránsito por Corso, que obligan a los vehículos a dar volteretas y evoluciones impensadas para llegar a destino.
La humorada puede leerse como una doble toma de posición. La primera, bastante audaz y certera, certifica que hay que ser bastaaaante boludo para tomarse un taxi. O sea, ¿a dónde querés llegar? ¿Qué apuro tenés? Loco, es domingo a la noche. ¿Realmente es tan importante tu presencia en un lugar y a una hora determinada para gastarte el equivalente a una cena liviana en un simple acto de traslado? ¡O sea, hay 95 % de probabilidades de que ni hayan notado tu ausencia! Pensalo. La segunda, establece un “ellos y nosotros” bastante claro, un Enemigo preciso e identificado, que simboliza a un enemigo mayor: El Automovilista. O el esbirro servil del Automovilista, el Pasajero.
El Carnaval ha sido a lo largo de la Historia el momento en el que el Esclavo tornava en Amo, el Campesino en Señor Feudal. Durante un breve lapso anual, se le permitia al populacho burlarse de la clase dominante en sus narices, quemando muñecos con el rostro del Archiduque o coronando como Rey al hombre más feo y miserable de la aldea. Bueno, sí, y de emborracharse como cerdos hasta desmayarse en las calles pavimentadas de hortalizas podridas. Era seguramente una válvula de escape, un juego, un relajo para que nada cambie. Pero, ¿cuántos pensamientos revolucionarios habrán germinado contemplando en vivo al Mundo al Revés?
Luego, el Sistema hizo lo que hace siempre con los actos subversivos. Lo fagocitó, lo sometió a la desintegración de sus jugos gástricos y lo regurgitó transformado en lo que es hoy: Una postal pintoresca. Un atractivo turístico. Chicas exóticas de un metro ochenta emperifolladas y semidesnudas, montadas sobre enormes carros tachoneados de lentejuelas, trasladándose por una calle autorizada por la Municipalidad a un ritmo y horario predeterminado. Diabladas bolivianas para el deleite de insípidos turistas alemanes desesperados por postear las fotos en su Facebook, para que las vean otros insípidos alemanes en el otro extremo del mundo. Carnavales venecianos afeminados, que nunca entendí qué tenían de Carnavales, si ni siquiera tienen un puto tambor.
¿Y cuál es la señal más clara de esta domesticación? El encierro: El carnaval de Rio ha sido enjaulado en el Sambódromo, el de Gualeguaychú en el Corsódromo y el de Montevideo en los tablados. Para que esté ahí, contenidito. Que no joda. Para que la fiera carnavalesca no se zampe algún transeúnte.
¡Sostengo que el Carnaval Porteño, aún con su escasa asistencia de público, la poca gracia corporal característica de nuestra urbe y un ritmo en el cuerpo digno de un ejecutivo finlandés es más Carnaval que todos estos “Carnavales Mainstream”! Es un Carnaval lleno de rebeldía adolescente, que no se manifiesta en la música elemental y los trajes lentejuelados por la costurera del barrio; sino en el múltiple sabotaje simultáneo, cortes de tránsito mediante, que los corsos ejecutan contra el automovilista, ese representante de los peores defectos de la ultraderecha: La prepotencia, el status económico, el reclamo de represión contra mendigos, malabaristas y peatones. Alguna vez tuvo en los piquetes y protestas a su Némesis. Pero los piquetes están en franca decadencia y el automovilista vuelve a ser el Amo y Señor de nuestras calles, solo compitiendo contra otros automovilistas para ver quién tiene el matafuegos más grande.
Hasta que febrero se le ríe en la cara, transforma su ruta en un Caos y sus dominios en un laberinto. Dejen al más experimentado de los automovilistas en un punto cualquiera de la Ciudad en la época de Carnaval. A las pocas horas, mientras intenta volver a su casa, estará llorando y suplicando y pidiendo perdón por sus pecados automovilísticos, bañado de humildad por un ejército de saltimbanquis con galera.¡Defendamos el caos de tránsito murguero, una conquista social que transforma al nuestro en el Último Carnaval!
lunes, 4 de febrero de 2013
¡Buenos Aires: El último Carnaval!
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