viernes, 21 de noviembre de 2008

¡Explican por qué noviembre es una porquería!





Desde tiempos inmemoriales, o por lo menos desde que existe el calendario, la gente del como Sur ha odiado a marzo. Las razones son obvias: se termina el verano, las vacaciones, comienzan las clases, etc. La gente odia marzo incluso aunque se tome las vacaciones en abril, porque el que trabaja durante el verano tiene por lo menos el consuelo de que la gente está apachorrada, incluído el jefe, y podés hacer todo a la que te criaste.


Este odio un poco pueril, un poco obvio tal vez, oculta un poco el odio amargo, melancólico, intenso, hecho de migraÑas y resoplidos que sentimos por el mes de Noviembre, a mi entender el peor mes del aÑo.


Y es que, si enero y febrero son dos niÑos que juegan despreocupados sobre la arena, marzo es un escolar que debe cargarse el delantal, el Valijín Primicia, el compás Sito y el transportador y el tinterito involcable y entrar, apesadumbrado, en el Templo del Saber. Pero sigue siendo un niÑo. Un niÑo con reservas de energía casi infinitas, un niÑo que sabe jugar, que absorbe los conocimientos brindados con la facilidad de una esponja, su mente fresca, clara y nueva. Un niÑo bello, como todos los niÑos, para quien la Muerte es una ficción y la frustración un asunto de helados y juguetes. Aún no ha sido miserable, aún no ha sido quebrado ni su alma sometida.


No voy a detenerme en describir qué diablos son abril, ni mayo, ni junio ni julio .aunque claramente agosto es un cuarentón divorciado, con camperita de cuero de chancho- porque esas analogías nunca son del todo correspondientes; pero sí está claro que Noviembre es un seÑor o seÑora de entre 63 y 71 aÑos. Una edad bastante comprometida, por decirlo de una manera suave; me refiero a que el cuerpo ya no responde, la mente flaquea y el espíritu se marchita. Bueno, en algunos casos eso ocurre desde mucho antes. Pero ahora, un poco peor porque pasó más tiempo. Y sin embargo, tal vez porque aún no nos hemos jubilado, o tal vez porque lo hemos hecho hace demasiado poco, no nos animamos a TIRAR LA CHANCLETA.


Es decir, después de los 70 medio que ya todo como que te debe importar un pomo. Si el médico te dice .seÑor, afloje un poco con la heroína. la única respuesta posible es una carcajada. Si a los 83 aÑos tus hijos vienen a pedirte 30.000 dólares para un crédito hipotecario, imagino que se los podés dar para luego irte a vivir a las cloacas o bien darle un portazo sin el menor complejo de culpa, y acto seguido reventártelos en Montecarlo y Acapulco (por las dudas que el tipo no venga con ningún amparo ni nada de eso). No hay ninguna expectativa por cumplir, ni .proyecto de vida. que respetar, ni dignidad que salvar ni escrúpulo moral que salvaguardar. ¿Así que ese peluquín violeta que te pusiste parece un muppet muerto? .Y bueno, yo porque estoy viejo y senil, ¿sabés lo que parecés VOS con ese cortecito de .emo. cuarentón, gil???., sería la respuesta más certera del geronte.


Pero a los 63, 0 64, o peor, 67, no sé por qué pero imagino que los 67 deben ser el punto álgido, el clímax de esta senilidad sin recompensa, pareciera que todavía tenemos que demostrar alguna cosa. Que no estamos acabados, que aún podemos aportar algo a la Sociedad, iluminar a los dempás con nuestra Experiencia y enterrar la Batata (sin ayuda química). Cosa que es TODO MENTIRA, o requiere tanto esfuerzo que ni vale la pena; recién a los 72 nos decimos .eh, soy viejo, acabo de descubrir que ME CHUPA TODO UN HUEVO!!!


Bueno, eso .una persona de 67 aÑos- es noviembre. Todavía está la fantasía de que se pueden salvar los restitos del aÑo, de que tenemos que terminar unos .proyectos. y unas .cosas. y unos .planes. (que en un 90 % sólo existen en nuestra imaginación), para lo cual deberíamos tener la energía y la iniciativa o por lo menos la inconsciencia del niÑo de marzo. Pero no, es noviembre. Nos duele la cabeza. Tenemos como una cosa ahí abajo del omóplato. Estamos susceptibles y de mal humor. Intuimos que matar a alguien nos traería un poco de alivio, pero es ilegal. A duras penas llegamos al final de cada día, días bodrios e infelices en los que nuestra actividad más productiva y reconfortante ha consistido en la redacción de e-mails (o sea, el Horror). Luego viene diciembre, con su carga de garrapiÑada y transpiración festiva, y ahí si que ma sí, mueransé todos.


Sugiero prohibir noviembre o cambiarlo por diciembre, y que después haya otro diciembre, para no tener que aprenderse otro nombre de mes a esta altura del aÑo.


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