Creo que nadie ha leído este asunto de la valija venezolana correctamente. La gente tiene poca memoria. Se queda en el sensacionalismo, en la noticia del día, en lo que paó hace dos minutos.
No, el investigador serio, el comunicador responsable, debe poner los hechos del Hoy en un contexto. Tomar una línea de investigación y apegarse a ella. El historiador profesional no escribe un libro sobre “la Conquista del Desierto”. Eso es para el Billiken. No, la investigación histórica se hace sobre bases puntuales, abarcables, mensurables, por ejemplo, qué se yo, “La Demografía del Norte de la Provincia de Buenos Aires durante la Conquista del Desierto” o “La variabilidad del consumo de maíz pisingallo según los registros presentes durante el período presidencial de Julio Roca”. Y de ahí se pueden sacar algunas conclusiones.
Un ejemplo: Yo. Hace unos meses realicé un análisis exhaustivo -bueno, ese día venía medio filtrado- acerca de la decadencia de nuestra corrupción en el contexto de sus receptáculos.
Es decir, veníamos mal; habíamos llegado al punto en que nuestros corruptos habían empezado a guardar la plata en bolsas. ¡Bolsas! Una vergü pero ahora, y en pocos meses desde ese hecho patético, las valijas – y qué valijas, unas Samsonite tapizadas en cuero de chancho con herrajes de bronce- entran en escena de nuevo. Mal que mal, esto es un avance. Es decir, lentamente, vamos saliendo de la crisis. Cuando la próxima desprolijidad sea transportada en un estuche de maderas orientales baÑado en oro -bueno, sería una desprolijidad cometida por una especie de Federico Klemm- podremos decir que salimos del infierno; por lo menos a “Nivel Receptáculo”.
Miren, el duelo de la publicidad en el internet (robado de Oink!), y el Gaucho Santillán divulga un método científico para ganar a la quiniela.
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