martes, 4 de diciembre de 2007

¡Al final sí, era de oro!





Escribe el Lic. Isaías Baralt

Bon Vivant Extremo

lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com


Va en contra del manual del buen Gourmand la creencia de que es indispensable un buen pasar económico para disfrutar de los goces del paladar; a veces, creemos, es más apreciable la sencillez, la tibieza de un pan recién horneado, preparado con arte y dedicación, que una centolla al caviar preparada en el más exclusivo de los restaurantes, especialmente si ésta lleva varios días de putrefacción, como nos ha ocurrido comprobar en el reciente emprendimiento gastronómico de Douglas Rivera Lombardo en Santiago de Chile (claro que Rivera Lombardo asegura que su especialidad está encuadrada en la tendencia de la Old Food, pero ya cubriremos este tema en una próxima entrega).


La idea simétricamente contraria da pie a algunos excesos que, a decir verdad, denotan más una afición de nuevo rico que un paladar exigente, como la nueva moda de comer oro (Gold Food) que se está imponiendo en algunos restaurantes del primer mundo (y que parece, más que nada, destinada a dejar en off-side a quienes, sorprendidos por el monto de la adición, preguntan .¿qué, es de oro, el pastel de papas?.).


Confesamos que no sabemos apreciar este tipo de excentricidades tilingas que tienen más vulgaridad de la que aparentan; en cambio, sí nos hemos tomado el trabajo de hacer uso del túnel de emergencia que cavamos a lo largo de dos aÑos con la punta de nuestro sacacorchos pneumático para dejar por un rato nuestro involuntario hospedaje y allegarnos hasta No es Oro todo lo que reluce, el local de Don Humberto Bullrich Pardo, donde intenta hacer escuela con su nueva creación, la Almost Gold Food.


Bullrich Pardo, fiel a sus principios, y reflexionando que .también hay que ver si comer oro no te hace medio mal., descarta por completo este ingrediente en sus recetas, reemplazándolos por materia prima igual de onerosa pero menos perogrullesca. Así, luego de disfrutar de la original ambientación del local (totalmente forrado en láminas de .pirita. u .oro de los tontos.), nuestra protegée Naty y nosotros nos sentamos a disfrutar de la estupenda entrada consistente en Natillas Salpimentadas de Oro Negro, una suerte de baba oscura completamente confeccionada en petróleo con toques de menta y cilantro (no terminamos de definir si el gusto repugnante del plato provenía del petróleo o de este último ingrediente), por completo incomible pero conceptualmente admirable, teniendo en cuenta el precio actual del barril de crudo. Nuestra protegée, que se encuentra en el ciclo adelganzante de sus trastornos alimenticios, nos cedió su plato, que habríamos dejado de lado gustosamente si no fuera porque nos sentíamos un poco ansiosos (temíamos que a esa altura ya se hubiera descubierto que la sábana con unos ladrillos pintados con marcador negro ya no fuera capaz de cubrir la entrada de nuestro túnel).


Como secondo, optamos por la variante .objetos suntuarios.: Nuestra protegée solicitó Trozos de Ferrari glaceados con Timbal de Cachos de Broche de Tiffany.s en Forma de Escarabajo Egipcio (hube de hacerle notar, sin embargo, que en el plato sólo se detectaba, de la Ferrari, el tapizado y algunas partes blandas del distribuidor, por lo que tuvimos que elevar una agria queja al chef; éste nos contestó, no del todo desatinadamente, que se eligen las partes de la Ferrari más tiernas, y el resto se descarta, por lo que la confección del plato incluye, finalmente, la totalidad del vehículo).


Por nuestra parte, preferimos un plato moderno, nuevo, así que pedimos un Plasma de 55 Pulgadas Agridulce Pad Thai, un exquisito plato de reminiscencias tailandesas; una experiencia verdaderamente inolvidable: los jugos del interior del plasma .saborizados con hojas de lima- inundan nuestra boca, luego de quebrar .hace falta, huelga decirlo, una dentadura sana y poderosa- la carcaza tostada y plástica rebaÑada en un fondo de cocción donde no están ausentes ni el jengibre, ni la leche de coco, ni el limoncillo. Como nota de humor culinario, algunas perillas de un Philco del aÑo .73 adornan los márgenes del plato.


Por fin .debíamos partir de inmediato a la Clínica, en parte porque allí podrían someternos a un lavaje de estómago, operación que se nos antojó podría ser necesaria- coronamos esa magnífica noche compartiendo unos Profiteroles de Uranio Enriquecido, luego de .una ceremonia legalmente necesaria, aunque contraria al savoir faire del que creíamos imbuido a Don Bullrich Pardo; otra decepción de esas a las que cada tanto nos somete el ambiente gastronómico argentino- firmar un papel donde declarábamos conocer de las propiedades radiactivas y venenosas del Uranio, y que estábamos al tanto de que podíamos crepar allí mismo.


Como que el documento no era en vano y efectivamente empezamos a sentir los efectos altamente tóxicos del dessert (tal vez un exceso de crema), decidimos marcharnos. Esta vez, tranquilos respecto al pago de la cuenta: es sabido que la comida ofrecida por Bullrich Pardo es gratuita, ya que .vox populi en el ambiente- el hombre de Ramos Mejía está completamente loco e integra desde hace aÑos una banda de millonarios anarquistas dementes que destruye símbolos del capitalismo robados a través de manifestaciones culturales (el .compaÑero de vida. de Bullrrich Pardo es conocido por realizar origamis gigantes con títulos de propiedad de departamentos sobre la Av. Libertador).


Nos enteramos, desdichadamente en el acto en cuestión, que el creador de la Almost Gold Food tenía otros planes; y nos contó, siempre amenazándonos con un lanzallamas, que ha decidido convertirse en un Instalador y que pensaba utilizar carne humana para su próxima obra .un problema frecuente al concurrir a locales atendidos por artistas criminales dementes. Buscamos nuestro sacacorchos, que siempre es un buen amigo en estos casos, pero recordamos haberlo dejado en el guardarropa, por exceso de confianza en el honor de Bullrich Pardo.


Resultó ser, paradójicamente como otras veces, nuestra protegée quien nos protegió. Evidenciando los efectos de los profiteroles, la muchacha descubrió, no sin cierto disgusto, que las yemas de sus dedos desarrollaron momentánemente una suerte de .Toque de la Muerte., enviando al Tártaro con apenas una caricia al imponente helecho de la entrada, lo mismo que a la media docena de esbirros del hombre de Ramos. En cambio, nosotros intentamos el mismo toque y descubrimos no estar en nuestro día, ya que todo lo que produjimos en Bullrich Pardo fue un ataque de acné importante, que de cualquier modo nos permitió alejarnos de allí con presteza (afortunadamente, habíamos dejado la entrada del túnel a sólo media cuadra del local).


La vuelta no fue, sin embargo, inmediata; tuvimos la precaución durante las tareas de excavación, de instalar a medio camino del túnel un cuarto de relax, con jacuzzi incluido, que llenamos esta vez con mostaza y agua pesada, viejo tratamiento para la radiación que figura en todos los manuales del buen gourmand. No en los manuales que leen ustedes, sino de los de verdad. En cuanto a No es Oro Todo lo que Reluce, debemos exigir que se les reste unos cuantos tenedores, ya que al día siguiente nuestra protegée comprobó -en un acto de valentía y curiosidad que no deja de ser admirable- que su secondo no portaba diamantes sino circones de dudosa claridad y mal facetados. ¡Cheers!


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