Sorprenderse con la menuda figura de Don Agop Aristarain, desarmador de árboles de Navidad, recorriendo en bicicleta los cien barrios porteÑos, es como asomarse a un Portal del Tiempo, o como viajar en la Máquina del Tiempo – o como comerse un Pancho del Tiempo -, y viajar a la época en que otras figuras . deshollinadores, afiladores y odontólogos ambulantes, por ejemplo – también poblaban la metrópolis ofreciendo sus útiles servicios.
Pero a diferencia de deshollinadores y odontólogos, el sevicio que ofrece don Agop continúa en vigencia, gracias a la molicie de las nuevas generaciones, entusiasmadas y serviciales a la hora de armar el árbol pero tan poco proactivas al momento de desmantelarlo.
Hoy Don Agop nos permite acompaÑarlo, escuchando las viejas y dulces melodías armenias que deja escapar, tenues, de un costado de su boca . intuimos que del lado izquierdo . hasta el momento en que apoya su palma curtida por las décadas de duro trabajo en el tablero del portero eléctrico de una imponente torre de Palermo.
Entre insultos y ancianas que no entienden bien de qué se trata, Don Agop logra colar su irresistible canto de sirena, .¿Algún árbol para desarmarrrr.?, que pronto es contestado entre balbuceos por trasnochados festejadores de Navidad. La ciencia del ascensorismo hace el resto.
Una vez presentado el diabólico ícono de origen pagano a desarmar y escuchadas las avergonzadas instrucciones . casi en tono de disculpa . del lechuguino de turno, Don Agop procede a realizar su tarea con paciencia de orfebre: El primer paso, por supuesto, es tomar el árbol entre sus manos por la punta superior.
Don Agop, entonces, procede a girar sobre si mismo a toda velocidad, para .limpiar. el árbol de adornos, muÑequitos y guirnaldas, ayudado por la fuerza centrífuga; sus movimientos, casi en trance, recuerdan a la danza de los derviches turcos (pero mejor no mencionar a los turcos frente a este armenio de pura cepa). A pesar de la gracia y el cuidado que pone el noble anciano, uno que otro adorno de cerámica o lámpara de lava se reportan como caídos en el combate. Las débiles protestas de los dueÑos de casa son acalladas por un seco .se hace así., dicho con la autoridad de quien sabe lo que hace.
A continuación, Don Agop procede a deshacerse de los globos navideÑos desparramados por el departamento con una maza de cinco kilos, reduciéndolas lentamente a un fino polvillo abrillantado. Los clientes siguen el proceso con mucho interés y – hay que reconocerlo . un poco de temor. Pero se tranquilizan cuando Don Agop pide, como un hombre civilizado, una escoba y una palita para juntar el polvillo y lo que queda de las guirnaldas (reducidas a largos .chorizos. plateados luego de los furibundos pisotones que ejecutara el viejo armenio). Pero, ¿de dónde proviene la milenaria tradición de este oficio olvidado?
.No, no., se apresura a contestar Dante, su nieto, que ha decidido seguir sus pasos y lo sigue diariamente en su recorrido. .Hay una confusión. El abuelo se dedica a esto desde hace tres aÑos. él tuvo siempre ferretería, toda la vida, pero en fin, perdió todo con el corralito y salió a inventar esto.. La aclaración de Dante es cortada bruscamente con una mirada furibunda del anciano, que, como todo trabajador orgulloso, no gusta de revelar los secretos íntimos de su profesión. Entonces, el Aristarain de la tercera generación, sin pedir permiso se adelanta para aplicar un nuevo método (.digital., aclara Dante), tal vez a modo de reivindicación, y procede a plegar las ramas del árbol manualmente.
¡Grave error! La rama superior, de excelente calidad taiwanesa, se resiste al intento de plegado por parte del endeble muchacho y vuelve a su posición inicial, atrapando su antebrazo contra la rama inferior! ¡Las espinillas de plástico de la rama se clavan, como mil agujas, en la carne del joven, que grita dolorido, pidiendo ayuda, como un explorador atrapado en las fauces de un aligator del río Mississipi!
Don Agop, sereno, se lanza sobre el árbol y con la fuerza hercúlea de sus manos, dobla el tronco hasta partirlo. Por una reacción refleja, sin embargo, el árbol se retuerce sobre sí mismo, corcoveando, lleno de convulsiones. Don Agop se monta a horcajadas, azotándolo con su rebenque . nos preguntábamos para qué servía . y luego lo golpea, con furia, casi con brutalidad, contra la pared . .pintamos hace un mes., se desespera no poco frívolamente el burgués dueÑo de casa . varias veces, hasta que el árbol, sin vida, que por otra parte nunca tuvo, se desploma.
Don Agop restaÑa las heridas del joven echándole media botella de vino que encuentra en la alacena del departamento . .Es un Bonarda., continúa chillando el cliente . y luego lo arropa con su viejo saco con pitucones.
¡Y entonces, inesperadamente, con la agilidad de un gato, Don Agop se da vuelta y arroja la botella sobre el árbol, cuyas ramas plásticas, estirándose como resortes, estaban a punto de dispararlo mortalmente sobre los dueÑos de casa! La botella se rompe en mil pedazos y sin perder tiempo Don Agop arroja sobre él su encendedor activado. El árbol arde instantáneamente, emitiendo un sonido agudo que recuerda vagamente a un chillido.
Don Agop se va, con la satisfacción del deber cumplido. ¡Adiós, Don Agop, y que su importante misión pueda seguir siendo ejecutada por sus manos laboriosas y despiadadas!
Publicado a las 05:20 p.m.
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