Leandro F. es un joven adulto como tantos, que trabaja para forjarse un futuro, mientras intenta ahorrar . mientras la coyuntura del país se lo permita . hasta juntar el monto mínimo que le ermita com.rar ese departamento, donde piensa irse a vivir con su novia Mónica. .Queremos tener un perro., cuenta, y se le escapa un brillo de ternura de los ojos.
Pero Leandro no es feliz. Un vergonzoso secreto empaÑa los momentos de felicidad a los que – joven, sano y sin tatuajes con calaveras hechos en estado de ebriedad durante su adolescencia de los cuales podría haberse arrepentido a la maÑana siguiente – tiene derecho por naturaleza; Un secreto que se atreve a revelar ni a sus seres más queridos, aunque en cambio sí a este cronista, a quien ha conocido hace apenas quince minutos y que ni siquiera le cae muy biem, a juzgar por la silla que le ofrece, medio desvencijada y con el tapizado todo roto . lo que nos hace reflexionar , por otra parte, acerca del poderío de los medios. Leandro, en fin, no tiene nostalgia televisiva.
De vez en cuando, en medio del sopor alcohólico de las aburridas reuniones en casas de sus amigos, un infeliz dice .Sheriff Lobo. y desencadena en el resto de la concurrencia una catarata de emocionados recuerdos sobre largas y perdidas horas frente al televisor; como los miembros de generaciones anteriores se desgaÑitaban con anécdotas de la colimba, estos parásitos sin vida desgranan recuerdo tras recuerdo sobre aquel episodio de Alf, aquella frase de Maxwell Smart o aquel rictus enfurecido de Don Ramón. La camaradería y las sonrisas emocionadas se apoderan de los presentes, hermanándolos en centenares de recuerdos comunes.
Pero Leandro, cuya infancia pasó entre lecturas de Tolstoi, memorización de la Tabla de Elementos y lecciones de clavicordio, debe pagar su elevado nivel cultural con lúgubres momentos de marginación y aislamiento existencial; Por lo que, luego de aÑos de humillación, ha decidido apelar a la solución más al alcance de su mano: mentir.
Es entonces, cuando sus congéneres terminan de enjugarse las lágrimas por recordar aquel episodio donde Shemp conversa con un pájaro humanoide, que Leandro, como quien no quiere la cosa, dice .¿Y se acuerdan de esa de .La Familia Tubular., donde el Cartero Mortimer se hace pasar por el perro de la familia? ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Qué capo que era Blake O . Knotapsberry!.
O si no .recuerda. algún falso programa infantil nacional y comenta, entre risas: .A mí el que me podía era el Coronel Papardella, ¿te acordás cuando gritaba .¡Morrooooones!. cuando el ayudante . que se llamaba Pechuga . le tiraba algo por la cabeza? ¡Qué enfermo! Me dijeron que lo van a dar de nuevo por Retro.. O se vuelca a la nostalgia juguetera y dice .Uuuh, la que yo tenía era la Auténtica Catapultita Chopurdel, me la regaló mi tío Efraín cuando tenía 9 aÑos. Me pregunto a dónde habrá ido a parar..
Más de uno de sus conocidos, más que nada por no quedar afuera, y alguno que otro para reirse a su costa, le dice .Ah, sí, sí, yo me acuerdo., y es entonces cuando Leandro, bordeando la psicosis, se lanza a una adrenalínica carrera de nostalgia creativa, y comienza a contar viejos episodios de .Galaxia Extraviada 001. (con la participación del inolvidable venusino Moblon), o de .La Ferretería Increíble., .Los O. Malley., .La Banda de los Desgraciados., .El Show de Paul Mortimer Kinsey., .Black & Birindelli., .Mega Patrulla Celestial., .Super Máscara. y .El Patio de Pepe Cochabamba., especialmente cuando se tiraban con bollos de pizza crudos.
Leandro inventa, crea, redacta mentalmente docenas de falsos recuerdos ante la mirada azorada de sus escuchas y por momentos siente la adrenalina, la emoción el centro de atención; pero luego, a solas, recuerda sus mentiras, y tiembla ante la idea de que alguien sospeche su secreto; y repasa los rostros de su audiencia, buscando la sonrisa incrédula, la mirada escéptica, o alguna sonrisita sarcástica. ¿Lo habrán descubierto esta noche? ¿Deberá intensificar su actuación? ¿Deberá empezar a creer en sus propias invenciones . cosa que , involuntariamente, ya está ocurriendo . aunque esto lo haga bordear peligrosamente la locura?
Entonces, acosado por el temor a ser descubierto, y por los fantasmas de Pepe Cochabamba, el ayudante Pechuga y el venusino Moblon, que lo acosan desde el fondo de su alma, gritándole .¡Existimos! ¡Somos parte de ti! ¿No te atrevas a dejar de recordarnos, o nos instalaremos definitivamente en tu memoria, pero no como dulces recuerdos infantiles, sino como pesadillescos traumas!., Leandro se cubre con su colcha de la Galaxia Extraviada 001 (que mandó confeccionar especialmente en secreto) y llora.
Todos los días, millones de personas como Leandro inventan programas imaginarios de los 70 para no quedar como que no tuvieron infancia. No los discriminemos.
Esta es una campaÑa de bien público.
Publicado a las 06:51 p.m.
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