Cumbre y Contracumbre de los festejos de Fin de AÑo:
LA CUMBRE: Nochebuena es la fiesta que marca el comienzo del festejo; Como en toda fiesta, el principio es lo mejor: el principio, donde la expectativa es joven, el cuerpo está entero, abierto y dispuesto a la entrada de toda clase de tóxicos, y las posibilidades de felicidad, romance y aventura son infinitas, aunque lo más probable es que pasemos la mitad de la noche debatiendo sobre la última operación de la tía Carlota.
Sin embargo, este debate se produce frente a una mesa rica y exótica, donde el Viejo y el Nuevo Mundo se dan cita como una Feria de las Naciones a domicilio: el sofisticado Vitel Thonée, con sus alcaparras flotantes que asemejan pequeÑas cucarachitas del Amor nadando en el Pantano de la Amistad, la noble tarta de cebollas, el amigable pollo en escabeche se abrazan con las nórdicas garrapiÑadas, el hispano turrón, los frutos secos, almendras, pistachios y nueces, que además de despertar todos nuestros instintos de vida acompaÑan la conversación levemente distraída mientras nos dedicamos con alma y vida a destruir sus cáscaras en el quicio de la puerta.
La Navidad tiene motivos históricos y rituales, antecedentes célticos, ingleses y hebreos, profusa literatura clase “B” en las publicidades de sidra y la revista Anteojito 18 kilates, es una fiesta con argumento, con principio, nudo y desenlace: La llegada entre incomodidades y colocamiento en secreto a voces de los regalos, la comida distendida o llena de odio, pero sin excesiva espera o carga emotiva, la lenta alcoholización, el brindis y por fin, el toque de gracia, esta genialidad del departamento de marketing del cristianismo, que ha adornado a esta mezcla de ritos paganos, vago fervor religioso y reunión familiar forzada con el símil de una pequeÑa entrega de Oscars hacia el final: los regalos. La aceptación tácita y franca de que tantas tantas tantas ganas no teníamos de estar allí, así que aunque sea hay una justa compensación económica; y si no te toca nada, siempre quedará la visión arrobada, hipnótica, como de quien ve demonios danzarines en el fuego del hogar, entre los vapores del alcohol, del pagano árbol de Navidad y sus luces titilantes: un invitado más, un tío contador de anécdotas made in China, patriarca de todas las lámparas de lava del mundo, que nos permitirá pasar el rato sin dirigirle la palabra a nadie hasta que nuestro pariente más cercano nos tironea del codo para llevarnos a casa.
LA CONTRACUMBRE: El AÑo Nuevo es el Horror de la repetición sin sentido, como el mismo capítulo de “Los Brady Bunch” puesto una y otra vez como fondo de la estruendosa música de una “rave”. Nos preguntamos, como saliendo de un confuso sueÑo con sudor, ¿qué estamos haciendo allí? ¿No nos vimos hace siete días? ¿No está bien ya de alcohol burbujeante y pequeÑos delicatessen azucarados en cajas rectangulares? La conversación no fluye, porque sea en la fiesta de la oficina o en la Nochebuena o en el asado de despedida ya nos hemos dicho todo lo humanamente posible. El cuerpo no está a la expectativa, sino viejo y cansado, recuperándose aún de la resaca.
¡Eso es el AÑo Nuevo! ¡Una gran resaca forzadamente ritualizada, un agotado final de fiesta, un regreso a casa escuchandolos pajaritos y con el sol entrando por los resquicios de la persiana penetrándote a lo rayo láser a través de los ojos e intentando operarte sin anestesia una miopía imaginaria! No tenemos excusas para el aÑo nuevo, ni anécdotas históricas ni posibilidades de exhibir nuestros conocimientos sobre el origen de los globos navideÑos o la verdadera fecha del nacimiento de Cristo. ¿De qué vamos a hablar? ¿De los agotadores fuegos de artificio que pone el tío Roberto? ¿Del funcionamiento del calendario? ¿Estamos festejando con amargura el fin de aÑo o con injustificada esperanza en el arbitrario comienzo del nuevo aÑo, que promete ser mucho peor?
Nada, no estamos festejando nada, excepto la impaciencia por irnos de allí! Todo acompaÑado por un monstruoso animal asado que el genial dueÑo de casa ha tenido la ocurrencia de ponerse a incinerar a eso de las siete de la tarde, un lechón o un cordero, animales poco profesionales que no tienen la consideración de venir en bife o en tira, no, hay que cocinarlos enteros, verles la cara, taparlos con un diario o con una bandeja como si se tratara de nuestros hijos, y sobre todo, esperarlos como si fueran un nuevo Mesías – porque se toman su tiempo las criaturitas de Dios – al borde de la inanición porque nadie trajo nada para picotear, “total va a haber un lechón de cuarenta kilos”, o picoteando porquerías toda la noche hasta iniciar el ritual hinchados como globos, hastiados de todo, agotados de la raza humana y a punto de clavarle un tenedor a nuestro prójimo más cercano; y cuando llega el animal lo masticamos un par de veces, felicitamos al factótum y decidimos para nuestros adentros que estamos demasiado deprimidos comopara disfrutar nada, y de golpe son las doce, el único evento de la noche, ser las doce, algo que por cierto ocurre todos y cada uno de los días del aÑo, donde nos entrgamos al confuso brindis que marcará la decadencia de una noche que, por cierto, fue ya engendrada en decadencia: La decadencia de la decadencia. La peor redundancia del mundo.
¡Felices fiestas!
Publicado a las 08:11 a.m.
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