Si algo bueno puede decirse de la digitalización y compresión de música – y su casi inevitable grabado ilegal – es que está acabando con el flagelo del fetichismo.
El pronto a extinguirse coleccionista de discos pasaba las horas revisando bateas en grandes emporios discográficos, pequeÑos tugurios de segunda mano y extensas ferias al aire libre, movido no tanto por el amor a la música como por la necesidad física y amorosa, parecida a la que siente el amante obsesivo, de observar con sus propios ojos el colorido diseÑo de tapa y la tipografía setentista, de elevar de entre sus apretados hermanos el ejemplar hallado, de extraer cuidadosamente, con la punta de las yemas de los dedos, la negra y brillante circunferencia en busca de posibles rayones.
Cuando llegaba a su casa lo escuchaba – con suerte – sin mucho interés, casi por obligación, y luego lo guardaba entre sus congéneres, mientras planificaba su próxima cacería. De más está decir que con la aparición del CD apenas cambiaron algunos detalles del protocolo, pero el fetichismo continúa.
AÑo 2005. Los traficantes de MP3 exhiben en ferias y negocios enormes carpetas con folios vinílicos que contienen catálogos de disquitos donde entran, por ejemplo, toda la discografía de Litto Nebbia o la producción de toda una vida de Vangelis Papathanassiou; no hay búsqueda más árida y abrumadora posible. La agotadora caza del ejemplar único e inencontrable ha sido reemplazada por el conocimiento básico del orden alfabético; La visión de la tapa identificatoria – grabada del recuerdo de la infancia o por haberlo visto una vez en la casa de otro enfermo de “coleccionismo” – ha sido reemplazada por la lectura de un vistazo, en la tipografía más deprimente posible, del nombrecito de la pieza buscada, que muchas veces ni siquiera se llama, por decir algo, “Tras la pista del Chachalupio”, sino “Chonchi Beterraga – Grandes éxitos”, título que nulas sinapsis de excitación es capaz de encender en nuestra mente.
Luego se le entrega al pobre desgraciado un disco grabado en un sobrecito con el nombre del artista elegido, escrito a birome – y con letra de inimputable – donde figuran no sólo esa gema escondida, sino todo el resto de la obra del artista, que nuestro héroe ya tiene guardada, catalogada y desempolvada con una franelita a diario desde hace quince aÑos. El enfermo se va, sin haber satisfecho en realidad sus ansias auténticas de contacto físico o visual con el objeto, y en su perra vida escuchará el disco. La cura a su adicción, por abstinencia obligada, seguramente estará muy cerca, aunque la vida habrá perdido el 65 % de interés para él.
Todavía, sin embargo, hay esperanzas. Estos fetichistas de la música pueden aún volcar su enfermedad al objeto físico del catálogo. Dentro de cincuenta aÑos, sus descendientes buscarán en ferias y tugurios, por ejemplo, “La carpeta que contiene de la A hasta la J del puestito de ‘Peluca’ Montero”; y cuando estos bienes empiecen a escasear, se buscarán las fotocopias de esos catálogos, que se leerán con fruición. Después de todo, ya serán inútiles.
Porque, ya que de futurología barata hablamos, todos saben que la capacidad de los receptáculos de información se agranda mes a mes, sin demasiado planeamiento ni reflexión (porque, ¿cuál es el interés de poseer toda la producción de “Little River Band” si el único tema bueno que hicieron en su vida fue “Reminiscing”?).
Eso no importa: como un bibliotecario japonés miniaturista todopoderoso y loco, seguimos acumulando cada vez más cultura en menos espacio; y algún día, en las ferias de usados y grabaciones ilegales todos venderan el mismo y único disco.
Un disco que contendrá toda la música de de la historia de la música y también sus remixados, covers y versiones regrabadas, y tal vez todas las canciones que son posibles de hacer, que son muchísimas pero no infinitas; y todos los libros, en formato PDF, que se han hecho y también los que pueden hacerse, y todos los DNI de todas las personas del mundo, y la historia de tu vida, entera y sin censura, incluyendo humillaciones y bajezas, y también la vida que te hubiera gustado tener, y todas las películas, todas las obras de teatro filmado, todas las reproducciones de las obras de los aerosografistas callejeros y las fotos de todas las estatuas vivientes del mundo y, por qué no, todos los carteles de “Pica Pica Bajada de Cordón”.
Y los catálogos de estas Bibliotecas de Babel, estos Alephs portátiles, pesarán tanto que nadie será capaz de abrirlos, por lo que los buscadores de tesoros aceptarán la palabra del vendedor, se llevarán su trofeo, no lo abrirán jamás por temor a enloquecer ante la visión instantánea del Cosmos, y esa misma tarde se pegarán un tiro en una playa solitaria.
Publicado a las 08:35 a.m.
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