El sábado tuve que irme apresuradamente de un casamiento debido a un ataque de alergia. No tanto por mi molesto estado de salud – mi estricta educación prusiana me obliga a aceptar con serenidad la muerte antes que abandonar por la mitad un evento social – sino por lo poco elegante que queda hincharse como un batracio de ochenta kilos enfrente de todo el mundo.
También la podría haber PALMADO ahí mismo si mi garganta, que habitualmente tiene la mejor predisposición para elementos de utilidad como la comida y el oxígeno, hubiera decidido cerrar sus puertas; pero esto hubiera sido un evento trágico, y ya sabemos que la tragedia no es incompatible con la dignidad social.
Ese es el principal problema del alérgico: somos el HAZMERREIR del mundo de los enfermos. El tuberculoso ya ha quedado inmortalizado como una especie de héroe trágico, cuyo emblema es Margarita Gautier. Una grave tos oculta a la vista de todos pronostica, en las telenovelas, que ese personaje va a morir, incluso en el siglo XXI, cuando esta enfermedad completamente curable. El ulceroso reviste su mal de un aura de prócer y nos induce a pensar que el pobre carga sus espaldas con demasiadas responsabilidades, cuando es probable también que en realidad cargue su estómago de demasiados salamines picado grueso con vodka.
Pero hasta las enfermedades producto de los excesos son vistas con cierta admiración: en su lecho de muerte, cubierto de cables, sondas y rodeado de aparatitos que hacen “bip”, el adicto a diferentes sustancias tiene el tupé de dejarnos el mensaje subliminal de “pero la vida LA HE VIVIDO!”
El alérgico, en cambio, es ridículo (quedando en segundo lugar después de la “gripe de verano”). Nadie puede tomar en serio un mal cuyos síntomas son estornudar diez veces seguidas, rascarse sin control o convertirse en un grotesco monstruo macrocefálico en menos de cinco minutos. La nariz del alérgico en pleno ataque recuerda demasiado a la del PAYASO; Sus ojos HINCHADOS y a MEDIA ASTA le dan el aspecto de un borracho. Y cuando uno comunica su estado a los presentes recibe como primera respuesta una reacción ambivalente, una mezcla de preocupación con una mal oculta semisonrisa. Yo los entiendo: la visión de nuestro rostro caricaturesco es demasiado cómica para tomárselo a la tremenda.
El alérgico se maneja a ciegas y no puede dar explicaciones de su caso, porque no termina de saber bien a qué es alérgico o tal vez es alérgico a una combinatoria de cosas o a algo que tiene una cosa a la que no es alérgico pero que a veces viene con esa cosa, o a algo a lo que antes no era alérgico, o tal vez dejó de ser alérgico a esa cosa por diez aÑos y un día vuelve a serlo. Cuando el alérgico intenta explicar su saga, suele acompaÑarla de un “creo que fue el Daikiri, pero a lo mejor fue el postre, o el árbol que había en la puerta. No sé”. Es una enfermedad que desafía las leyes de la lógica. Se puede ser alérgico a casi todo: al pescado, a la fruta, a los remedios, al chocolate, pero también al sol, a tu mascota, a rasparse con una toalla, y probablemente al telgopor, a las llaves tipo Acytra o a la cobertura interna del disfraz de Winnie Pooh en el Trencito de la Alegría.
Por otra parte, el alérgico no ha tenido la desgracia de ser intoxicado por un veneno mortal o un virus traicionero. No, ha sido víctima de algo tan inofensivo como la pulpa de frutilla, lo que lo hace sentirse aún más ESTúPIDO. El cuerpo del alérgico reacciona exageradamente ante cosas que no tienen nada de malo, como una muchachita histérica o un ENFERMITO DE LA INSEGURIDAD que sale a los tiros cuando un niÑo viene a buscar su pelota caída en el jardín. La demostración, una vez más, de que frases como “la naturaleza es sabia” o “hacele caso a tu cuerpo” no tienen EL MENOR SENTIDO: El cuerpo es IDIOTA. Cree que SE VA A MORIR porque comió un cóctel de camarones y arma un escándalo, provocándole a su dueÑo más trastornos que un niÑo con problemas de conducta o un automóvil con el radiador perforado.
No, si pudiera no hacerle caso a mi cuerpo y mandarlo a casa con una palmadita, diciéndole “sí, sí, todo bien, bajá un cambio” sería más feliz; pero hasta que aprenda la técnica del VIAJE ASTRAL, o se invente el trasplante de cerebros, me temo que voy a tener que retirarme yo junto con mi cuerpo hinchado y lleno de ronchas, como si me llevara a un amigo borracho que está haciendo el ridículo.
Por todas estas exageraciones y ambigüs, la idea generalizada es que el alérgico tiene toda la culpa de lo que le pasa. Cuando en una película quieren caracterizar a un pobre infeliz, al hijo bobo de la estrella del deporte, o al novio que está por ser abandonado, no se quedan tranquilos hasta que le incluyen una o varias alergias, como si fuera una característica de su personalidad.
La buena noticia es que gracias a la profusión de químicos en las comidas y contaminaciones varias, algun día la alergia será una norma y no la excepción; ¡Entonces los alérgicos experimentados guiaremos al resto de la humanidad, como un ciego guíaría a los videntes en la oscuridad, y nos convertiremos en LíDERES DE MASAS y PERSONAJES DE CULTO!
Hasta que se enteren que NOSOTROS TAMPOCO tenemos idea de qué hacer. Pero la VIDA LA HABREMOS VIVIDO!
Publicado a las 08:00 a.m.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario