(Fragmento de una novela con el probema técnico de que el tipo se pone muy cargoso con lo de adelantar lo que le va a pasar al protagonista)
Cuando Loomis despertó, igual que todos los días, en su cama de siempre en su casa de los subrbios de siempre, no sabía que ese día a las 6:37 de la tarde estaría muerto. Muerto para siempre.
Luego de una breve ducha, se preparó un jugo exprimido de pomelo, igual que todos los días. Odiaba el exprimidor eléctrico. Le gustaba hacerlo manualmente, contra el borde de un ancho tazón de loza, y llenarse las manos de jugo, sintiendo el breve ardor cítrico cubriéndole la piel de las manos y los tendones de los dedos esforzándose.
Disfrutó del infrecuente lujo de la soledad hogareÑa. Joanna había salido temprano: ese día preparaban una exposición de arte en la escuela donde trabajaba y había prometido estar a las 6 de la maÑana para ayudar a la profesora Ross. Mientras tomaba el último jugo de pomelo que bebería en su vida, Loomis no podía saber, por supuesto, que jamás volvería a hablar con su esposa, y mucho menos a verla.
Mientras se vestía con cierta prisa .había olvidado que debía pasar por lo de Tim- Loomis pasó revista a su argumentación final. Se sentía confiado, probablemente en exceso. El veredicto parecía obvio y su defendido seguramente sería absuelto. Ningún testigo había podido establecer su presencia en el lugar del crimen y eso alcanzaba para sostener una duda razonable. ¿Era culpable? A Loomis le quedaban algunas dudas, pero las despejó rápidamente pensando en la partida de racketball que le debía a su jefe.
Mientras se anudaba la corbata, en ningún momento se le pasó por la cabeza que ese era el último caso de su vida, ni que ya no volvería a anudarse la corbata (aunque seguramente la llevaría en su funeral, anudada por manos profesionales), y menos aún que jamás llegaría a su partida de racketball. Mientras buscaba las llaves del auto en el bolsillo de su pantalón, tampoco imaginaba que esas llaves jugarían un papel importantísimo en la causa de su muerte. No imaginaba tampoco, mientras se miraba por última vez al espejo y comprobaba que todo estaba en su lugar, que su auto nuevo .con el cual había fanfarroneado en exceso durante el ultimo mes- se convertiría en una ardiente tumba.
Acercó la mano al picaporte para enfrentar el día, sin saber que antes de abrir la puerta del garage pisaría un regalito de Jimbo, su estúpido pastor inglés. No sabía, claro, que esa sería la última vez que pisaría un trozo de caca, de Jimbo o de ningún otro perro. De saberlo, tal vez lo hubiera agradecido, y hasta habría abrazado a Jimbo a modo de despedida. En lugar de eso, le tiró una patada que el animal esquivó rápidamente.
Pero eso fue al llegar a la puerta del garage; ahora todavía Loomis estaba en la puerta de su casa, antes de llevar su mano al picaporte. Claro que Loomis, mientras acercaba su mano al picaporte .procedimiento que le llevó no más de un segundo- no sabía que antes de pisar el sorete de Jimbo, vería a su vecina Gwen, regando el jardín con uno de sus habituales y provocativos escotes. Como siempre, el efecto que le produciría sería una instantánea erección y una violenta fantasía hardcore que incluía a Gwen, a Joanna y a la nueva y sexy asistente de Mark, fantasía que cultivaba desde hacía unas tres semanas y a la que siempre le agregaba algún inesperado detalle nuevo (Esta vez se trataría de un par de kilos de cereal escarchado). Loomis, claro, no sabía que esa seria la ultima fantasía de su vida; tampoco sabía que iba a tener esa fantasía, ya que todavía estaba llevando su mano en dirección al picaporte. Durante ese procedimiento, Loomis era completamente ajeno al hecho de que saldría al jardín y caminaría seis metros hasta el garaje. Lo podía imaginar, porque era lo lógico y era lo que hacía todas las maÑanas. O sea, cómo va a llegar al garaje sin salir al jardín y caminar seis metros, entendés. Imposible, imposible. Pero no lo sabía, así seguro seguro. Capaz que salía al zaguán y le caía encima un meteorito. Y luego, mientras daba sus primeros pasos, no sabía primero lo de la vecina (la del escote) y después lo del perro (lo del sorete). No sabía estas cosas hasta que ocurrieran. Igual todavía no ocurrieron. Las cosas esas. Pará. Vamos por orden. Pará.
Porque Loomis aún seguía acercando su mano al picaporte de bronce. La parte final de ese segundo que le llevó recorrer la distancia entre su cadera (desde donde partió la mano) y el picaporte (el Destino Final de la mano) aún no había terminado, y mientras se encontraba en esa parte, a Loomis no se le ocurrió pensar que una vez que abriera la puerta, sentiría un placentero olor a bollos recién hechos, que provenían de la ventana de las Sra. Morrison. La Sra. Morrison, a sus sesenta y cinco aÑos, no tenía demasiado que envidiarle en cuanto a busto a Gwen, se le ocurrió pensar a Loomis divertido .aunque no se atrevió a incluirla en su elaborada fantasía sexual, por mucho cereal escarchado que le incluyera. Igual todavía esto no pasó. Lo que pensó Loomis, digo. Pará. Fue después. Cuando abrió la puerta. Y lo del olor tampoco, y lo de la vecina pechugona y lo de la caca del perro y lo de que se va a morir tampoco, todo eso viene después, por eso Loomis no lo sabía. Pará, vamos en orden. Primero lo del picaporte, después lo demás.
Loomis, ya percibiendo con los minúsculos receptores cutáneos de los dedos la presencia del picaporte, no sintiéndolo ya que aún no lo había tocado, pero sí adivinando su existencia debido al efecto de las micropartículas de aire que se apretujaban entre el picaporte y los surcos de sus huellas digitales, no sabía que al abrirse la puerta haría un chirrido diferente al de todos los días, un chirrido de una décima de segundo de duración más largo, debido a los efectos paulatinos de la oxidación. No lo sabía, y tampoco lo sabría después de abrirla, porque esta duración sería imperceptible; además Loomis no se fijaba en esos detalles, ya que su cabeza habitualmente estaba más bien ocupada en fantasías sexuales con todas las mujeres del suburbio y los cochazos nuevos que se compraría con el ascenso que seguramente tendría. Claro que ese aumento jamás llegaría. Porque antes Loomis moriría. Pero eso no lo sabía. Aún no. Pará. Pará, pará, organicémonos un poquito porque esto es un quilombo. Orden cronológico. A ver: Loomis se levanta, ducha, desayuno, corbata, puerta. Ahí está. Estamos tratando de abrir la puerta. O sea, si ni siquiera Loomis sabía que la puerta haría un chirrido, ¿cómo va a saber lo de que se muere? Pará. Loomis, mientras sus dedos estaban a punto de rozar levemente el picaporte para abrirlo y sentir el olor a bollos y ver a la tetona y el cereal escarchado y pisar la caca y hacer todo eso que tenía que hacer, no sabía ni siquiera que al tomar el picaporte su dedo mayor, debido a esas imperfecciones azarosas con las que agarramos cosas o movemos los músculos, quedaría apretujado por sobre encima de su dedo índice por un par de sgundos, mientras abría la puerta. No es que eso fuera importante, porque tampoco es que Loomis fuera un mariquita que se queja de cada pequeÑa incomodidad o imperfección, nada que ver, el tipo era medio calentón, medio corrupto por ahí, pero a nivel convivencia era bastante tolerable. Era de esos tipos que cada tanto te hacen un chiste para relajar las cosas, o que te comentan una nota graciosa del Minutouno Washington Post. Si le llevás la silla de la oficina, no se enojaba, era de esos tipos, a nivel trato era agradable, pobre Loomis. Pero acá queremos marcar el hecho objetivo, frío, racional, científico digamos, de que él no sabía eso. Eso de que se le iban a amontonar los dedos uno contra otro. No tenía esa información. Pará. ¿Cómo la iba a tener si eso pasó en el futuro? No tiene la bola de cristal, Loomis. Tampoco sabía que, mientras los dedos ya estaban avanzando inexorablemente a tomar un contacto real y concreto con el picaporte, está ahí, a un micrón de distancia, o sea si le preguntabas a Loomis si ya estaba tocando el picaporte te decía que sí, pero en realidad lo que estaba sintiendo era un efecto .magnético. entre las dos masas (las del picaporte y la de los dedos), mientras estaban ahí los dedos, Loomis no sabía que al rozar el picaporte, los receptores de la piel iban a transmitir la información al cerebro en forma imperceptiblemente desordenada, llegando la información del dedo índice un microsegundo más tarde que la del dedo mayor, la del anular media décima de segundo más temprano que la..
(Se interrumpe la novela por problemas técnicos. Sepan disculpar las molestias)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario