martes, 6 de enero de 2009

¡Constitucionalista Salvaje denuncia unas cosas que le pasaron!





Ribeiropaz.gifEscribe el Dr. Arturo Ribeiro Paz

Constitucionalista Salvaje y Escritor de Cartas a los Diarios

todoesanticonstitucional@ubbi.com


Sr. Director:


Días pasados festejamos con mi mujer las Natividades en el día 5/1, -haciendo uso de la libertad de cultos dictada por nuestra Ley de Leyes-, ocasión que aprovechamos para hacernos mutuos regalos. Como anécdota personal, le cuento que le regalé a mi mujer una almohada hipoalergénica, siendo retribuido a mi vez con el CD .Cachetazo al Vicio., del conjunto musical .Los Twist..


Luego de escucharlo atentamente y bailar al ritmo del mítico combo de los 80, lanzando patadas al aire y rompiendo adornos de cerámica mientras mi mujer intentaba asfixiarse a sí misma con la almohada en un rapto de paroxismo, comprobé con disgusto que uno de los temas, el llamado .Caribe Sound. no era agradable al oído. En otras palabras, Sr. Director, era feo.


Confío, Sr. Director, que entenderá mi consternación ante este grave atentado contra mi libertad constitucional de disfrutar del disco, ya que, ¿cómo escuchar el disco con tranquilidad si en determinado momento aparece una canción que no me gusta, incluida en la grabación de manera autoritaria e inconsulta y no plebiscitada, vulnerando los más básicos principios de libertad de escucha de discos? ¿Es aceptable que se me obligue a escuchar un tema que no me gusta, como si nos encontráramos en la EspaÑa de Franco o en la Cuba de Fidel Castro, o que se me fuerce a allegarme hasta el aparato de CD para tocar el botoncito de salteo de temas, tornándome así en una especie de títere manejado a distancia o, peor, a control remoto, por un casi extinto conjunto musical con una idea muy pobre de lo que significa un .Estado de Derecho.? Si vivimos en un país democrático, ¿el disco no debería tener sólo los temas que yo quiero (y aparte venir con un vale por un pollo al spiedo)?


Confieso que no es la primera vez que me pasa y en ocasiones soporté, con una mal entendida idea de .tolerancia., perjuicios peores, como en aquella ocasión en que adquirí un disco del conjunto .Little River Band. por el tema .Reminiscence. y debí soportar, a cambio, todo el resto del disco, que era malísimo. Pero en este caso el perjuicio se veía atenuado por el hecho de que el tema estaba al principio de todo, así que podía escuchar el primer tema y luego taparme los oídos, o cantar el Himno nacional a voz en cuello o escapar de mi casa gritando y aullando; pero esta fue la gota que rebasó o rebalsó el vaso, nunca sé cuál es cuál, así que salí de mi casa moviendo los brazos como aspas de un molino y empujando gente que intentaba impedir mi derecho constitucional de libre circulación justo justo por el lugar donde estaban ellos parados.


Una vez en el videoclub, donde olvidé por completo todo lo que tenía intención de hacer hasta ese momento, ¿qué era?, no importa, intenté hacerme socio del mismo, para lo cual debí hacer cola. Pero aquí no terminan mis penurias, Sr. Director, ya que el dependiente, un joven completamente ignorante de nuestro pasado reciente me pidió .la factura de algún servicio., para chequear mi dirección, vulnerando mi Derecho a la Privacidad y a la Confidencialidad. ¿Y si luego el dependiente del videoclub utilizaba esta información para hacerme un escrache, o para pasar por allí y decirme .cornudo., o para enviarme una carta? No sería la primera vez. Por lo que le expliqué con firmeza que esa información pertenecía al orden de lo Privado, y el dependiente, algo tartamudeante, me dijo que .por lo menos. le proporcione mi número de teléfono. Con la voz quebrada y lívido de furia, le contesté que esa información era confidencial y que no quería exponerme a ser víctima de una .escucha telefónica.. Sudando y mirando para todos lados, buscando al encargado de Seguridad .que no quiso arriesgarse a una Demanda por Privación Ilegítima de la Libertad y prefirió hacer como que ayudaba a un niÑo a elegir una película de dibujos animados- y, justo es decirlo, lagrimendo de miedo (es menester aclarar que yo estaba gritando con voz muy aguda y tenía un trinchante para el pollo en la mano y me había puesto un disfraz de Frankenstein, acompaÑando la festividad que nos ocupaba), me susurró que aunque sea le diera mi apellido.


Con los ojos en blanco, presa de un éxtasis constitucionalista, y haciendo retumbar la mesa de un manotazo, le grité el Preámbulo de nuestra Constitución, lo que hizo salir del recinto a algunos clientes de escasa formacion republicana, y a continuación empecé a escribir las palabras .Liberté, Fraterniuté, Egalité. con el trinchante en la superficie de los DVDs del local, haciendo uso de mi derecho a la Libertad de Expresión artística (esperando que el mensaje republicano apareciera luego en la película, aunque el empleado me insistiera desesperadamente que eso era .técnicamente imposible.).


¿Cree Vd., Sr. Director, que este acto de Resistencia Ciudadana fue aplaudido por la clientela restante (una viejita casi ciega que buscaba desesperadamente a su nietito que jugaba al escondite entre las bateas), por no decir tolerado por el personal de la Empresa? Antes bien, el encargado de Seguridad se me acercó visiblemente nervioso, y temiendo por mi vida me alejé atravesando el ventanal.


Con el disfraz de Frankenstein lleno de hilos de sangre y vidrios, corrí desesperadamente gritando y aullando y llorando de felicidad y golpeando los espejos retrovisores de los autos estacionados para hacer sonar las alarmas concatenadamente -de tal forma que se entonara el Himno Nacional Argentino con alarmas- y me dirigí al único lugar donde se podía dar solución a mi problema: el Rapipago, donde .olvidándome por completo de lo que había estado haciendo a lo largo del día hasta ese momento, de lo cual tengo apenas una vaga idea- pretendí pagar una factura vencida.


¡Grave error, Sr. Director! ¡Como no tenía la factura en sí, el empleado del Rapipago volvió a intentar violar mi privacidad exigiéndome mi número de teléfono! Como no quería arriesgarme a ser objeto de una .Escucha Telefónica., revolcándome en el piso mientras recitaba la Constitución Nacional, pero para atrás y en lenguas, logré distraer al empleado por algunos segundos lo que me permitió huir nuevamente, haciéndole tackles de rubgy a las personas que encontraba en mi camino (haciendo uso de mi derecho constitucional de velar por mi salud practicando deportes).


Una vez en casa, donde mi mujer continuaba intentando asfixiarse, llamé al Ombudsman, pero en cuanto fui atendido, comprendí que estaba haciendo objeto de una escucha telefónica y así se lo hice entender al administrativo que me atendió. .¿Pero quién le está haciendo una escucha telefónica, seÑor?., me preguntó haciéndose el inocente. .¡Usted, que me está escuchando!., le explique con voz de trueno. .Pero si no lo escucho, ¿cómo lo atiendo?.. .¡A confesión de parte, relevo de prueba!., grité con una lógica irrefutable, o tal vez le grité .¡Su SeÑoría, he terminado con el testigo!. o .¡Kame Hame Ha!., no lo recuerdo bien, y a continuación corté el teléfono unas 25 veces, para estar seguro de neutralizar la escucha.


Por todo esto, Sr. Director, solicito, tal como mi colega Augusto Hernández Nazar que se me nombre Presidente de la Nación, haciendo uso del derecho Constitucional de todo ciudadano de intervenir en las políticas del país, pero desde una oficina cómoda y una vivienda en Zona Norte. A mí, no a Augusto Hernández Nazar, ya que nombrarlo presidente a él sería violar mi derecho constitucional a ser Presidente yo, porque aparte no puede haber dos presidentes porque caeríamos en el flagelo del .Doble Comando. y no queremos seguir con esa fantochada para nuestro castigado país. O sea, yo, no él.


Sin más, lo saluda atte.

Dr. Arturo Ribeiro Paz


(Gracias al Dr. Javier Swiszcz por la nota sobre el Dr. Hernández Nazar)


Post original

No hay comentarios.:

Publicar un comentario