Escribe el Dr. Arturo Ribeiro Paz
Constitucionalista Salvaje y Escritor de Cartas a los Diarios
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Sr. Director:
Hace unas semanas, haciendo valer mis prerrogativas de ciudadano, y luego de consultarlo democráticamente con mi seÑora, decidimos ambos salir a la calle, con el objeto de comprar un cuarto de bizcochitos de grasa y, si no se presentaba ningún inconveniente, cuatro churros rellenos.
Lamentablemente vivimos en un país donde la previsibilidad es un bien escaso y la Constitución una moneda de cambio, ya que comprobamos al llegar a la panadería que, delante nuestro, había una ¿seÑora? que ocupando el espacio público (de la panadería), se interponía entre nosotros y el expendedor, impidiendo la compra de nuestros bienes hasta tanto ella no hubiera decidido cuántos vigilantes con crema pastelera pensaba comprar.
Así como lo oye, Sr. Director: Mientras el Jefe de Gobierno de la Ciudad, el Ing. Mauricio Macri se llena la boca diciendo que .el espacio público no es negociable., en los comercios de toda la ciudad debemos soportar (¿a santo de qué?, pregunto) que ¿cientos? ¿miles tal vez? de personas ocupan el espacio del interior de negocios que hasta donde yo sé están abiertos al público, mientras el resto de los ciudadanos debemos perder nuestro valioso tiempo hasta que a estas personas .se les cante. desocuparlo, luego de comprarse sus cositas. Quiero aclarar que esta seÑora no contaba con permiso municipal alguno para instalarse junto al mostrador, y que por toda respuesta a esta requisitoria nos dijo .con una voz que denotaba algo de confusión, producto probablemente de un Tres Plumas matinal- .soy Magda, la de la perfumería., para luego CONTINUAR con su pedido.
Nos preguntamos qué pasaría si esta persona decidía continuar eligiendo facturas hasta febrero del aÑo que viene; ¿acaso debíamos instalarnos allí? ¿Deberíamos convertirnos a nuestra vez enn usurpadores del espacio público (de la panadería) para no renunciar a nuestro turno? ¿El espacio público (de la panadería) es más público para unos que para otros? Sin embargo, conocedores de nuestros derechos como ciudadanos, decidimos hacer uso de los mismos y avanzamos sobre el espacio usurpado por la mujer, para lo cual debimos hacerle una zancadilla y caminar por sobre ella, y luego, sin perder la calma en ningún momento y con toda educación, pronunciar .un cuarto de bizcochitos de grasa, por favor..
Pero nuestras penurias no terminan alli, Sr. Director; grande fue nuestra sorpresa cuando el dependiente de la panadería, en lugar de atenerse a sus obligaciones de panadero se lanzó sobre nosotros, intentando quitar a la viejita de abajo nuestro, en una actitud patoteril. Consciente de que era ahora el comerciante quien estaba ocupando el espacio público de al lado nuestro, mi seÑora tomó la decisión de lanzarle una patada a los testículos, que desde luego no habrían sufrido perjuicio alguno de no estar físicamente allí en el momento mencionado.
Vuelvo a sentir la misma angustia al recordar el momento, Sr. Director, en que todo se desbordó. Otra mujer mayor, aparentemente panadera, enfundada en un delantal blanco emergió desde el fondo de la panadería gritando .policía, policía.. En un primer momento sentimos alivio al creer que contábamos con una posible aliada, pero al parecer el pedido de auxilio iba dirigido contra nosotros. Indignados, pasamos por encima del espacio público ocupado por la seÑora y luego, utilizando las cachiporras para autodefensa que mi mujer lleva en su bolso de mano, arrasamos con todos los objetos (caja registradora, carameleras, horno para pan) que ocupaban el espacio público por el que transitaban nuestras cachiporras, para luego salir de allí.
Presos de una justificada emoción violenta y a pesar de que entendemos que la situación social del país nos exige cierta tolerancia con los sectores más postergados, no pudimos sino transitar a toda velocidad (nosotros y nuestras cachiporras) por el espacio público ocupado por cada persona que caminaba impunemente por la calle, durante unas treinta cuadras, mientras gritábamos y lanzábamos aullidos. Piense en esto, Sr. Director: ¿cuántas escuelas, cuántos hospitales, cuántos espacios verdes podrían construirse en el espacio físico que estas personas .puestas todas juntitas- ocupan a diario?
Pero al evaluar la imposibilidad de recuperar el espacio público ocupado por un seÑor muy corpulento y que parecía calzado, decidimos hacer de tripas corazón .somos humanos- y volver a casa (tenga en cuenta, Sr. Director, que mi mujer estaba baÑada en la sangre de los diferentes ocupantes); sin embargo, la indignación pudo más al pasar delante de la Escuela Municipal n° 453 .Vilcapugio., ocupando el espacio público a la vista de todo el mundo y con la anuencia del propio Gobierno de la Ciudad; por lo que hicimos lo que cualquier ciudadano de bien: concurrir a la empresa John Deere y alquilar una topadora 750J, de peso operacional 16658 kg, 6 cilindros en línea y transmisión hidrostática, y arrasar con la citada institución. Piense, Sr. Director: ¿cuántas escuelas podrían construirse en el espacio público ocupado por esta escuela? Una, como mínimo.
A pesar de todo esto, nos encontramos en este momento en la obligación de concurrir a diversas citaciones judiciales .incluida una del Gobierno de la Ciudad- aparentemente por .daÑos., .heridas corporales., .daÑo a la propiedad. y otras muestras de acoso legal. Todo por hacer valer nuestros derechos de ciudadano y pretender -¡tamaÑa pretensión!- que el espacio público sea, precisamente, público.
Confío, Sr. Director, que la difusión de esta carta nos permita a todos tomar conciencia de este acuciante problema.
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