viernes, 4 de enero de 2008

¡Macabra reflexión sobre la edad, pero otra!





CONTEMPLO A MI SEGUNDOGéNITO (SE DICE ASí, ¿NO?) DE APENAS SEIS MESES y me sorprenden sus impulsos naturales de verticalidad; el tipo QUIERE PARARSE. Lo desea fervientemente. Le interesa muchísimo. Y en cuanto domine la técnica, querrá caminar, y luego correr. Amigos parados al borde de la pendiente .en picada- de la vida, olvídense de .la primera vez que te dijeron .seÑor..; pisoteen su confusión ante las maquinolas con cosas raras de computadorita; echen por la ventana sus dolores articulares espontáneos, sus problemas para hablar con fluidez, sus ceÑos fruncidos ante el aumento anual de medidas de pantalones y sus refunfuÑos sobre que .no puede ser, el número debe estar mal, cada vez hacen la ropa más chica., su imposibilidad para ver una película entera, su perplejidad ante el lenguaje inarticulado y las costumbres primitivas de los menores de treinta aÑos. Son fruslerías.


No, la verdadera seÑal de envejecimiento es que uno quiere sentarse. Los más jóvenes, lo vemos, quieren pararse. Nosotros, en cambio, hacemos todo lo posible por sentarnos. Buscar un asiento en el colectivo, o en una sala de espera o en una reunión es una de nuestras principales preocupaciones; algo que ocupa el Top Three en nuestra lista de tareas a cumplir. Prácticamente una obsesión. Ceder el asiento, en cambio, se convierte en una obligación molesta. No hay orgullo o sentido de la responsabilidad en este noble acto cada vez más meditado, sino una especie de sordo enojo contra la embarazada, el anciano o el lisiado, contra nosotros y contra el mundo en general, y nos prometemos una gratificación .un helado o tal vez una camisa nueva- para compensar este sacrificio desgarrador. Es como que gratis ya no lo hacemos.


Si vamos a una reunión de amigos y faltan sillas, somos invadidos por un vago sentimiento de indignación (especialmente si la verticalidad nos toca a nosotros). Flaco, ¿cómo no vas a tener sillas para todos? ¿En qué estás pensando? ¡No, yo en estas condiciones no puedo festejar nada! ¿Para el final de la fiesta qué preparaste? ¿Empalamiento general?


Y .¿Quién me sacó la silla?. es uno de los gritos airados más escuchados en las decenas de miles de oficinas del país, propalados con una furia más digna de los linchadores pueblerinos de pederastas que de Bertolotti, de Cobranzas. Es que el tipo, por no ver la silla durante treinta segundos, siente como si le hubieran expropiado su casa.


A no alarmarse: Esta búsqueda de la posición sentada empieza en realidad antes del envejecimiento. El adolescente, que siente que su vida es un calvario y la injusticia lo persigue, tiene una tendencia a desplomarse frente a la tele o la computadora, o a la horizontalidad más plena en la oscuridad de su cuarto, como única huida de los flechazos de la Inconstante Fortuna. Pero es el paulatino paso de los aÑos quien nos obliga a ir ocupando cada vez más espacio mental en la solución de este problema apasionante: “¿Y yo dónde me siento?”


Por supuesto, que los pequeÑos sigan en busca de la verticalidad. No tengo corazón para decirles que en no mucho tiempo su Norte será el opuesto. Además, caminar les servirá para cosas muy útiles: por ejemplo, buscar una silla en la oficina de al lado, ahora que todos se fueron a almorzar.


Miren, unos alemanes muy simpáticos bailando .September., y la .Sopa de James Brown. (enviados por Benzen Kanemler)


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