viernes, 11 de enero de 2008

¡Aparte el libro tenía prefacio, prólogo y palabras preliminares!





La-Vie-en-Colours1.jpg(Crítica hipotética sobre una película basada en un libro que nada que ver, el libro era mucho mejor, estos hijos de puta cambiaron todo)


Albert y Susan forman una pareja de clase media acomodada que vive en un coqueto barrio de la elitista Connecticut. él es sommelier y conduce un programa televisivo sobre vinos; ella dirige el suplemento sobre arte de un importante periódico connecticutino. Pero su aparente seguridad se derrumba cuando su hijo Francis viene de visita y anuncia que dejará la Universidad, víctima de un aparente ataque de depresión. Pero no todo es lo que parece; Francis parece tenerle un miedo inusual a los gatos de Susan, que a su vez le bufan. Un frío sobrenatural se ha apoderado del cuarto del muchacho. Y misteriosos signos de ascendencia vudú aparecen escritos en distintos lugares de la casa: en el espejo empaÑado del baÑo, en las arrugas de la funda del sofá, en el puré de calabazas.


Esta es la premisa de .Signos., la película basada en la novela homónima del escritor de culto Robert Boysenberry de los aÑos setenta; y allí parecen terminarse sus similitudes, ya que, como siempre, Hollywood ha decidido tomarse las libertades habituales para hacer más digerible el producto.


Porque, donde en la novela es fundamental el hecho de que Albert oculte un incipiente alcoholismo, en la película oculta una incipiente adicción a las pastillas para dormir. Y las experiencias lésbicas de la juventud de Susan se presentan en la película como experiencias bisexuales.


Peor aún es la injustificada transformación de Francis de estudiante de técnico en perfoverificación a estudiante de ingeniería en sistemas. Y el pulóver que suele llevar que, según Boysenberry, era .color morado, tirando al bordó, con guardas borravino (pag. 67). se transforma en la película en un color púrpura, tirando al morado, con guardas magenta (y circulitos fucsia). Pero Hollywood ya nos tiene acostumbrados a este tipo de agachadas.


La casa de Albert y Susan no queda en el número 11 de la Av. Jefferson, sino en el número 9 (¿miedo a despertar sospechas de una alusión al 11 de septiembre?); Albert y Susan no descubren que su hijo en realidad está muerto y controlado a distancia por una banda vudú cuyos alcances llegan anda menos que a la Presidencia de los Estados Unidos y al Vaticano a las 4:32 de la tarde (pag. 150), sino a las 4:35 (se ve claramente un reloj de cocina que marca la hora en la escena en cuestión). Albert no muere descuartizado por su propio hijo con las cuchillas de la multiprocesadora (pag. 171) sino con las de una vieja licuadora, para endulcorar un poco la historia.


Y creemos que Boysenberry se retorcería en su tumba .en el caso de que estuviera muerto- si descubriera que en la escena donde Susan tiene relaciones con Hillary Clinton, Bárbara Bush y la conductora Oprah Winfrey y recita .hipnotizada por la banda vudú enemiga de la banda principal- los números de teléfono personales, horarios de salida de su casa y colegios de los hijos de las principales figuras del poder estadounidense, Hollywood incluido .casualmente, los de muchos actores que intervienen en la película- para luego decir .¡Búsquenlos y mátenlso! ¡Mátenlos a todos!. (pag. 501), ha sido reemplazada por una complaciente escena donde pasa básicamente lo mismo, pero no en un sótano sino en un desván, mostrando hasta dónde Hollywood es capaz de trivializar las cosas.


Las instrucciones telepáticas que recibe Francis para fabricar una bomba y el plan para lanzarla sobre la Casa Blanca, instrucciones muy precisas y al alcance de todo el mundo (pag. 893), han sido reemplazadas por las mismas instrucciones, pero no telepáticas sino a través del cuerpo astral del alma perdida de Albert; no se podía esperar otra cosa del pasatista cine norteamericano, pero esta modificación es prácticamente un sacrilegio para los fieles lectores de .Signos.. Sin embargo, lo peor está por venir.


En la novela original, la escena final transcurría en una orgía sadomasoquista con sacrificios satánicos, con un ejército de travestis menores de edad disfrazados de monjs, que quemaban Biblias mientras cantaban canciones de contenido racista, misógino y antisemita y dibujaban caricaturas burlonas de Mahoma, al tiempo que maltrataban animales reales, usaban tapados de piel natural, difamaban a personajes públicos, daban pruebas reales y concretas, mencionando dónde se pueden encontrar los documentos comprometedores, acerca de las conspiraciones tras el 11 de septiembre, el asesinato de JFK, la muerte de Lady Di e incluso las valijas de Pontaquatro (aunque en el libro lo mencionan como .un diputado de Brasil.), y también algunas predicciones sobre el Fin del Mundo capaces de provocar pánico en toda la población del mundo, mientras comían galletitas con queso blanco (Pag. 3.789). En la película, es todo todo todo igual, calcado, pero comen galletitas con mermelada. Para vomitar.


Pero las abundantes faltas de respeto por la obra original no terminan allí: en el libro, todo el relato está sugerido sutilmente mediante letras tipográficas de imprenta; en cambio, toda la magia de .Signos. se pierde, ya que el director ha decidido mostrar las imágenes filmándolas con una cámara cinematográfica, que luego de los procedimientos de edición, es proyectada sobre una pantalla enorme ubicada delante de cientos de espectadores (en el libro, el espectador es un solo .más personalizado- y además el relato está impreso sobre unos papeles que se leen en secuencia numérica ascendnte, cosidos en un único soporte. Sólo salva las papas helecho de que el predecible director Steve Lindburger haya tomado la decisión de realizar la película filmando las hojas del libro, una por una, durante unas dieciocho horas y en completo silencio, lo que irrita un poco al poco formado público argentino.


La cereza de la Copa Melba de esta serie de desatinadas .adaptaciones. es el epílogo, que cambia el poético final de la novela .era todo un sueÑo y Albert y Susan se despiertan en un velero y comen waffles- por una escena traída de los pelos en la que el director lee un manifiesto en el que acusa a cada uno de los miembros de la humanidad de sus crímenes y faltas éticas, desde la malversación de fondos de aquel a las páginas porno leídas en la oficina del de más allá, y la infidelidad tuya, querido, y la vez que le gritaste a tu nena de vos que te hacés el santito y el impuestito que te .ahorrás. vos, y las .cosas. que hacés en el baÑo vos, vos y vos, y así, todos todos todos con nombre y apellido y foto y dónde viven, para que quede claro de quién habla, y después explica que ya cursó la denuncia penal contra todos nosotros, cosa de que en el cine se arma un revuelo bárbaro y la gente grita y las parejas se pelean; un final completamente efectista que sólo pretende ocultar la falta de comprensión del texto original.


Otra traición hollywoodense, aunque no tan grande como la de mi vecino Gerardo, que uy uy uy, no sabés lo que hizo, mejor mirá la película.


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