jueves, 24 de enero de 2008

¡Famoso escritor se retira de la vida pública!





En su libro .Bartleby & Cia. el escritor espaÑol Carlos Vila-Matas llama, homenajeando al inolvidable personaje de Herman Melvilla, .Síndrome Bartleby. al fenómeno de los escritores que, por uno u otro motivo, dejan de escribir para siempre; algunos lo hacen asqueados de las miserias del mundillo literario; otros, son víctimas de un .writer.s block. del que no se recuperan nunca. Y existen casos extremos, donde desaparecen de sus lugares habituales y evitan todo contacto con la prensa.


Para un periodista, encontrar a P. es .volviendo sobre Melville- algo así como atrapar a la Ballena Blanca. Luego de una serie de traspiés personales y del malogrado .Nobel Mondongo. que le fuera retaceado, el escritor volvió a ser acariciado por las mieles del éxito al revolucionar el mundo editorial con su última obra, que no por breve resultó menos impactante: una carta documento donde reclamaba a Editorial Galaxia 60 millones de dólares en concepto de .daÑo moral. por la no publicación de ninguno de los 117 textos que el escritor ofreció a la editorial en el exiguo lapso de dos meses durante el 2007.


A pesar de las protestas de Jordi López Achával, director editorial de Galaxia (.eran una paliza, tío.), las gestiones del Dr. Rapigna, abogado de P., y una serie de tecnicismos medio raros le valieron al escritor el triunfo legal; tras lo cual anunció su retiro de la literatura por razones personales y desaparició sin dejar rastro.


Los rumores más disparatados han corrido desde entonces sobre el escritor, desde que se unió a Al-Qaeda hasta que se recluyó en una cabaÑa en el Impenetrable; muchos son los periodistas que intentaron seguir su pista, desistiendo luego de varios meses. Una llamada anónima, sin embargo, me condujo hasta una humilde pensión provinciana regenteada por DoÑa María Rosa, gallega y bisabuela, construida ladrillo por ladrillo en el interior de un palacete Tudor de Barrio parque, Bs. As., donde luego de preguntar por B. (el alias que aparentemente oculta a mi presa), una voz extraÑamente familiar nos avisa .a ver, voy a ver si está.; minutos después, un rostro conocido entreabre la puerta, y aunque está irreconocible (bajó tres kilogramos y tiene la cabeza rapada, ocultando que es completamente calvo), sus ojos mantienen esa chispa imposible de confundir.


¡Qué difícil es de encontrar, Maestro!

P: ¡Déjenme en paz, déjenme en paz, por favor! ¡Basta, basta! ¡Soy un hombre viejo!


El Maestro cierra la puerta y me veo en la disyuntiva de respetar sus deseos o insistir; pero antes de que mi dedo llegue al timbre por segunda vez, la puerta se abre.


P: ¡Cómo son ustedes, eh! ¿Qué querés?


Maestro, sólo un par de preguntas.

P: No, no, querida, no.


Aunque sea déjeme entrar. Una charla informal.

P: Yo ya no hablo con la Prensa. ¡Por favor!


Dos minutos.


El Maestro se cubre el rostro, harto de mí, de sí mismo, de todo. Luego lanza un resoplido, un chistido, mira al Cielo, y finalmente descorre la traba.


El nuevo hogar del Maestro es de una frugalidad franciscana; sólo cuenta con lo indispensable. Tal vez la excepción sea el Home Theatre flotante con monitor de 720 pulgadas y el ejército de robots sirvientes; pero el Maestro ha abandonado la habitual ropa de Arman para vestir una sencilla túnica (de oro). Sentados a su sencilla mesa ratona (de oro) nos sirve con frugalidad franciscana un vaso de agua, con un par de pepitas de oro a manera de cubitos de hielo.


Lo que todo el mundo se pregunta, Maestro es. ¿Por qué?

El maestro resopla. No quiere hablar. Niega con la cabeza mirando a un punto indeterminado del espacio, luego amaga con que va a hablar, lo piensa, y por fin se encoge de hombros.


¿Tiene algo que ver con el malogrado .Nobel Mondongo.?

El Maestro ríe amargamente para sí; luego se pasa la lengua por los labios, piensa, mira por la ventana, vuelve a negar con la cabeza, luego se cubre la cara con las manos y solloza.


El mundillo literario aún no se repone de la sorpresa, Maestro. ¿Se acabó la inspiración?

El Maestro me lanza una mirada torva, elevando una ceja; luego, niega con la cabeza y los ojos cerrados. Lanza una risilla socarrona consistente en un .¡Tss!. explido por la boca. Posteriormente se rasca la nariz, tamborilea con los dedos sobre su rodilla mientras silba una melodía amorfa y empieza a acunarse a sí mismo tipo autista.


No puedo quejarme; el Maestro accedió al reportaje pero, al mismo tiempo es coherente con su promesa de no volver a hablar con la Prensa. Buscando sacudirlo, recurro a la artillería pesada.


Maestro, los rumores en el mundillo literario son que usted es medio cagón, como que le faltan huevos y que es re, pero re balín. También se dice que se hace servir a diario por un par de chongos y que su obra es una sarta de pelotudeces, que si llegó donde llegó es porque usted es bastaaaante lameculos, cornudo alegre y vigilante. ¿Es así?

El Maestro eleva las cejas con incredulidad y abre la boca; luego, se agarra la cabeza, se levanta y da vueltas como un león enjaulado, luego busca un enemigo imaginario alrededor suyo y hace un par de fintas de boxeo, dando saltitos a lo Curly, se seÑala los dos ojos con dos dedos en .V., que luego seÑala hacia mi persona, y termina seÑalándome varias veces con elevaciones amenazantes de mentón. Por fin se sienta, cruza las piernas, chasquea los dedos y se cruza de brazos.


El oficio de periodista es duro; a veces, uno siente que no es más que un chismoso. Que no hay nada noble en invadir la privacidad, ni los pensamientos ajenos. Por eso, estoy a punto de irme, pero tengo que hacer un último intento. Así que le hago una última pregunta, esperando dar en el blanco:


Maestro, ¿eso qué es?


Cuando el Maestro se da vuelta aprovecho para inyectarle 23 mg. de pentotal sódico en el muslo, y canta como un pajarito.


P: O sea que con 60 millones de dólares todavía querés que me ponga a escribir, pará un poquito, sabés lo que es sentarse delante de la maquinita y las teclitas, un-plo-mo, prefiero rascarme el higo acá, encontré un videoclub con delivery, justo justo hoy alquilé una de un asesino que parece que está bastante buena, creo que se llama .El Asesino Loco., después mitad napolitana, mitad fugazzeta y a dormir y así, aparte vienen los mayordomos robots y limpian todo, o sea ¡60 millones, piba!


Entiendo, Maestro; pero, ¿no cree que el mundo editorial agradecería una explicación de este tipo?

P: Mirá, normalmente te diría que es un mundo lleno de miserias, ego y cosas así pero la verdad la verdad la verdad .acordate lo del pentotal sódico- que no tengo nada en contra, bah, qué se yo, son todos más o menos, lo que pasa es que iba a declarar algo un día, pero se me pasó, pasó otro día y otro día y después ya como que me dio pudor decir algo, porque quedaba medio raro, o sea, si avisás al día siguiente todavía, pero ahora me parece una situación medio incómoda llamar y decir .che, miren que me retiro., o sea, pasaron cuatro meses, ¿no?, por último, habitualmente me haría el que soy un viejo verde y estoy encantado de hablar con una periodista jovencita y haría como que a este viejo arcabuz le quedan un par de tiros, pero no, y no es nada personal, o sea, como que te falta un poco de carne y tenés medio cara como de telefonista madura, uy, no tendría que haber dicho eso, es el pentotal sódico.


Me despido del Maestro, deseándole una buena vida, lejos de las miserias del mundo literario; hay quien pensará en la pérdida que significa su defección para las letras argentinas. Yo, en cambio, pienso en llamar al SAME, bah, no, al SAME no, a un amigo médico que sabe un montón para que me cuente si la dosis de 260 g. de Valium que le acabo de inyectar al Maestro puede producir alguna complicación combinada con el pentotal.


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