(Por mayoría de votos, gana el “FA” y Malvín debe emitir su veredicto de “Inocente”)
-¡Inocente! -grité, pensando que las cuentas que tenía con la Evangelina eran para arreglarlas personalmente.
-¡Entonces el culpable eres tú! -gritó el infernal Juez, haciendo descender su hachuela hacia mi yugular mientras me escupía a la cara una lluvia de càaras de semilla de tulipán.
Era lo que esperaba. Mediante una torsión violenta de mi cuello, hice chasquear, tal como un látigo, mi barba de Papá Noel, en cuya punta estaba atado mi revólver de juguete (Nota: Ver Cap. 5) y logré atrapar el mango del hacha; luego, torciendo el cuello hacia el otro lado (como diciendo “No”), se la arranqué de las manos y la clavé contra las correas que me sujetaban, liberándome.
El Juez, sorprendido, extrajo desde detrás del estrado una docena de cuchillos y otros utensilios de cocina, y dando un triple salto mortal en el aire, cayó delante de mí. Como un elefante marino moviéndose en el fondo del mar, el monstruoso magistrado combinaba destreza y masa corporal hasta extremos que desafiaban la fìca. Las chispas saltaban a cada choque de nuestras armas.
Entonces, con un golpe de su cuchillo de cocina afilado al láser recubierto de doscientas láminas de adamantium, hizo volar el hacha de mi mano, y se arrojó de mí, aplastándome.
-Plato del día: chivito canadiense al plato… -gorgoreó mientras apoyaba la punta del arma en mi cuello…
La inmensa cabeza del monstruo voló por los aires, y tras ella, vi a la gurisa, en la posición final de ataque. El filo de su cartel de adamantium había ultimado al juez, luego de que mi hacha aterrizara, milagrosamente, sobre sus ataduras.
Miré el frío brillo asesino de sus ojos, el mismo brillo con el que había planificado el atentado al Drakkar, y la odié… Pero al mismo tiempo no pude evitar que los dos cayéramos en los brazos el uno del otro, revolcándonos ardientemente entre las banquetas de roble del tribunal, nuestros cuerpos sudorosos y heridos enredados en un torbellino de pasión.
Pero entonces, en un último estertor, la mano del Juez sin cabeza se elevó y apretó un inmenso botón rojo al pie del estrado. Y el tribunal empezó a temblar. Mortales chorros de líquido de papelera caían desde el techo, que estaba a punto de desplomarse.
-¡Ha activado el mecanismo de autodestrucción! ¡Tenemos que salir!
-¡Mirá, che, boludo, por ahí! -SeÑaló la Evangelina: se trataba de el monstruoso ducto que conectaba los deshechos del Juez al alcantarillado. ¿Seguir descendiendo? ¿Y por un tubo lleno de heces? Dudé un instante -la pulcritud uruguaya es emblemática -y entonces la perra argenti decidió por mí, empujándome de un cartelazo.
Descendimos como a través de un inmundo tobogán a toda velocidad, en una caída que no parecía tener final, hasta que dimos con lo que parecía ser una montaÑa de adoquines apilados.
-¿En dónde estamos? -pregunté, mientras restaÑaba mis heridas fabricando papel maché con algunos diarios viejos y el agua sucia de un charco.
-Este lugar me shuena conoshido, boludo.
Era de noche. Una brisa fresca y suave soplaba a nuestro alrededor, disipando ligeramente del olor a heces que nos perfumaba. Ascendimos por una calle adoquinada y comenzamos a cruzarnos con parejas enamoradas y otras que se cargaban de reproches, y entonces comprendimos: Estábamos en una región de la papelera que recreaba Colonia del Sacramento, la ciudad más romántica del mundo, a donde van a parar las parejas que recién se conocen y las que están al borde del divorcio “tomándose un fin de semana para charlar a solas”.
Me pregunté qué clase de pareja éramos nosotros. Nuestra atracción física era indudable, pero veníamos de mundos muy diferentes; y decidí que era el momento de convertirnos en la segunda clase de pareja y “conversar algunas cosas”. Le reproché que hubiera asesinado a la totalidad de los botijas uruguayos. Ella retrucó que yo había matado a cuatro de sus mejores terroristas. Iba a decirle que no era lo mismo, pero jamás lo entendería, debido a la perversa escala de valores “argentis”. Entonces estalló en llanto:
-¡Oh, Malvín, Malvín! ¿Es que no te acordás de mí? ¿No te acordás de esas vacaciones en Punta del Este en el aÑo 98? Nos conocimos en una fiesta del Carnaval esteÑo. Yo era una gurrumina, apenas 18 aÑitos cumplidos, y era la primera vez que viajaba al Uruguay. Nunca había escuchado a un hombre con voz de hombre de verdad, de gaucho, como Zitarroza, como Jaime Roos. Sólo había conocido la aflautada y amariconada voz de mis compatriotas, y caí rendida a tus pies. Pasamos esa noche juntos, en que nos juramos amor eterno… Y luego desapareciste.
“Desde entonces juré que arrasaría a sangre y fuego tu país, hasta encontrarte y obligarte a pedir perdón. Cuando el conflicto de las papeleras se inició, fingí ser una ciudadana de Gualeguaychú, ya que sería el mejor lugar para iniciar mi cruzada!
“Y ahora vuelvo a verte y me doy cuenta de que no importa qué tanto luchemos con nuestras prótesis de adamantium; nunca dejé de amarte. Y además, tengo que decirte algo…”
¡Pobre gurisa! Una vida entregada al terror sólo por encontrarme. Estaba conmovido. Pero debí interrumpiorla. Un sonido peculiar me había llamado la atención.
Era el tintineo plástico de las fichas de ruleta, proveniente del Casino de Colonia.
-¡Entremos!
-¿Al casino?! ¿Te pareshe el momento, che, boludo?! ¿Escuchaste lo que te dije?
La hice callar con un largo beso.
-Sí, gurisa, pero me estoy oliendo algo muy jodido. Algo más grande y más peligroso que el conflicto de nuestros países. Algo que involucra diabólicas fuerzas finlandesas y el origen verdadero dle “líquido de papelera”. Y para terminar de entenderlo, necesitamos efectivo. ¡Vamos!
A falta de smoking, me quité algunas costras de excremento, me acomodé la barba y el gorro, y traté de disimular con la mayor entereza posible que estaba completamente desnudo; La Evangelina sem cubrió con su cartel, para disimular la ausencia de traje de noche, y el chaleco-bomba que llevaba puesto.
Logramos pasar. Colonia del Sacramento es el lugar donde los sueÑos imposibles se hacen realidad.
Con mis últimas reservas compré una ficha de Póker y me senté en una mesa donde otros jugadores estaban jugando fuerte: Un anciano griego con la cara surcada por una cicatriz, un magnate texano con olor a anís, y una vieja pintarrajeada metida en un traje de lentejuelas tres talles más chico.
Aposté mi ficha y afortunadamente no me pidieron cubrir las otras apuestas (se trataba de “Póker Uruguayo”, donde prima la solidaridad). El griego dio las cartas. Me tocaron tres ases, un rey y una reina.
-Apuesto 20.000 euros más.
-Creí que no tenía más dinero, seÑor… -susurró el griego.
-Malvín.
-Ese nombre me suena. Está bien, esto es póker uruguayo después de todo. Yo se los prestaré personalmente. Eso sí, recuerde lo que hacemos los griegos con nuestros deudores.
-Oh, estoy familiarizado con las EnseÑanzas del Viejo Karayannis.
Los otros miembros de la mesa rieron, pero al griego no le gustó que mencionara a uno de los principales genocidas de su patria. Hizo un gesto a uno de sus sicarios, que se puso detrás de la Evangelina. Ella dio un respingo, como si algo frío y puntiagudo la estuviera tocando. Evidentemente, acababa de ganarme un enemigo poderoso.
-¿Desea cartas, Sr. Malvín?
Si deseas pedir una carta, vota FU.
Si deseas pedir dos, vota FA.
(Esta historia continuará)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario