jueves, 7 de diciembre de 2006

.TRAMPA DE PAPEL., Capítulo 2: .El Lado Oscuro del Candombe.





(Por ajustada mayoría, gana la opción FA, y Malvín debe internarse en el túnel.)


Por un momento estuve tentado de salir disparando a quemarropa con mi arma de juguete, pero recordé que estando completamente desnudo me pondría en una situación muy vulnerable. Tenía que encontrar una estrategia. Los ojos se me enllenaron de lágrimas recordando a uno de mis muchachos, el Winston, un genio de la estrategia, y pensé: ¿qué hubiera hecho él en mi lugar?


La respuesta estaba a medio metro de mi cabeza: el respiradero del baÑo, que seguramente conducía a algún lugar donde pertrecharme, vestirme y conseguir algún arma de verdad.


Entrar por el conducto fue toda una experiencia. AÑos de mi adicción a la grapamilel habían creado una inmensa barriga de alcohólico que se atrancaba cada dos metros. Por no hablar de los rebordes de las planchas de aluminio que formaban el conducto, que pellizcaban mis desnudeces a cada momento. Pero lo más complejo era arrastrtar la inmensa bolsa de Papá Noel con que la empresa nos había equipado (.para no romper la ilusión de los niÑos.), llena de antiguos frascos de boticario para hacer bulto, y que creí que podían serme necesarios.


Cuando salí, contemplé una escena familiar: ¡la calle Isla de Flores del barrio Sur, en Montevideo, alegrada al ritmo de las lonjas y tambores de la Llamada Montevideana (el carnaval más extenso del mundo!)! Se trataba, en realidad, del centro de amasado de la .pasta base. que fabricaba la papelera, pero que el arquitecto Washington Winston Pocitos había diseÑado recreando esta festividad popular.


Al ritmo de la .marcha camión., decenas de trabajadores caracterizados como lubolos (y alguna que otra Mama Vieja), golpeaban dentro de unos tambores huecos la peligrosa masilla conformada de pulpa de papel y el nocivo .líquido de papelera., hasta que tomara su gomosidad ideal (para lo cual debían, de vez en cuando, condimentarla con algunos escupitajos verdosos). El hipnótico ritmo de los tambores colocaba a los trabajadores en un frenesí diabólico, suficiente como para machacar sin parar, a veces durante días, hasta desplomarse por el agotamiento y a veces muertos. Se rumoreaba que los trabajadores fenecidos eran disueltos en .líquido de papelera. y jamás se volvía a hablar del asunto.


La escena era apocalíptica, y recuerdo haberla visto, entre vapores alcohólicos, en la visita guiada con que me obsequiaran en mi segundo día de trabajo. Recuerdo también que en ese momento juré, en lo posible, no volver a pisar este recinto infernal. Ahora se convertía en mi única vía de escape.


-¿Che, boludo, y vó quién shó, che?


La asquerosa entonación era inequívoca: uno de los .argentis. había sido enviado a patrullar la fábrica y me apuntaba con su Itaka.


Por primera vez desde que este asunto había comenzado, el guerrero renacía en mí, y mi cerebro repasó rápidamente las dieciséis maneras de desarmar a un .argenti.; Metí la mano en mi barba y le mostré al canalla un billete de cinco pesos uruguayos; el efecto fue instantáneo. Todos sabemos que la visión del dinero obnubila por completo a los .argentis., haciéndoles olvidar hasta a su hijo ahogándose en un pozo. En este caso, un brillo de codicia encegecuo al salvaje, que sólo pudo pensar en cómo arrebatarme el billete, y por un segundo bajó el arma.


¡BAM! La bolsa golpeó al despreciable .argenti. en plena mandíbula, levantándolo por el aire y lanzándolo al piletón donde el .líquido de papelera. burbujeaba amenazadoramente. En pocos segundos, y entre horribles gritos, el miserable se desintegró completamente. Lamentablemente, junto con él, también desapareció su arma.


Y entonces, el viejo instinto de soldado me dijo que algo no andaba bien. Algo en el aire había cambiado.


Los tambores se habían detenido.


-Bailá, bo. Bailá, bo.


A mi alrededor, los lubolos se acercaban. Sólo una Mama Vieja, poseída como una hechicera vudú, se contoneaba y arengaba alos demás, gritando: -¡No es uno de los nuestros! ¡No se entrega a los placeres del candombe! ¡Oxún, Jemanjá y Orixá exigen: Muerte al extraÑo!!!


Los pobres lubolos, poseídos por la rama más oscura del candombe, intoxicados por los vapores del líquido de papelera y el trabajo en cadena, no podían sino obedecer a la demente Mama Vieja, y se acercaban amenazadoramente hacia mí.


Si decides intentar alcanzar a la Mama Vieja y tomarla de rehén, vota FU.

Si decides destruir una pared del piletón para inundar todo el recinto de líquido de papelera y escapar, vota FA




(Esta historia continuará)


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