miércoles, 27 de diciembre de 2006

¡ENóLOGO COMPULSIVO EXPERIMENTA LA “MOUTH FOOD”!





Escribe el Lic. Isaías Baralt

Crítico enológico desocupado

lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com


El auge de los restaurantes de Finger Food (.comida-dedo., o .dedo-comida., o más bien .comida para tomar con los dedos., conocida antes como .picadita.) tiene en Leandro López Newman su máximo exponente, o por lo menos el más prolífico: Desde su primera experiencia en Barracas, Dedos Pringosos, a sus recientes emprendimientos en Palermo, Cero Tenedores y Agarrámela con la Mano, este verdadero titán del tapeo porteÑo viene sorprendiendo a tirios y troyanos con sus platitos, donde la complejidad de los sabores se une a la sencillez del proceso gastronómico: en el reino de la Finger Food, hasta los niÑos de un aÑo pueden comer solos.

Y contra esa peligrosa infantilización culinaria ha embestido López Newman con su nuevo experimento, la Mouth Food, donde se prescinde no sólo del cubierto sino incluso de la ayuda de las manos, rebajando al comensal .siempre según palabras del chef . al rango de .cuadrúpedo..


Y precisamente a Lepanto, el coqueto bistró de Mouth Food que López Newman ha abierto en la Calle Báez nos dirigimos junto a nuestra protegée Naty .luego de ausentarnos de la Clínica donde nos hospedamos debido a un error judicial, disfraces de enfermeros mediante y aplicación de somnífero en supositorio a Obdulio, esa rara mezcla de enfermero, oficial de la SS y Sargento García que nos obliga a tragar pastillitas de colores periódicamente .es que nos apersonamos, dispuestos a vivir una experiencia sensorial nueva.


Dentro del cálido local -decorado con originales paredes de bloques de piedra, argollas de hierro y antorchas .somos atendidos con diligencia por el equipo de mozos .enmascarados, como es de rigor en la Mouth Food, siempre según palabras de López Newman y siendo su inventor habrá que creerle .y luego, nuestras manos maniatadas a la espalda, .para evitar tentaciones., nos aclaran; no terminamos de entender por qué, además, nos quitan nuestras ropas .entendemos que es muy pronto para experimentar la fusión con la Naked Food .pero aceptamos con algo de intriga, lo mismo que los collarines caninos.


Luego de probar un estupendo Bonarda de las Bodegas Pazienzia en Río Negro .con pajita, of course .somos convidados con la entrada: una estupenda centolla de Puerto Montt, dentro de su caparazón escarlata.


Confesamos que romper su armadura para luego extraer su elusiva pulpa es tarea más que inhumana para dos personas con las manos atadas .y desnudas y con collarines de perro .pero luego comprendemos el valor del trabajo en equipo y, mientras sostenemos en su boca el cuerpo aún palpitante de la langosta .la única forma de comer este manjar .Naty lo troza con sus dientes, y luego introduce la nariz en su interior, utilizando sus fosas nasales de cartilaginosas pero eficientes pinzas; luego, algo agotados, compartimos el botín en nuestros cuencos de madera ornados artesanalmente con nombres de fantasía (.Firulais. es el que me ha tocado en suerte).


Pero este primer contacto con la Mouth Food es un juego de niÑos comparado con el plato principal, sorprendente por su sencillez (culinaria, mas purtroppo no mecánica): Alcauciles hervidos, acompaÑados de una sutil vinagreta de limón, aceto, aceite de oliva, sal marina y un toque de jengibre picante. Extraer, siempre con los dientes, las delicadas hojas de la flor, luego mojarlas en la vinagreta, escupirlas para que den una vuelta y media en el aire y atrapar el .lado tierno. con nuestros dientes, y por fin mordisquear el alcaucil aderezado sosteniendo el otro extremo con nuestros pies se vuelve relativamente sencillo luego de tres horitas, pero hay que esforzarse en hallar el método.


El postre, fondue de chocolate acompaÑada de naranjas sin pelar ni trozar, ofrece un desafío irresistible, máxime cuando la maîe del local, Madame Helga, nos aclara mientras acaricia su fusta (Las CaÑitas es una zona hípica por excelencia) que lamentablemente no puede ofrecernos cuchillos para el pelado de naranjas ni trinchantes para la fondue; también nos dice que es mejor que nos apuremos o .el Amo Kurt se enfadará. (sospechamos erróneamente que se trataba de un Inspector de Salubridad) y que .tal vez necesitemos un poco de disciplina..


De más está decir que, apasionados gourmands por naturaleza, no necesitamos ningún tipo de estímulo para devorar el postre, cosa que conseguimos en menos de diez minutos (en otra nota explicaremos cómo) y sin derramar una gota. Todo el equipo del local aplaude nuestra extraordinaria performance, y luego de desatarnos nos obsequia con un exquisito licor de nuez. Y la cuenta.


Y aquí es donde se demuestra que nuestra gastronomía aún no ha pasado la adolescencia profesional: Uno de los rubros de la factura reza .Cubierto: $8..


Discutimos escandalizados, y sobreviene una absurda discusión donde se intenta establecer que los platos también son .cubiertos. .una arbitrariedad absoluta .y luego de negarnos ofendidos a cubrir este rubro, una gaffe imperdonable, más digna de un bar regenteado por mafiosos de la Little Italy que de un local gastronómico de primer nivel: derribando una puerta de hierro, hace su aparición, vestido con un delantal de cuero y un látigo de nueve colas, el tal Amo Kurt, exigiendo el abono de nuestra factura.


Como quiera que nuestro prestigio y la seguridad de nuestra protegée está primero que nada, hicimos lo único defendible dadas las circunstancias y lanzamos nuestro sacacorchos pneumático (regalo de Dolly Irigoyen en una de sus visitas a la clínica, acompaÑado de uno de sus efusivos poemas que a veces dudo reflejen sólo una .cálida amistad.) al hombro del .Amo Kurt., para luego arrebatarle la fusta a Madame Helga y con ella abrirnos paso hasta el primer taxi que se dignó a detenerse (fue el sexto; hay que reconocer que nuestro aspecto distaba de resultar tranquilizador).


Llegamos justo a tiempo a la Clínica para ver a nuestro querido Cancerbero Obdulio despertarse y convencerlo de que fue todo un sueÑo; en cuanto al emprendimiento de López Newman, rescatable la vinagreta, mediocre la fondue y aún mucho que aprender en cuanto a atención: aún conservamos en las muÑecas las marcas de las correas excesivamente ajustadas. ¡Cheers!


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