lunes, 3 de julio de 2006

¡AH, O SEA QUE ENCIMA QUE PAGO EL VINO LO TENGO QUE PROBAR, QUé QUERéS, QUE LO EMBOTELLE TAMBIéN!





El hombre está pasando un rato agradable con su mujer, novia o acompaÑante. La noche es joven y una brisa límpida es exhalada por el aire acondicionado.


Ambos han elegido un plato que incluye la palabra “milanesitas” o “bien “crema” o tal vez “alcaparras”. También, sin pensar en la pesadilla que se avecina, han pedido una bebida que incluye la palabra “tinto”.


Entonces, en mitad de un jocoso comentario sobre el parecido del maitre con el jefe de MacGyver -lo que da paso a una breve imitación de la voz que este personaje tenía en el doblaje al mejicano -reaparece la moza; porque se trata de un restaurante muy sofisticado y por lo tanto no tiene mozo. Tiene moza. Entonces, como extrayendo un elixir mágico de sus ropas, ella exhibe el vino (que, de paso, es algo así como un elixir mágico), con cierta contenida violencia.


El hombre mira la etiqueta por unos segundos, con cierta incomodidad obligada, porque, por la energía y la trayectoria de la botella al ser elevada, algo le dice que así debe hacerlo. La imitación del jefe de MacGyver sigue interrumpida, reemplazada por un silencio ominoso, mientras la mujer realiza el proceso de descorche.


Todo el universo del hombre empieza a tambalearse cuando revive los incontables momentos idénticos al que está por comenzar, y antes de que pueda gritar “¡No, no lo haga! ¡Estoy seguro de que el vino está bien! ¡No tengo ninguna duda al respecto! ¡No soy un bon vivant! ¡Soy apenas un empleado de categoría mediana de una empresa en manos de capitales nacionales y extranjeros!”, la moza ya le ha servido un centímetro de vino. Para que lo pruebe. Lo deguste. Para que detecte con su experto paladar los taninos y los perfumes sutiles a arándanos y papándanos, y dé su aprobación especializada.


¡Ceremonia de humillación tácita e innecesaria que se repite por millares en todos los locales gastronómicos de la ciudad! ¡Farsa turbia que no hace más que recordarnos nuestra condición de hombres simples, de sentidos embotados!


El hombre finge, sin demasiada convicción, una autoridad incontestable, y toma la copa. Entonces echa una mirada a su mujer, novia o acompaÑante. Por un momento, en los ojos de ésta nace un brillo de esperanza. Pero entonces, la impostada seguridad del hombre flaquea, y ella lo nota, y la decepción la invade. La esperanza es abortada. El hombre nota que ella ha notado. Entonces su mirada huye, y se topa con la de la moza, que también nota que ella ha notado, que él ha notado que ella ha notado y que en este momento está notando que ella -la moza – está notando las dos percepciones.


Atrapado por una maniobra de pinzas de expectativas truncas, el bochorno va hundiendo, como invisible mazazo, la cabeza del hombre entre sus dos hombros. Se pregunta, por milésimas de segundos, si vale la pena continuar con la comedia. Si no será mejor poner el pecho, desafiante, y decir “¡Sírveme todo, mujer! ¡Ignoro si este brebaje es otra cosa que vino de tetra embutido en un pretencioso envase, y no me importa! ¡Sólo quiero que el alcohol traiga alegría a mi corazón y al de mi compaÑera!”. Pero sabe que no tiene opción. Las reglas son férreas. Inquebrantables. Debe probar el vino. Degustarlo, O mejor dicho, “degustarlo”.


Una agradable y anestésica sensación inunda el interior de su boca. Es eso; agradable. Pero sabe – y por la mirada de su mujer/ novia/ acompaÑante y la mirada de la moza, todos a su alrededor también lo saben -que es todo lo que puede decir. Ignora si el vino es bueno, mediocre, malo o inaceptable. Luego de un esfuerzo supremo, de sacarle el máximo jugo a sus papilas gustativas, todo lo que puede aventurar, casi con audacia, es que se trata de vino tinto. Pero ya lo había adivinado, por el color. Y aparte se mencionaba este dato en la carta. Y en la etiqueta. Recuerda, incluso, haber comentado con su pareja si quería vino tinto, y haber aclarado – innecesariamente – “que últimamente el blanco le daba arcadas”. No. Mejor obviar ese dato.


Un escalofrío recorre su espalda. ¿Y si da su aprobación, y luego resulta que el vino es feo? ¿O que está picado, o tiene gusto a vinagre? ¿Qué tal si resulta que ni siquiera es vino, y se entera de esto ante el rostro desencajado de su acompaÑante, que contaba con su varonil guarda para evitar el mal trago? ¿Y si todos a su alrededor estallan en carcajadas? ¿Y si se trata de una cámara oculta? ¿Y si todo el universo no es mas que una cámara oculta?


La realidad no es tan siniestra, pero no por eso menos desoladora. La moza y su acompaÑante continúan posando sus ojos en él, sin la menor fe en sus condiciones de sommelier. Sin embargo, no lo relevan de su tarea; al contrario, esperan que diga algo, que haga un gesto. Otro momento de zozobra: ¿qué decir, que no sea demasiado banal, peroque tampoco suene muy impostado? ¿Un melancólico “está bien”? ¿Un gutural “Mmmmmhh”? ¿Un afeminado “qué rico”? ¿O conviene escapar por la vía de la exageración y decir algo como “este es el mejor vino que he probado en toda mi perra vida”? Los segundos pasan, abotargados, lerdos, mientras la indecisión se extiende con ayuda de la mirada de desazón de sus espectadoras, y parecen convertirse en minutos – en realidad, ya han pasado siete minutos por reloj y su esposa / novia / acompaÑante empieza a preocuparse y a repasar mentalmente el número de emergencias de la obra social -, hasta que, derrotado, el hombre gruÑe un “bien”, cuyo tono revela su falta de mundo, su completa desorientación, su naufragio en las aguas de la ignoranica, el rostro púrpura como un tomate, la cabeza aún más hundida hasta el punto en que su papada se confunde con sus adiposos senos de hombre, y el sonido del vino escanciado, ahora sí en serio, en cantidades profesionales, en las fulgurantes copas, suena a carcajada cruel y maliciosa de los pequeÑos diablos de la gastronomía.


La noche está perdida. Y el hombre, esa noche, ha perdido otra porción de dignidad, rebanada limpiamente aunque no sin dolor.


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