Pasado el granizo, se ha vuelto un lugar común decir que los medios nos hemos preocupado mucho por los PARABRISAS ROTOS y muy poco por los destrozos sufridos en viviendas precarias o sobre las cabezas de la gente sin techo; reflexión cuya respuesta más sintética y acotada debería ser .chocolate por la noticia..
Para ampliar un poco esta aberración, recordemos que las inundaciones de la Capital suelen cubrirse a través de relatos sobre automóviles a la deriva o negocios de Cabildo convertidos en ferias de segunda mano, y en pocos casos sobre personas que no cuentan con más que un zaguán para resguardarse; que las catástrofes económicas están testimoniadas por los gritos indignados de ahorristas caceroleros y no de los mendigos que cada vez tienen menos gente a la que sablear; y que las olas de calor (curiosamente, vivir .al fresco. tampoco reporta una ventaja en este caso) reflejan las quejas de consumidores enfurecidos por el agio de los aires acondicionados, más que a quienes no tienen dónde conectar un ventilador.
En resumen, digamos que el pobre no tiene mucha PRESENCIA MEDIáTICA -a pesar de que, como regla general, SE JODE SIEMPRE!
(Y como acotación, agreguemos que los privilegiados deberíamos agradecer las inclemencias del tiempo; si los desposeídos no estuvieran ocupados en no morir de frío, probablemente hace tiempo habrían organizado la toma de la Bastilla con POSTERIOR DEGOLLINA)
Hasta aquí nuestra injusticia de todos los días; me preocupa sin embargo una injusticia en particular: al parecer, el vidrio polarizado amortigua el impacto del monstruoso granizo mutante.
Ahí tienen.
Ya de por sí tener vidrio polarizado indica cierta degeneración moral . es el equivalente automovilístico de usar anteojos negros, como los paramilitares de caricatura que aparecían en la revista del centro de estudiantes de mi colegio.
Pero el poseedor de vidrios polarizados es algo más: es un angurriento. Quiere quedarse con el pan y con la torta. ¡El tipo quiere andar en la calle, pero tener intimidad como si estuviera en su casa!
¡Para eso quédese en su casa, seÑor! ¡Salir a la calle tiene un precio: que le vean la cara, aunque lo poco que le queda de vergülo induzca a ocultarse del prójimo!
El garca que se pone vidrio polarizado me recuerda a uno de esos millonarios excéntricos que, carcomido por la culpa y el hastío, se va a vivir un aÑo con una tribu subsahariana para volver y contarnos cuán enriquecedora ha sido la experiencia, mientras se enjuga sus lágrimas de cocodrilo con un billete de diez mil dólares; en su ciudad natal se pone vidrio polarizado para hermanarse, en su fantasía, con esos homeless que viven en un auto abandonado, hundidos en paquetes viejos de alimentos junto a un perro pulguiento. Es su forma de decirnos .vean, yo también sufro las inclemencias y flechazos de este valle de lágrimas; tantas, que me he visto obligado a poner esta cortinita para proteger una porción ínfima de mi intimidad mientras habito este pequeÑo cubículo en el que me traslado a mis múltiples y engorrosas obligaciones..
Su auto no es su casa, seÑor. Es una máquina que utiliza para moverse de un lugar a otro y por la que probablemente pagó más que por un departamento de dos ambientes. ¡No lo convierta en su sucursal porque es una FALTA DE RESPETO PARA CON LOS LINYERAS!
Y ahora nos enteramos de que el vidrio polarizado les sirve también de campo de fuerza. Es demasiado.