Escribe el Dr. Tranca
Premio Nobel de Facto de la Medicina Ilegal
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Este profesional de la medicina ilegal no es, amigo, en general, del arte: perturba los sentidos, provoca trastornos hormonales, sale guita y aparte muy muy de hombres no es; por supuesto, sólo tres disciplinas artísticas sobresalen como honrosas excepciones: las sombras chinescas, la riÑa de gallos y el circo.
El circo, a pesar de su despliegue de actividad fìca – que ya hemos establecido que es cosa de chicas - se practica en algo muy parecido a una tienda de campaÑa (que siempre me recuerda a los nobles muchachos de aquella guerra imaginaria en la que participé allÑá por el 85), nos permite codearnos con atractivas muchachas como Monga, la mujer gorila, y, como toda actividad que se precie de viril, nos pone en riesgo de MATARNOS, o que se maten otros tipos, que es muy parecido.
Pero ahora me entero de que anda en MI PAíS algo así como un circo para maricastaÑuelas amantes de los fileteaditos con hojitas secas y los caballitos alados de colores. Para empezar, es francés, cosa que ya no presagia nada bueno. Después, en lugar de la sencilla y varonil banda militar que acompaÑaba las evoluciones del tradicional león raquítico, tienen una música tipo Enya o étnica o algo por el estilo (¡con VOCES FEMENINAS!!!), con lo que te avisan que en lugar de exponerte a un viril paro cardìo, o aunque más no sea una puntada en la vesícula, podés ponerte a hacer meditación o yoga o levitación trascendentalista. Lo único que falta es que en vez de pochoclo vendan velas aromáticas y estamos en el horno. Por no hablar de que en algunas partes te ponen musica de bailar.
Desde ya que no tiene animales, ni una miserable liebre patagónica a la que doblegar, con lo que, por culpa de esta lamentable debilidad de carácter, la superioridad de la especie humana queda una vez más en la incógnita. Ni hablar de la Mujer Gorda u Hombre Serpiente, que han declinado firmemente venderse a esta exhibición de sensibilidades (y lo digo con toda la connotación negativa de la palabra).
Los payasos, si es que los hay – imaginarán que no me molesté en costearme hasta el tugurio donde se desarrolla este despropósito – en lugar de dar MIEDO, como corresponde, dan pena o náuseas (aunque esto último no estaría tan mal, como compensación teniendo en cuenta la eliminación de paros cardíacos).
Pero lo más triste es ver que en lugar de mallas blancas o sacos cruzados con cordones amarillos, todo el espectáculo está atiborrado de lo que yo llamé, en un trabajo que hice durante mi breve paso por la Facultad (sí, tengo en mi haber ese desgraciado antecedente) la “Estética del Firuletito”: Ropa y decoración llenas de florcitas, pimpollitos, estrellitas, ramitas multicolores del bosque y cosas así, todas terminadas, no en un contundente ángulo agudo o una paternal línea recta, sino en un FIRULETITO EN ESPIRAL que se repliega sobre sí mismo, como si tuviera MIEDO DE DAR LA CARA. Prácticamente no hay centímetro del cuerpo de los desdichados saltimbanquis que han sido captados por esta secta que no esté profanado con el dibujito de una hoja otoÑal o unas amaneradas llamas vivientes – que tan bien quedan en el guardabarros de un Valiant pero tan lamentables se ven tatuadas en el cachete de uno de estos quías.
SeÑores: Si quieren detectar dónde está el límite de lo aceptable, huyan de espectáculos y actividades donde se vea un firuletito en espiral sobresaliendo de cualquier cosa; gracias a esta técnica ya me he salvado del tipo ese que se llama Tim Burton, la letra cursiva, el fileteado porteÑo, y por supuesto, el “cirque” este que sinceramente espero que algún dìsea confundido por un miembro senil de Greenpeace con un bosquecillo encantado medio raro y luego confinado en una reserva natural bien alejada de mi casa.
Tranca y vayan a ver al “Fantástico Circo de los Hermanos Carranza” que creo que anda por CaÑuelas y tienen un elefante medio viejito pero grande, como debe ser. Chau, mueransé.
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