viernes, 12 de octubre de 2012

¡Revelan el drama invisible del Ascensor Rebelde!


¡Abre los ojos, Epaminondas! ¡Observa, mira, aprehende y aprende! ¡El Universo es un sachet de leche con el bordecito circuncidado, listo para que chupes de él y nutras tu alma de benevolencia, sabiduría y patetismo, para que tu arrope tu inocente mirada al mundo, plena de Magnanimidad y Amor!



¡Mira! No, no mires ese perro que le falta una pata, sí, es lindo, no importa, ¡Mira para allá! ¡Escudriña el interior de ese edificio! Toma, ponte estos anteojos de Rayos “X”. ¡Y mira! ¡Mira a ese Hombre, esa Persona, ese Individuo que en el Drama que está a punto de vivir rezuma el Drama de la humanidad toda, el Drama que se vive día a día y se repite segundo a segundo, infinito y recursivo, sin solución ni desenlace a la vista! Míralo entrar a ese Ascensor –porque de un ascensor es que se trata ese aterrador cubículo que parece un congelador futurista tapizado de botones, espejos y placas de acero. Tiene que ir al piso 7, a ver unas cosas de unos papeles de no sé qué mierdas. Oh, se cree muy Importante ese Hombre, con su fatua misión en manos de la cual no depende, en realidad, casi nada. ¡Pero cree él que el Universo detendrá su loca carrera a través de la Matriz Multidimensional si él no hace certificar, sellar, fotocopiar o legalizar su coso! ¡Cree él tan fundamental y Única su tarea que, en honor a su importancia, va con cara de orto, como quien siente el peso del Destino de la Humanidad sobre sus hombros, y ya no puede pedírsele un exiguo esfuerzo más! ¡Así va el Hombre, anticipando el traslado vertical del cubículo hacia el piso 7!



Y de golpe, mira al Hombre tornarse en desconcertado cavernario ante la visión del fuego. ¡Mira qué cara de boludo pone, míralo Epaminondas, y sí, te está permitido reírte de él, pero con Piedad, nunca renuncies a la Piedad, tibio eslabón que te une a tus miserables semejantes (y recuerda que algún día tú también necesitarás de Ella)! ¡Porque el traslado vertical, merced a la alquimia de los circuitos electrónicos y contrapesos mecánicos efectivamente se produce, pero no en la dirección esperada! ¡No! ¡El ascensor ha sido llamado hacia el subsuelo. ¡Qué digo Subsuelo! ¡Al Segundo Subsuelo, lo cual ya es mucho decir, Epaminondas!



Y hay un milisegudo, un milisegundo de incomprensión y descalabro de los sentidos que asalta al Hombre, producto de la tensión entre el movimiento esperado, recreado mentalmente con anticipación (la anticipación constante que la raza de Hombres Enérgicos de la cual nuestro Hombre se imagina miembro acostumbran realizar, con el socorro de agendas electrónicas y planillas de Excel), el movimiento Lógico dentro de la lógica mezquina y utilitarista de nuestro Hombre, y el movimiento descendente que en realidad se produce, invocado por un inocente usuario del estacionamiento, baulera, caldera u otro locus arquitectónico y subterráneo. Durante ese Milisegundo, el Hombre siente que el Universo se ha invertido. Que la entropía ha sufrido un desperfecto técnico, que el tiempo corre hacia atrás, que la realidad no es más que el sueño de un gigante dormido. Durante ese milisegundo, Epaminondas, el Hombre cree que los conejos pueden usar sombrero y hablar en ruso, que las ranas vuelan y las sandías tienen patas y dientes y corren en jauría para devorar jabalíes. ¡Durante ese milisegundo, oh, Epaminondas, el Hombre Enérgico y Poderoso se trastoca en pasiva Alicia en constante asombro por las casi-pesadillescas Maravillas que le ofrece el País que la rodea!



¡Ah! Pero pronto encuentra una explicación racional, vuelve a su eje y, ¿se tranquiliza, Epaminondas? ¿Vuelve a su estado de reposo? ¡No! Otra transmutación opera en su interior, Epaminondas. ¿Míralo, Epaminondas, míralo descender del desconcierto de Niño a la resignación de Víctima! Porque ahora se ve obligado a aceptar su situación de pasajero descendente, una situación opuesta, contraria, enemiga, una situación que en el cúmulo de acciones a tachar en su agenda ni siquiera figuraba como posible. Y entonces se entrega; Y durante esos segundos en que desciende y luego asciende innecesariamente, renuncia a su condición de Motor de la Historia y saborea las mieles de la Pasividad. ¡Se revuelca, Epaminondas, en el abyecto placer de la Autodegradación, de la destrucción total del Ego, de la entrega TOTAL de su voluntad a un Tercero (en este caso, el Ascensor)! Por unos segundos o tal vez minutos, es prisionero, y su máscara de Poder, su disfraz de fuerza viril arquitectónica de la naturaleza se desvanece, mostrándose como lo que yace en un lugar del fondo: una muchachita obediente, desnuda e indefensa, disfrutando de la lúgubre Libertad del Esclavo, la perversa, sucia libertad de ceder la toma de decisiones, de ser un pelele, una hoja al viento y una marioneta del Destino, esa libertad pútrida que tantas dictaduras o relaciones enfermas ha dado a luz (ver “El Miedo a la Libertad”, E. Fromm).



¡Míralo, Epaminondas, recréate en el descabellado espectáculo de un Ser que es varios Seres a la vez, guerrero, inocente y esclavo, y todo merced a un movimiento inesperado, producido por el insignificante accionar de un botón! ¡Míralo, Epaminondas, y comprende una vez más el frágil hilo del cuan penden no sólo nuestras vidas, sino nuestras almas mismas! ¡Mira, Epaminondas, y aprende y atesora estas lecciones de vida, Epaminondas ¡Abre los ojos, Epaminondas! ¡Que no se te escape nada, Epaminondas! ¡Ojito, Epaminondas!


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