(Fragmento de novela con el problema técnico de que el tipo se encajeta mucho en hacer reflexiones sobre esto y lo otro)
Al fin, Loomis localizó la bomba.
Estaba oculta en el fondo falso del escritorio de Svör, su archienemigo. Por supuesto, era el último lugar en el que cualquiera habría buscado, y desde luego que Svör ya se encontraba a kilómetros de distancia. Como siempre, el mejor lugar donde esconder algo es frente a nuestras propias narices. Loomis había aprendido esto en su más tienra infancia, cuando escondía el cinturón de su padre .utilizado a modo de correctivo más a menudo de lo necesario- ¡en su propia percha para colgar cinturones!
Loomis desarmó el émbolo, quitó la trabilla de estaÑo y abrió la triple compuerta laminada que cubría el corazón del aparato: Allí se veía la maraÑa de cables rojos y azules contra los que, en su condición de experto en desarme de bombas se había enfrentado infinidad de veces. Pero con una ligera variante: la aparición de un súbito cable color rosado. El mismo enemigo, pero con nuevas maÑas. Sin embargo, ¿cambiaba un detalle tan exterior la potencial destructividad del aparato? Loomis recordó los postizos que su hermana había comprado para rellenar su sujetador a los 16 aÑos. Seguía siendo una completa rata de biblioteca. Y sin embargo, había conseguido atraer un par de ratoncitos a su cubil, engaÑados por un rato. ¿Y acaso podía culparla? ¿Cuántas artimaÑas no había utilizado Loomis, cuántas identidades falsas, de romántico empedernido a macho cabrío insaciable no había adoptado en su carrera de seductor? ¿Acaso no era lo que hacen todos los seres humanos desde que se creó la primer Mentira?
Loomis sacudió la cabeza. Era momento de concentrarse. Siguió la trayectoria del cable rosado, que se perdía en la negra cavidad de la bomba. Quién pudiera hacer lo mismo, pensó Loomis. Ocultarse y perderse en la oscuridad, en lugar de arriesgar la vida cada día por personas que despreciaba, bajo las órdenes de una organización que odiaba. ¿Y acaso se diferenciaba mucho su condición de la de la mayoría de los seres humanos? Sólo unos pocos privilegiados podían considerarse dueÑos de sus vidas, y un gran porcentaje de ellos eran bastardos poderosos como Svöor. Aunque, ¿eran dueÑos de sus vidas o eran manejados por los hilos invisibles de la codicia humana y las Leyes del mercado? ¡Qué paradoja! ¡Ni siquiera Svöor, ni los grandes magnates de la Tierra, propietarios de millares de tierras, dinero y vidas ajenas podían ser catalogados como dueÑos de sí mismos!
Un .bip. sacó a Loomis de sus pensamientos. ¡El contador de la bomba había arrancado! Mientras observaba los números que corrían hacia atrás, una solitaria gota de sudor apareció en la frente de Loomis, pero no llegó ni al nacimiento de su nariz. Había aprendido a suspender a voluntad todas sus funciones corporales .con la excepción de la respiración y la circulación de la sangre-, para concentrar toda su energía en la tarea asignada. Loomis suspiró: si pudiera aplicar este mismo dominio a su capacidad para las relaciones humanas, es probable que aún siguiera junto a Macy. Pero es el corazón humano una jungla superpoblada de fieras salvajes. Sus nombres: Celos, Lujuria, Inseguridad, Carga Familiar, Desconfianza y el resto de la Legión. ¡Si sólo fuéramos capaces de ser los implacables domadores de este Circo de la Neurosis! Aunque, ¿seguiría siendo igual de emocionante? ¿O sería algo equivalente a asesinar a sus Payasos? Pero no era el momento para este tipo de ensoÑaciones. Gracias a ellas, Loomis ya había perdido 20 valiosos segundos. Volvió a concentrarse en el cable rosado. Teniendo en cuenta el ángulo en el que desaparecía, y teniendo en cuenta la configuración del resto de los cables, incluido un misterioso cable bordeaux, Loomis reconstruyó mentalmente un plano técnico de la bomba. Era una capacidad de super-abstracción técnica que sólo poseían él y otras catorce personas en el mundo. En esos momentos, el Poder que sentía le hacía bullir la sangre, le erizaba la piel y le producía una erección de veintidós centímentros. Era verdad: No hay afrodisíaco como el Poder. ¿Acaso no sentimos lo mismo el resto de los seres humanos ante las victorias más mínimas, como concatenar dos buses seguidos sin espera o lograr el puré instantáneo perfecto?
Loomis siguió mentalmente la trayectoria del cable rosado. Sólo tenía cuarenta y dos segundos. Al fin, se topó con un callejón sin salida. ¡El cable rosado era una engaÑifa! Exactamente como los postizos de mi hermana, pensó Loomis. Una ficción para ocultar su condición de niÑa recatada e intelectual; sin embargo, recordando su reciente carrera .la hermana de Loomis trabajaba actualmente en un programa de cable sobre sexología que presentaba comletamente desnuda, y ya había enterrado siete matrimonios-, ¿no sería el de rata de biblioteca el verdadero disfraz? ¿Un disfraz dentro de otro disfraz, que tal vez ocultaba un tercero y un cuarto? ¿Y no sería este eterno juego de cajas chinas lo que llamamos .personalidad humana.? Y lo más importante, bajo esta máscara tras la máscara tras la máscara, ¿habrá algo o sólo el más negro vacío? Loomis sacudió la cabeza. Concéntrate, Loomis, se dijo. Pensando en estas cosas, habían pasado treinta y cinco valiosísimos segundos durante los cuales podría haber desactivado diez bombas como ésta. Sin embargo, la reflexión fue reveladora. ¿Y si el cable rosado era en realidad el correcto? Loomis estudio el mapa mental y descubrió que, tras el final del cable, una chapita de cobre ocultaba la continuación del mismo, unido mediante cinta aislante ¡al cable bordeaux!
Loomis no lo pensó dos veces y cortó el cable bordeaux. Suspiró aliviado y se permitió sudar. Pero algo había fallado. El contador seguía hacia atrás, ahora al doble de velocidad. Sólo quedaban siete segundos. ¡Loomis se había topado, efectivamente, con el negro vacío, una máscara que no hacía más que ocultar un engaÑo! Era como aquellos adictos a la mentira, que ya no saben cuándo están mintiendo; la mentira, entonces, era algo muy cercano a la locura. ¿Es que acaso la bomba estaba diseÑada siguiendo el modelo psicológico de un demente? Loomis repasó mentalmente los planos que estudió en el seminario sobre Armas y Neurología, buscando un modelo parecido: pero luego lo descartó, pensando que sólo estaba intentando viajar a la época en que conoció a Macy. Estaba tratando de huir de su tarea, para la cual sólo le quedaban cuatro segundos, refugiándose en tiempos más felices. Pero, ¿acaso no es eso lo que intentamos hacer siempre? ¿Acaso no están nuestros vanos .proyectos hacia el futuro. basados en la repetición mental de momentos del pasado que consideramos .felices.?
¿Y es que acaso puede esto considerarse algo malo? Loomis había descubierto en el tramposo diseÑo de la bomba el vacío negro y Absoluto; un vacío al que, pocos segundos antes, había querido escapar. ¿No era un destino más feliz y deseable escapar a aquella tarde en que manchó .en forma completamente calculada, como lo eran todos sus movimientos- el tailleur gris topo de Macy, que escapar hacia el Vacío, es decir, la Muerte? Después de todo, para escapar hacia la Muerte todo lo que tenía que hacer Loomis era dejar pasar, con el alicate muerto en una mano, los dos segundos que indicaba el contador de la bomba; pero por otro lado, ¿acaso es posible viajar al pasado, más que con la memoria y la imaginación?
Loomis intentó concentrarse una vez más y miró fijamente el cable bordeaux. Tensó el alicate entre sus dedos. Era ahora o nunca. .Ahora o nunca., pensó. Exactamente ese había sido el ultimátum de Macy, que terminó por alejarlo de ella. Y es que Loomis sabía por experiencia que pocas cosas tenían la premura de resolverse .ahora o nunca.; una de ellas era el desarme de bombas termonucleares, y a veces, como ahora, sólo restaba un segundo para hacerlo. Pero en cuanto al resto de las actividades humanas, ¿acaso la vida no nos da constantemente segundas, terceras y hasta decimonovenas oportunidades? Loomis parpadeó. No, en realidad no. Lo que estaba parpadeando era el número 1 del display de la bomba, rumbo al cero.
Pero, ¿es que acaso no consiste en eso la vida? ¿Una serie de momentos decisivos que ocurren entre parpadeo y parpadeo? ¿Acaso no son estos hechos fuera de nuestro control la norma, y no más que una soberbia ilusión lo que llamamos nuestras .decisiones.? ¿Es que acaso el jinete puede vanagloriarse realmente de controlar al caballo, o sólo de dirigirlo a derecha o izquierda, mientras que el caballo puede tumbarnos cuando se le dé la gana y dejarnos parapléjicos y a merced de una enfermera psicopática? Loomis miró por la ventana de Svöor, envuelto en estas reflexiones, mientras sus dedos cerraban el alicate sobre el tradicional cable rojo.
¡Vanas ilusiones! ¿Acaso esto es lo que llamamos una .decisión.? ¿Montarnos sobre la eterna tradición del pasado encarnada en el cable rojo de una bomba, y repetirla hasta el hartazgo o la explosión? Pero, ¿acaso esto no lo hemos sospechado todos? ¿Cuántas veces no hemos sospechado que los números deberían tener otra forma, o que las letras del alfabeto no representan los verdaderos sonidos que pretenden significar? Y además, ¿es que acaso hay tradición que haya probado ser infalible? ¿O somos como el estudiante perezoso de alma, que luego de sumarse a una revuelta se escuda en el .los demás también lo estaban haciendo.? ¿Y es que acaso puede culpársele? ¿Acaso no es en este .los demás lo estaban haciendo. cuando alcanzamos la máxima conexión con aquella entidad informe llamada .prójimo.? ¡No sé, no sé! ¿Y es que acaso está bien que esté bien? ¿Cuántas cosas buenas no redundan en los más destructivos resultados? Pero, ¿Y es que acaso es esta una razón para dejar de hacer cosas buenas? ¿No sería esto una confirmación del salvaje .Fin que justifica los medios.? ¡No sé, no sé! ¿Y es que acaso hay que saberlo todo? ¿No somos tal vez los buscadores de Verdades como perros corriendo un automóvil, creyendo que al alcanzarlo encontraremos un premio, cuando sólo nos arriesgamos a ser atropellados de costado por la mas inesperada Rueda de la Revelación? Mientras la bomba estallaba, Loomis pensó que debía haber cortado el cable azul. ¿Y acaso no es eso lo que hacemos todos? ¿No pasamos la vida lamentándonos por .no haber cortado el cable azul., mientras sufrimos las amargas consecuencias de nuestras malas decisiones? ¿Cuántas familias reales destronadas, cuántos generales destituidos por la Revolución no habrían deseado, frente al pelotón de fusilamiento .haber cortado el cable azul. en lugar de ceÑirse a ese Cortar el Cable Rojo de la Tradición? ¡Y sin embargo, no poca grandeza hay al emperrarse en defender una tradición moribunda, cuando los ejércitos de la conveniencia se acercan con sus topadoras!
La cabeza de Loomis cayó sobre el estacionamiento, rebotando dos veces. ¿Y es que acaso no vivimos rebotando dos veces en estacionamientos ajenos ante cada embate de la Fortuna? ¿Quién puede vanagloriarse, luego de enfermedad o divorcio, en tener más dignidad y gracia que la cabeza de Loomis rebotando en el estacionamiento? Lo importante, tal vez, es que nuestra cabeza rebote en el estacionamiento con cierta gracia. Pero, ¿es que acaso no es una seÑal de humanidad el encontrarnos, luego de un cross a la mandíbula o la explosión de una bomba, rebotando despatarrados y sin gracia, con ojeras hasta el ombligo y barba de tres días? Y por otro lado.
(Se interrumpe la novela por problemas técnicos. Sepan disculpar las molestias)
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