martes, 17 de febrero de 2009

¡El País Submarino: Prisioneros!





paissub.JPGMartes 10 de febrero, 15:05 hs. El Palmar.

No he pasado una buena noche, no. Al terror natural de pernoctar en el dominio de palmeras malvadas y lagartos necrófagos se sumó escuchar los gemidos y gritos terroríficos de mi sirviente en préstamo Ibn, que se clavó un litro de licor del alucinógeno Yatay y luego lo coronó con 150 g. de tintura de opio. Escucharlo revivir entre sueÑos los nombres de sus abyectas/os amantes, describir los actos impuros practicados en exóticos escenarios y lanzar aullidos al rememorar escenas de sacrificios humanos de la Secta de Anubis no es el entorno más apropiado para una noche reparadora. Tampoco lo es despertar en medio de la incomodidad de la noche, encender la linterna y ver a Ibn alzando una daga y apuntando a mi pecho en estado de sonambulismo homicida, y menos si el episodio ocurre unas siete veces. En fin, empiezo a creer que el Tío quiere deshacerse de mí y aparentemente no conoce las palabras .retiro voluntario..


Al despertar, yo conservo mi tradicional rostro de mala siesta, pero se puede decir que Ibn ha perdido su flema británica por completo. Si bien continúa levanando las cejitas (que tengo ganas de arrancarle con una pico de loro) y confeccionando ironías, el pelo que le nace en las sienes sufre un erizamiento perpetuo y el fondo de sus ojos presenta un intranquilizador color carmesí. Me preocupa.


Otro motivo de consternación es el crecimiento de nuevas palmeras alrededor de la carpa. Al parecer siguen el trazado del licor de yatay que se le volcó a Ibn cuando se desplomó a dormir la mona. Sin embargo, algo me da mala espina, porque se han multiplicado de a pares y dejando un pasaje en medio; la realidad es que si queremos ir a alguna parte, debemos ceÑirnos al camino indicado por los yatays, tal y como si de una trampa para emboscar elefantes se tratara. Con espíritu aventurero, prudencia y la pasividad de quien está acostumbrado a seguir órdenes, me interno en el camino; Ibn se niega al principio a venir, aduciendo que .no está entre mis deberes de criado acompaÑarlo a ningún lado ni obedecer a sus requisitorias (sic)., revolucionando el concepto de .criado.. Sin embargo, apenas me alejo unos pasos parece intranquilizarse y me acompaÑa, diciendo que .tampoco es consistente con el espíritu cristiano que lo deje solo, seÑor..


El pasaje de yatays nos conduce ni más ni menos que a las orillas del río Uruguay. Debo congraciarme con estos gigantes vegetales, ya que la propuesta es más que apropiada; desde las siete de la maÑana que en la totalidad de la Provincia de Entre Ríos reina un calor agobiante y lanza rayos embebidos en curare el Astro Rey, haciendo de nuestra existencia un Infierno. En mi derrotismo, creía que la ciudad de El Palmar era una especie de desierto y jamás me imaginé que teníamos un río gratuito y disponible. ¡Quién sabe! Tal vez las palmeras no sean tan malvadas.


Me lanzo al agua. Está marrón, pero tranquila y a una temperatura más que agradable. Me mojo la cabeza, nado, me lleno las manos de arena húmeda simulando ser un leproso (y hablo con una voz muy chistosa, de leproso), practico los cuatro estilos de las aguas poco profundas: .perro., .caminando., .la plancha. y .flotando como medio en cuclillas.. Invito a Ibn a sumarse.


El egipcio vuelve a preocuparme, sin embargo. Se mete hasta poco antes de la cintura y se resiste a sentir el tradicional doloroso pinchazo del agua a la altura del ombligo. Durante media hora, se pasea por el agua con rostro alucinado. Mira al horizonte con el ceÑo fruncido. Suspira. Se queda parado, con los brazos colgando a los costados sin expeler palabra. El Ibn pleno de elegancia, el Ibn flemático, irónico y perverso, lleno de instintos bajos y maneras refinadas es apenas la sombra de un hombre: ahora es una especie de extra en una película de psiquiátricos, de esos que los ponen en pijama parados sin hacer nada para hacer bulto entre otros locos que se hamacan en posición fetal o lanzan carcajadas horribles. En resumen, .permite que la indecisión prevalezca sobre la voluntad, como el pobre gatito del refrán. (Wodehouse).


Mientras dejo a Ibn sumido en su sufrimiento psicológico, observo un detalle escalofriante: el agua del río está surcada por una cuerda con boyas, que supuestamente marca el límite de donde los niÑos hacen pie. Observándolas atentamente, sin embargo, sospecho que no se trata de boyas, sino de enormes bulbos de yatay unidos con las largas raíces de la especie, que surgen dese el pequeÑo palmar que se agolpa sobre la playa. La situación es clara: El yatay, en su crueldad inconsciente, ha interpuesto una barrera para evitar que los palmarenses puedan huir a través del agua en sus .pateras.; el palmar, para sobrevivir, necesita la sojuzgación de la especie humana.


Comprendo, como Johnatan Harker, que no soy un invitado sino un prisionero. Este descubrimiento me horroriza tanto que me quedo tres horitas en el agua chapoteando, haciendo la plancha y observando a Ibn dar vueltas con el agua hasa las rodillas, pleno de consternación.


Cuando decido salir porque me pica el bagre, otra senda de yatays ha crecido espontáneamente y debemos seguirla; tengo sed y sólo deseo llegar al Taunus, donde algunas botellas de agua mineral .lamentablemente tibias- nos esperan; sin embargo .qué sorpresa- el camino nos conduce hasta la .Proveeduría., donde me informan que no tienen agua, pero por dieciséis mangos pueden venderme una botella de licor de yatay sin alcohol. Indignado, los amenazo con denunciarlos a Parques Nacionales y les pido que me den tres o cuatro botellas.


Reviso mi billetera, que se encuentra sorpresivamente vacía: Ibn me mira con ojos soberbios. .El seÑor sabrá disculparme, pero ética y Formación Cívica es la única previa que debo de mi educación en Oxford, por lo que a lo largo de la noche me he tomado la libertad de afanarle toda la plata para gastármela en licor de yatay. Espero que el SeÑor sepa entender mi situación.. No sé si estoy furioso o indignado. La garganta me pica y empiezo a percibir en mi piel resquebrajada y escamosa los primeros síntomas de deshidratación. Entonces, les ofrezco a modo de canje el Gameboy que me permite entrar a Internet.


Misteriosamente, el pasaje de yatays ha desaparecido y ahora sí puedo volver a la carpa. Empiezo a entender cómo funciona el perverso sistema palmarense de opresión y despojo. Me siento junto a Ibn, dispuestos a entregarnos a los paraísos artificiales del yatay, perdidas las esperanzas de volver a casa. Junto con ellas, también pierdo la esperanza de que este texto sea publicado en mi blog, ya que mi acceso a Internet ha desaparecido. Sólo un Milagro puede conseguir que ésto llegue a ver la luz del día.


Pero, ¿quién sabe? Tal vez ocurra, y de algún modo misterioso e incomprensible, imposible de explicar, este testimonio llegue a mi weblog.


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