Tal como Fibonacci fue iluminado por los pétalos de las flores para inventar el número de Fibonacci, o los científicos locos de la Segunda Guerra mundial se inspiraron en el escarabajo bombardero para crear la bomba atómica, los panaderos profesionales también se dedicaron a la observación de la naturaleza en pos de la excelencia de su Arte. Y así, tal como nuestro siniestro y prolífico amigo el insecto protege sus blandos órganos (de donde parte el Principio Vital de esta repugnante raza) por un exoesqueleto de quitina, las delicadas masas dulces pueden viajar hasta el hogar de la seÑora golosa protegiendo su cabellera de merengue o crema chantilly -o resguardando el brillo de la guinda que corona su regordete cuerpecito- gracias a este abrumadoramente simple ingenio compuesto por dos tiras de cartón cruzadas, sostenidas en sus extremos por la bandejita en la que viajan las confituras para que el envoltorio final de papel (la “epidermis” de la Bestia) no percuda la textura y sabor que las hace tan apreciadas.
Una vez extendido y desarmado, el Exoesqueleto muta en desconcertantes tiras de cartón que no sirven para nada (excepto para ahorrativas ancianas inmigrantes criadas en tiempos de guerra y escasez, que las usan para eventuales listas de compras). No sintamos pena por su decadencia; una vez que el órgano de donde salen las reflexiones, sonatas e improperios que nos hacen tan humanos deja de funcionar, nuestro cráneo tampoco puede vanagloriarse de una muy extensa vida útil (excepto en manos del despiadado y feroz vikingo, que se regodeaba en su contribución a la vajilla hogareÑa).
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