Miércoles 11 de febrero pero del aÑo 2011, 16:33 hs. Gualeguaychú.
Después de una reparadora noche en el hotel que encontró el afortunado Ibn .tal vez fuera este su .talento secreto.- y en el que, desgraciadamente, se nos fue casi la totalidad de nuestro presupuesto, decidimos partir para regresar, derrotados y viejos .¡pero vivos! ¡Vivos!- a nuestra Ithaca.
La retirada se realizó un poco apresuradamente, ya que el hotel, de apariencia lujosa y confortable, fue revelando algunas fallas imperdonables: El aire acondicionado goteaba, el ventilador lanzaba unos intranquilizadores quejidos de herrumbre y la pileta estaba alfombrada con une película de verdín de unos dos centímetros; y por fin, a Ibn se le salió la llave del agua caliente de la ducha cuando terminaba de baÑarse, tornando el agua a unas temperaturas tales que era imposible entrar para ponerla de nuevo en su lugar y, por lo tanto, cerrarla. La habitación, tras unos pocos segundos, empezó a llenarse de un vapor londinense. Tras una charla con la gerente del hotel, que manifestó no tener idea de cómo solucionar el asunto porque el encargado de estas cosas estaba inlocalizable, nos sugirió que dejáramos todo así y nos fuéramos; por lo que sentimos como si estuviéramos huyendo de una falta grave, a pesar de nuestra inocencia.
La ruta se abre ante nosotros, cálida pero acogedora. Atrás quedaron los pesadillescos lagartos necrófagos y los aterradores hombres-palmera. Me siento más tranquilo y menos llorón; después de todo, sólo han pasado dos aÑos, una nada, un suspiro, si lo medimos en tiempos galácticos.
Pero la tranquilidad no es buena consejera y es recomendable mantener una saludable dosis de obsesividad: Tras unos largos kilómetros rodeados de plantíos de soja, Ibn levanta una ceja .recompuesto de su adicción tras una larga noche gritando .¡Nefer! ¡Sadat! ¡Edika!. e intentando clavarme una daga turca que aparentemente llevó bajo su smoking todo este tiempo, ha vuelto a estas viejas maÑas- y me dice .¿Puedo tomarme la libertad de seÑalarle al seÑor que hemos abandonado ya la ruta 14 hace unos diez kilómetros?.. Insulto por lo bajo, pero no me animo a detenerme: el Taunus está recalentado y necesito agua urgente. Es entonces que vemos un cartel que seÑala la presencia de un poblado cercano, de extraÑo nombre tal vez, pero donde no dudo que conozcan el líquido elemento, y hacia allá nos dirigimos.
El opulento pueblo de Palacio San José es un verdadero Oasis de lujo y adelantos técnicos en medio del atraso y la miseria provinciana que nos rodean. Se trata de una ciudad enmarcada por bellísimos jardines y cuya plaza central toma la forma de un .patio interno. con parras milenarias, rodeada de los departamentitos de los habitantes, y fundada por el polémico Don Justo José de Urquiza, aquel viejo traficante de lealtades y poblador personal del país.
Sus habitantes, que llegan desde sus lugares rurales de trabajo en grupos dentro de automóviles, remises o buses turísticos, sufre (no sabemos si por motivos culturales o fisiológicos) de una suerte de desorden de la memoria de corto plazo; por lo que a su llegada cuentan con la ayuda de un funcionario que los hace recorrer el pueblo y contándoles de qué se trata. Se trata de los .Guías., suerte de depositarios de la memoria colectiva de la ciudad, y que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad de la cohesión social de su pueblo.
Nos mezclamos entre los palaciodesanjosecinos, intentando enterarnos un poco de las características del poblado: entre otras cosas se nos cuenta .ante lo que los pobladores se quedan boquiabiertos- que una de las habitaciones (donde alguna vez se hospedó Sarmiento) tiene agua corriente. Intercambiamos una mirada de lástima y ternura con Ibn, ya que provenimos de un afortunado lugar donde el agua corriente es la cosa más común del mundo, pudiéndosela encontrar hasta en los barrios más humildes. Pero permitamos a estos inocentes habitantes de esta Edad de Oro, en la que el cinismo metropolitano y la deshumanización tecnológica no tiene lugar, siendo en su lugar la espontaneidad y una alegría primitiva aunque honesta la moneda más corriente disfrutar de la creencia de que viven en el siglo XX.
Impresiona el palaciodesanjosecino por su estampa viril y salvaje, y por su silencio parco, del hombre en contacto con la naturaleza y sus instintos más profundos. Viste gorro frigio, bombacha, divisa punzó y una mirada atenta y penetrante. En la foto podemos ver al palaciodesanjosecino típico, que nos recibe en la puerta del .Pala. (así le dicen los jóvenes de la localidad a la ciudad de .Palacio de San José., para agilizar el diálogo. .¿Volvés al Pala? ¿Venís del Pala?.). De tez broncínea y curtida y pelambre desprolija, se trata de un tipo de hombre que no mide las consecuencias de sus actos, y cuyo horizonte temporal es bajísimo.
La palaciodesanjosecina, en tanto, es suave, delicada y pálida como una orquídea. Se mantiene en el interior de las estancias y no sale a la luz del sol ya que se marchitaria o se apergaminaría en el acto, tal como una momia al ser sacada de su pirámide, por lo que pasa las horas practicando escalas en el clavicordio, leyendo novelitas románticas y emperifollándose para la llegada de su Urquiza personal para el cual ella es madre, esclava y cortesana a la vez. Luego de entregarse en cuerpo y alma a los salvajes requerimientos de su mazorquero, éste parte nuevamente en sus correrías y ella queda, desgarrada y sola, esperando recuperarse o morir de melancolía y tuberculosis.
De pronto, Ibn me tapa los ojos. .Me temo, seÑor, que esto será demasiado para su mentalidad progre de semi-comunicador del Sistema.. Como soy un hombre adulto y no me gusta que me oculten casi nada -y aparte percibo que Ibn no se ha lavado las manos después de ir al baÑo- se las quito de mi vista violentamente; entonces observo un horroroso instrumento de tortura que es exhibido en las Cocinas del Pueblo. .¿Qué es esa cosa?., le pregunto a un palaciodesanjosecino. .¿Qué cosa?., me pregunta. .Esa cosa.. .¿Qué pasa con esa cosa?.. .Quiero saber para qué sirve.. .¿Para qué sirve qué?., me dice, ofuscado. .¡La cosa que tenemos enfrente!.. .Enfrente hay una cosa.. .Sí., le digo. .¿Sí qué?..
Recuerdo entonces el problemita de los palaciodesanjosecinos y, resoplando, examino la máquina, y trato de imaginarme para qué sirve. Y cuando me lo imagino, me baja la presión.
Cuando me despierto estoy atado a la misma máquina e Ibn yace a un lado, con un moretón en medio de la calva. Aparece entonces un hombre ataviado con uniforme federal y galera. Dice ser Don Justo José de Urquiza. .Así como fue este Palacio el primero en contar con agua corriente., me dice, .mis hombres han sido pioneros en la preservación de la vida. Pero como no me gusta que esto se sepa, el agua corriente del Palacio contiene un prodigioso hipnótico que mantiene a mi pueblo en ese estado de desmemoria permanente..
Luego, dando vuelta de rosca a un implemento que sale del aparato, agrega: .Pero me he dado cuenta de que no es ud. uno de los miembros de mis montoneras. Es un forastero; y demasiado curioso. Muy bien, daré satisfacción a su curiosidad mostrándole para qué sirve el Destripaunitarios..
.¡No lo haga!., lloriqueo. Y luego agrego: .Tal vez pueda ayudarlo. Trabajo en un poderoso medio de comunicación porteÑo. Usted ha sido denostado por generaciones de revisionismo histórico, y considerado un traidor a la causa federal y un entregador del Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza. Tal vez pueda ayudar a cambiar esta inmerecida fama..
Urquiza ríe. Es dueÑo de un pequeÑo Imperio en mitad de la selva entrerriana, y le importa muy poco el qué dirán. Insisto y le propongo que, con mi ayuda, podría intentar una nueva invasión de Entre Ríos a Buenos Aires, como luego de la Batalla de Caseros; sólo que ahora no hay un Mitre que le dispute el Poder Central. Urquiza lo piensa un poco y luego dice .No, con ese cuento ya se me escaparon varios porteÑitos.. Entonces comienza a darle vueltas a una manivela.
Siento un dolor agónico e indescriptible. Es como un dolor de cabeza, pero un poquito peor (Convengamos en que mucha mucha mucha tolerancia al dolor no tengo). Entonces, cuando mi corazón está a punto de estallar debido al sufrimiento y empiezo a sentir algo parecido a un dolor de muelas, hace su aparición una figura inesperada: ¡Se trata del Bob PatiÑo de la Proveeduría, que blande en alto la daga hecha en fibras de coco! Urquiza, sin comprender que el Hombre-Palmera nos ha seguido para acabar con nosotros, lo ve y se sobresalta y le dispara con un trabuco naranjero. El Bob PatiÑo, dolorido, atraviesa a Urquiza, que muere por segunda vez en su vida. Luego intenta atravesarme a mío, pero ya ha perdido mucha savia y se desvanece.
Al rato Ibn despierta y huimos (no sin antes comprar algunos souvenirs en el almacén de la ciudad, que han bautizado como .Gift Shop. en un arranque de ironía federalista). En Gualeguaychú, mientras comemos una pizza a precios de Amsterdam, recapitulamos: Ibn comenta que un trozo del Bob PatiÑo había quedado enganchado al paragolpes del Taunus. Muy probablemente, gracias a la característica reproducción asexual del yatay, nuestro enemigo logró regenerarse a través de este solitario pedazo. Todos y cada uno de los detalles, historias paralelas y cabos sueltos de nuestra aventura cierran a la perfeccion, casi como un mecanismo de relojería suiza diseÑado por un japonés criado en Alemania, aunque aún no sabemos cómo haremos para volver a nuestra época. Entonces esplota todo. Fin. Chau, me cansé, ta luego.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario