Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
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Ricardo Blaquier Espill es un viejo batallador de la corriente de la left food, apelativo que no refiere a .comida de izquierda. (empanadas y clericó en peÑas del Partido Intransigente circa aÑo 1985) sino, más literalmente, a la .comida dejada. o .de sobras.. Son legendarios sus emprendimientos como Mejor que sosobre y no que fafalte, Para el Perro y Todo se transforma, donde cada plato era preparado en cinco veces su tamaÑo final, luego devorado por el personal de cocina (donde nunca faltaba Blaquier Espill, bon vivant por naturaleza) y lo que sobraba, entregado a la clientela, que por cierto estaba obligada a abonar las dimensiones originales del plato.
Luego de su forzada internación para tratar algunos problemas de salud (el hombre de Mercedes llegó a pesar 478 kilos), volvió a la carga de finales de los 90 con el malogrado Me salvé raspando, donde los clientes eran osequiados con un delicatessen objeto del deseo de comensales de todas las edades a lo largo de toda la historia de la humanidad: los crocantes restitos pegados en la fuente, sean de papas al horno, colita de cuadril o pizza. Los platos que originaban estas raspaduras se servían en Meneguzzi, la cantina que el visionario socio de Blaquier Espill instaló al lado del local, caracterizada por bajísimos precios, ya que los platos estaban subsidiados por los aficionados a las raspaduras.
Muy pronto Meneguzzi pudo independizarse y abrir veintisiete locales más en todo el país e anche en Punta del Este, lo que llevó a Me salvé Raspando a la quiebra; decididamente, ni el más fanático de la especialidad del local estuvo dispuesto a pagar sus exorbitantes precios, aumentados en forma geométrica ante cada apertura de su restaurante parásito; lamentablemente, la letra pequeÑa del contrato obligaba a Blaquier Espill a este forzado apoyo financiero.
El lector sabrá disculpar este extenso introitto que tiene por objeto celebrar, ahora sí, el último experimento de Blaquier Espill, Agarrá esto que parece un Cacho de Bondiola, ya de lleno en la más firme tradición de la Garbage Food. Llegamos al local en compaÑía de nuestros dos hijos Renata y Chelo (nuestra protegée Naty fue retirada por sus padres de la Clínica, para pasar las fiestas), que imbuidos de un generoso espíritu navideÑo nos han visitado por vez primera en cinco aÑos, con el objeto de que les firmemos unos papeles de no sé qué. Los acompaÑa su abogada, la Dra. Yolanda Martel, a quien calificaría como .una seÑora de buen ver. si la Maldad que adorna su rostro no la dotara de una expresión ciertamente gargolaria.
Los tres nos miran con rostro severo, pensando que esto forma parte de nuestro nunca bien apreciado sentido del humor. Sin embargo, no se allegan al regaÑo, ya que el trato consiste en una firma a cambio de un almuerzo en el local por nosotros escogido.
Es cierto que para el comensal aficionado, al cliente acostumbrado a la fonda de barrio, a la parrilla familiar con pelotero o al oportunista bistró palermitano inaugurado apuradamente para aprovechar el boom turístico, la decoración de Agarrá esto que parece un Cacho de Bondiola puede ser algo inquietante. Es cierto también que el local no tiene mesas ni sillas, ni tampoco paredes ni techo y ni siquiera una .puerta. per se, a través de la cual sentirse .dentro del local.. Es cierto, por fin, que la propuesta de García Espill .revisar, en la intemperie, unos containers de basura especialmente preparados buscando comida-, es un concepto demasiado de avant garde para los paladares brutales de mis retoÑos. Pero un deseo no se le niega a nadie en Navidad; menos cuando de eso depende un poder para abrir nuestra Caja de Seguridad.
Mientras revisamos el container que parece más apetitoso ante la mirada azorada de nuestros acompaÑantes, Blaquier Espill, excelente anfitrión, se acerca e intercambiamos las lisonjas profesionales de rigor. .La elección del tipo de restaurante -sin piso, ni techo, ni chefs- fue producto de las urgencias económicas, aunque hace tiempo que quería experimentar con esta idea., dice el empresario mercedino mientras nos ofrece la base de una zanahoria casi en perfecto estado. .El restaurante tiene mucho éxito entre el turismo europeo, que quiere probar en carne propia cómo es esto de andar revisando la basura. Allá los cartoneros son legendarios..
Aunque el restaurante funciona mediante la mecánica del self service, nos vemos obligados a elegirle una serie de picatostes a nuestros acompaÑantes, que se mantienen impertérritos a un par de metros de los containers. Le ofrecemos a la niÑa de nuestros ojos Media Milanesa a la Napolitana en Suave Colchón de Trozos de Galletitas Húmedas, y una Carcaza de Pollo con Cebollas Hervidas y Arrugadas Espolvoreada en Fina Nevada Mortal de Yerba Mate a la abogada. Los ojos inyectados en sangre de Baralt Jr. nos despiertan el buen humor y el apetito, lo que no obsta para que le demos parte de nuestra ración: un Cacho de Repollo Levemente Grisáceo en Camisa de Sobrecitos Abiertos de Mayonesa. Con un gesto de bonhomía, los invitamos a iniciar la ceremonia gástrica; la resistencia incrédula inicial va cediendo paso a una sufrida resignación, y nuestros invitados comienzan la degustación, utilizando pequeÑos mordisquitos de rata.
No podemos decir que la experiencia resulte del todo convencional. Descubrimos en nuestra zanahoria una verdadera gama de sabores encontrados, producto de la maceración en los jugos del tacho de basura, que nos recuerdan a algunos platos a base de simio probados en nuestro legendario viaje a Tailandia. Los rostros de nuestros invitados, en cambio, no revelan éxtasis sensual alguno. Un arabesco de arrugas se forma en sus rostros, mientras intentan tragar los delicatessen seleccionados, que se transforman .en el caso de Baralt Jr., que siempre fue de estómago delicado- en poderosas arcadas hacia el final. La Dra. Martel escupe algunos trozos de carcaza de pollo, con el rostro pálido. En cambio, nuestra hija Renata traga su ración mientras nos mira con ojos desafiantes y llenos de lágrimas a un tiempo; sentimos un orgullo secreto por su determinación, que corresponderíamos con un abrazo paternal si ella no nos odiara con toda su alma. El cocktail de sentimientos encontrados agrega una nueva dimensión a nuestra experiencia gastronómica.
Mientras reflexionamos en ello .y nos acercamos al container en busca de algún otro descubrimiento-, otro comensal se acerca a nuestro tacho de basura, sin pedir permiso. Viste un pullover raído, una gorra blanca y despide un olor apestoso, que nos recuerda al durian, esa fruta exquisita aunque nauseabunda que se consume en oriente; estamos por preguntarle si se trata de un exportador de durian, pero García Espill chasquea sus dedos, e inmediatamente un par de sicarios retiran a nuestro compaÑero de .mesa., por así llamarle. Nos explica el empresario que se trata probablemente de un desposeído, algo confuso, que se acerca a por comida sin el dinero para pagarla, una gaffe bastante frecuente: .Por eso, lo que logramos ahorrar en mobiliario e incluso en comida .los restos provienen del restaurante de un colega de la esquina- lo invertimos en personal de seguridad, para evitar estos malentendidos e indicarle a los desposeídos otros posibles rincones urbanos donde desarrollar su actividad. ¡Después de todo, la ciudad está llena de containers de basura!. Observo que, efectivamente, un círculo de matones armados rodea nuestros containers, desalentando visitas no deseadas; a veces se produce alguna filtración, dando lugar a estas situaciones desagradables.
Un carraspeo nos vuelve a otra situación desagradable y la abogada de la carne de nuestra carne nos presenta el poder, instándonos a la firma. Al mismo tiempo, el maitre .armado hasta los dientes, al igual que el personal de seguridad- nos presenta la cuenta, que inmediatamente paso a mis retoÑos, ya que el trato incluía una cortés invitación. Baralt Jr., que nunca se caracterizó por su savoir faire, no puede ocultar su mezcla de perplejidad e indignación al ver el resultado final de la adición; lo cierto es que el contenido de nuestra caja de seguridad no logra cubrir ni por las tapas el importe de la cena, y se produce un acalorado debate entre los miembros de nuestra contraparte. La Dra. Martel intenta que quede claro que sus honorarios no son negociables, mientras hermano y hermana intercambian apodos muy coloridos, hasta que cometen el primer error, el intento de fuga del local.
Con un nutrido background en este tipo de situaciones, nos arrojamos al suelo y nos arrastramos fuera de la zona, mientras el ruido a forcejeo, gritos, huesos rotos y algunos disparos de advertencia es lo bastante escandaloso como para ocultar nuestra fuga. A unos metros de allí, el cadáver de un desposeído nos ofrece una suerte de poncho que servirá para camuflarnos, en cuanto los sicarios de Blaquier Espill den cuenta de nuestra fuga; sólo debemos parar un taxi y darle la dirección de nuestra prisión habitual, donde un Bonarda de tintes violáceos y morados y nariz apapandanada, de cuerpo intenso y lóbrego nos espera en el doble fondo bajo la cama.
Pero antes, nos tomamos el tiempo de detenernos en un container vecino, en donde rebuscamos, junto a un colega momentáneo, algunos frutales vencidos, ya que la falta de finesse de nuestra malograda familia no nos ha dado tiempo para el postre. ¡Cheers!
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