Entre las múltiples variedades de buchonismo que infectan con su ponzoÑa repugnante nuestra vida, existe una variedad muy aceptada socialmente e incluso considerada una especie de héroe: el .Lechuzón del cine..
Este canalla ensoberbecido ha tomado en sus manos la causa de los melindrosos, los hepáticos, los estreÑidos, y ante cualquier intento de comunicación con nuestro compaÑero de butaca, cualquier rasgo de espontaneidad o humanidad, cualquier acto que se aparte de su reglamento imaginario, nos reprime duramente con un hiriente .¡shhhh!..
Pero antes, un poco de historia. Hace 65 millones de aÑos, cuando el último dinosaurio exhalaba su último aliento… No, pará. Tanto no. Vayamos a los inicios del cine. Leemos a Robert Sklar (un tipo que no sé quién es pero lo citan en el libro .Una historia de la comunicación moderna., de Patrice Flichy) : .En la época del cine mudo, se acepta que el público exprese en voz alta su opinión sobre el desarrollo del film. Esto permite forjar un lazo entre los que comparten las mismas emociones, se crea así una comunidad de espectadores, extraÑos entre sí al principio..
Ir al cine era una especie de fiesta o reunión social, donde se departía amablemente mientras el truco barato de feria hacía lo suyo; total, es una máquina. En el mismo libro se atribuye .por medio de estadísticas, censos y cosas difíciles e irrefutables- el descenso de espectadores al cine no a la aparición de la TV como se cree de habitual, sino a la llegada del cine sonoro, que convirtió esta entretenida festividad en un claustro rígido, luterano y silencioso (bueno, un claustro rígido, luterano y silencioso donde vemos cómo Meg Ryan hace sus caritas de mosquita muerta), vigilado implacablemente por la Guardia Pretoriana del espectáculo, el .Lechuzón..
.Bueno., gruÑe el Lechuzón de turno, levemente herido, .lo que pasa es que durante el cine mudo se podía hablar, justamente porque era mudo. Con el cine sonoro, si no escuchás no entendés de qué va.. Las objeciones a este argumento son infinitas, casi como tres: Que eso no explica por qué hay .Lechuzones. durante las películas subtituladas, que francamente no hace falta escuchar el brillante parlamento de .Die Hard 4.0. para enender que Bruce Willis choca un helicóptero con un auto, pero por sobre todo, que la Historia del Teatro también incluyó siempre la participación del público. Volvamos nuevamente atrás en el tiempo: El faraón Akhenatón… No, eeeh, pará, flaquito, pisá un poquito el freno.
Shakespeare, ahí está, Shakesepeare. La época esa de Shakespeare. Las obras del bardo inmortal de Stratford-on-Avon no se contemplaban en un sepulcral silencio precisamente. No, el teatro era un fenómeno popular, populachero, digamos. La gente se agolpaba y gritaba, e incluso llevaba comida al teatro -después de todo .Hamlet. duraba como cinco horas- y no se vendía pochoclo en envases de pulcro papel satinado, así que seguramente acudirían con canastas llenas de patas de carnero; esto era lo de menos .agrego, para que al .lechuzón. actual le dé un soponcio-, el concepto de .baÑo. en esos tiempos era desconocido, así que imaginate lo que eran las Noches de Gala en el Teatro El Globo. Volvemos al libro de Flichy: .En el siglo XVIII no habpia separación entre los comediantes y el público. Algunos espectadores tenían asientos en el escenario e el público no dudaba en apostrofar a los actores..
Por esto mismo, en las épocas anteriores a Lee Srasberg y Stanislavsky, lo importante de un actor no era la memoria emotiva ni el Método ni la versatilidad ni ningunsa de esas paparruchadas, sino que pudiera hablar FUERTE. Los tipos gritaban como si estuvieran vendiendo coca cola en la playa, y si hacía falta le hacían una doble nelson al espectador que se acercaba demasiado a la reina Titania (que estaba interpretada por un hombre, claro, pero eso no importaba demasiado en esas épocas fastuosas). El actor victoriano se parecía más a un cómico de cabaret de mala muerte, que además de actuar tiene que callar y decirle frases hirientes a los borrachos que se juntan a molestarlo, inquietos porque su actuación le quita tiempo al número de .Lucy, la Mujer Dinosaurio..
En el teatro de hoy, parece que los actores necesitan una concentración total, como si estuvieran cruzando la cuerda floja, porque sino se .salen del personaje.. Ay ay ay. Cómo nos vienen JODIENDO LA VIDA con eso de .salirse del personaje., como si el tipo, porque al tontaina de la segunda fila le empezó a sonar la Lambada en el celular, de golpe descubriera que está en un teatro rodeado de extraÑos y no en un Bosque Encantado poblado de hadas y duendes traviesos que hacen trapisondas con polvos mágicos del amor.
Seamos sinceros: un tipo que necesita silencio absoluto para no olvidarse de que por un par de horas en lugar de Alberto se llama Patroclo no tiene gran cosa de actor. Más bien es como un loquito. Un desubicado. Pero debido a esta mentira de la actuación como ejercicio zen, nos vemos condenados a estar rígidos como estatuas, o nos prohiben la entrada cuando empezó la función, a ver si el pobrecito escucha un ruidito y se pasma. Y por supuesto, los secundan los .Lechuzones del Teatro., que son casi tan malos como los del cine del que hablábamos hace un rato.
Porque al lechuzón del cine, ese autodesignado Policía del Arte, le molesta todo: que llegues tarde, que desenvuelvas un caramelo y, últimamente, que comas pochoclo (¡!!), por no hablar de que lleves una canastita con sandwiches de milanesa, .porque el olor te distrae. (lo que ya es una cabronada, porque hasta donde yo sé las películas -por ahora- no tienen olor); lo peor, si es que se puede decir que esta peste tiene un componente peor que otro, es que está convencido de que así deben ser las cosas y así aerán por el resto de la Eternidad, aunque mil aÑos de arte popular lo desmientan en su cara, aunque esta concepcion del cine y el teatro o el cine como mausoleo no tenga más de setenta aÑos.
El tipo contribuye a convertir una fiesta en un velorio y ni siquiera se lo cuestiona; curiosamente, no tiene problema en utilizar el camino inverso para otras artes. Sin ir más lejos, la literatura convertida en cabaret de mala muerte se llama .blog., donde el escritor no pasa de contador de chistes verdes y el .Lechuzón del cine. deviene comentarista, es decir en borracho pesado, defendiendo este estatus como si fuera un derecho adquirido, eterno y sempiterno. No tengo nada en contra de esto; siempre he dicho que los comentaristas son la cosa más divina y maravillosa y encantadora que hay y chuchi chuchi ahhh me los como con dulce de leche a los comentaristas, me pasan .cosas. con los comentaristas, no sé, .cosas., ay, ay, ay, estoy húmedo, soy un chico muy malo, necesito unas nalgadas; me limito a seÑalar esta contradicción.
¿Qué retorcido e infernal camino hemos recorrido desde un arte donde el actor prácticamente se daba de narices contra el populacho a esta Dictadura de los trucos baratos de feria? ¿Por qué permitimos su accionar al .Lechuzón del Cine.? ¿Por qué lo dejamos que arruine nuestra diversión y que invente reglas absurdas? Si estuviera en una fiesta lo echaríamos a patadas o lo desnudaríamos o lo emborracharíamos y lo enceraríamos en el baÑo, con un burro. Hagamos algo, por favor. Pidamos cines y teatros con vendedores de vino y choripan a los costados de las butacas, con bolas de espejos y música bailable sonando al mismo tiempo que la película, con sofás, almohadones y colchones en lugar de butacas, a donde se pueda acudir en pijama o disfrazado de romano, donde el diálogo con los extraÑos no sea castigado con el Tormento Chino de los .Mil Shhhs., y donde ir al cine signifique pasarla bien.
O sea, me refiero a que todo esto se pueda hacer en cines no condicionados.
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