lunes, 24 de abril de 2006

¡EXPERTOS DETERMINAN QUE NO HAY QUE IR “DE FRENTE” EN TODAS Y CADA UNA DE LAS ACTIVIDADES HUMANAS!





Este es un mensaje dirigido a mis compaÑeros de colectivo lleno al término de la jornada laboral:


Ustedes no me caen bien. Sus rostros deformados por la huella de las vejaciones sufridas durante el día, sus espaldas encorvadas por la pena, su mirada de resignación ante el día de maÑana que se acerca con la furia de un mihura embravecido, dispuesto a embestirlos con el peso de los deberes impuestos y la rutina, no hacen sino enfurecerme; tal vez porque los contemplo como un espejo donde mis propias miserias se exhiben impúdicamente.


Tampoco me gustan sus celulares y sus comunicaciones, calcadas por millones, donde comparten con todos nosotros la fútil información de que “están en el colectivo y van para allá”. Esto no le sirve a nadie, seÑores. Cuando lleguen, estarán allí. Avisarle de su situación a su miserable compaÑero/a de desgracias no aligerará el tránsito ni propulsará al colectivo.


No es nada personal. Simplemente, vivo esta pequeÑa tragedia día tras día (bueno, cuando no me llevo el Taunus) y los relaciono demasiado íntimamente con ella; estoy seguro de que los fines de semana deben ser personas encantadoras. Pero en ese no tan breve trayecto hacia el hogar sencillamente son desagradables y chocantes. Antes de la invención de los grupos de autoayuda, los sobrevivientes de accidentes aéreos hacían todo lo posible por no volver a encontrarse, y francamente me parece lo más lógico. Así que, supongo que ya lo saben, pero no creo que los invite a comer a mi casa.


Sin embargo, podemos hacer una alianza estratégica. Intentar acordar algunos puntos básicos.


Por ejemplo, es cierto que hay que “correrse al interior”. En el centro, o al fondo, suele haber más lugar que en el pequeÑo espacio entre la puerta y la máquina. A veces pareciera que no, pero una distancia de entre dos y tres centímetros entre persona y persona, al sumarse, puede hacer entrar a otro ser humano como ustedes. Y el ser humano es más flexible de lo que parece: Entre grasa, epidermis y músculos blandos, pueden ganarse unos cinco centímetros más y ahí estamos de fiesta. Puede parecer increíble, pero la rata doméstica es capaz de comprimirse diez veces su volumen, y es una de las especies más exitosas de nuestro planeta.


Un segundo punto es que quienes quedan en esa especie de hall de entrada no pueden hacer gran cosa para avanzar. Los encargados de esta tarea son los miembros de la segunda fila, quienes han superado la máquina y suelen quearse estólidamente mirando hacia adelante y argumentando que “no hay lugar” (cosa que ya hemos demostrado que nunca es cierto). ¡A ustedes corresponde esa carga pública! Rehusarla es condenar al sufrimiento a miles de personas (es decir, las seis o siete que se apretujan en el vestíbulo colectivero, sumadas en el día a día y en todos los colectivos del mundo).


El tercer punto es el siguiente: básicamente estoy de acuerdo, en general, en que “hay que ir de frente”. Pero esta frase se presta a confusión. Quien debe estar de frente, para no actuar con deshonor, es el adversario. No significa que usted deba estar de frente. Hasta podríamos decir que si usted avanza de espaldas está ganando unos puntos de honor, ya que el oponente se ve obligado a atacarlo por la espalda (algo así como la trampa del off-side). Pero tampoco estoy sugiriendo esto, porque también se puede prestar a confusión, aunque por otros motivos.


No, hay otro frente (por así decirle) de batalla. Solemos despreciarlo, solemos utilizarlo sólo para salir mejor en las fotografías (por lo menos de mitad del torso para arriba), pero el perfil tiene un potencial asombroso. Cuando el detective de la película quiere derribar una puerta para salvar a la chica, lo hace embistiéndola de perfil. El abnegado convencedor de suicidas que debe evitar que su cliente se arroje de un vigésimo piso se acerca a él, caminando por la cornisa, también de perfil. Y en el colectivo lleno, el perfil es imbatible.


A usted se lo digo, taponador de colectivos llenos. No me diga “no hay lugar”. No quiero escuchar “No se puede pasar”. Yo lo veo. Usted hace mal las cosas. Usted se pone de frente, en todo su ancho esplendor que haría palidecer al propio Rubén Peucelle (En un colectivo lleno TODOS somos “El Ancho”), a veces ensanchándose aún mas al cruzar un bolso o una carpeta sobre toda su humanidad. ¡No, no, no! ¡Mal! No está protagonizando un gag de los tres Chiflados. Usted no es Larry tratando de pasar por una puertita con unos tablones que lo trabarán hilarantemente. Nadie se ríe. No, los habitantes del vestíbulo no nos reímos.


¡Póngase de perfil, imbécil! ¡De perfil todos somos sílfides y delgados, etéreos elfos que se deslizan inmaterialmente por entre los árboles, o si lo prefiere, voluminosas ratas de albaÑal capaces de trasladarnos por un minúsculo caÑo de dos pulgadas gracias a nuestro gomoso e inmundo esqueleto!


De perfil se trasladará con la gracia de una pluma y alcanzará el Edén: el centro el colectivo o el fondo, donde el espacio vital aún puede percibirse como concepto; donde incluso podrá agarrarse de un caÑo, como un adulto, como un ser activo, dueÑo de su destino, y no limitarse a ser sostenido por la masa innombrable de los extraÑos. Y los inquilinos del vestíbulo se lo agradeceremos. De perfil. Eso es. Avance de perfil.


Eso es lo que quería decir. Si lo entendió, nuestro próximo viaje será un 13 % más agradable, que no es poca cosa.


Nos vemos.


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