jueves, 28 de abril de 2005

¡LOS VIEJOS OFICIOS OLVIDADOS ATACAN DE NUEVO!





Entrar al viejo taller de Don Isaac Schlotszky es como meterse en una Máquina del Tiempo que nos lleva a tiempos más nobles y amables (especialmente porque vive en una distorsión espacio – temporal que lo ubica eternamente en el aÑo 1923, y para visitarlo hay que meterse en una Máquina del Tiempo que nos lleva a tiempos más nobles y amables), donde la producción en serie y la informatización del trabajo no tienen cabida: Don Isaac es, probablemente, el último poceador de flan casero.


Todos nos hemos preguntado “cómo se hacen” o “quién se los pone” o “qué cara tiene el que hace esas cosas”; el caso es que el flan casero no sería lo mismo sin los clásicos pocitos que lo diferencian de su primo bastardo el flan industrial; La respuesta está en este rústico taller, donde se guardan secretos y técnicas transmitidas de generación en generación desde hace milenios, desde que el primer flan se concinó en la antigua Babilonia con huevos de la hoy extinguida gallina del desierto.


A sus 92 aÑos, Don Isaac se mueve con la energía y la agilidad de un joven de veinte (aunque aparenta 150), producto de mantener viva la mente y el alma con su trabajo sin pausa. Contemplar el fascinante proceso del poceado de flan casero es fascinante, aunque suene redundante (y fascinante): Todas las maÑanas, Don Isaac recibe la carga de flan artificial que posteriormente se encargará de pocear para convertir en flan “de tipo casero” (el verdadero flan casero no se confecciona desde el aÑo 1872).


Para ello, cuenta con la ayuda de una Clavícula de Salomón y unos recitados místicos y misteriosos, que utiliza para invocar a un pequeÑo espíritu aéreo. Cuando este espíritu se materializa, se dedica a provocar su ira remedándolo con una vocecita chistosa o poniéndole apodos malsonantes. Luego, cuando el espíritu pierde la paciencia se lanza sobre don Isaac para asesinarlo con sus garras; es en ese momento cuando Don Isaac coloca el flan delante de su rostro, que el pequeÑo monstruo va “poceando”, por decirlo de alguna manera (en realidad, la única, porque eso es exactamente lo que hace), con los golpes mortales de sus viscosas y afiladas uÑas.


Ayuda a esta tarea la pésima vista de la criatura, que no es capaz de distinguir el rostro de un anciano polaco y arrugado, de un flan. La astucia y la habilidad de Don Isaac para ir colocando el flan en la posición exacta que él necesita son la herramienta que consigue que el resultado final sea este tradicional postre y no unos despojos amarillentos y poco apetitosos.


Cuando está satisfecho con el resultado, Don Isaac calma al demonio, diciéndole en su antiguo y místico idioma, el equivalente de “no te calentés”. Luego encierra al espíritu en una pequeÑa jaula y lo alimenta con unas semillas especiales, para poder utilizarlo de nuevo hasta que su vida útil concluya.


“Aunque parece un oficio del pasado, la realidad es que tenemos cada vez más clientes”, nos cuenta Dante, el nieto de Don Isaac que desea retomar la antorcha de este noble arte. “Mi misión es renovar la técnica, tratando de incorporar las nuevas herramientas de la informática”. Agrega mientras con su laptop le da los toques finales a la Invocación Digital de Espíritus, programa en el que está trabajando desde hace cuatro aÑos y cuyo lanzamiento tendremos el privilegio de contemplar.


Pero, ¡Horror! ¡Un “bug” en el programa invoca a un espíritu completamente diferente, un Demonio ciego, estúpido, antropófago y de tres metros de altura! ¡Sin piedad se lanza sobre Dante, que patéticamente y sin aceptar que se ha confundido, pone un flan delante de su rostro! Por supuesto, el monstruo lo hace pedazos en un abrir y cerrar de ojos.


Don Isaac interviene en el acto y utilizando un arte marcial babilónico, logra reducir al demonio y enviarlo a su Dimensión Infernal nuevamente; luego, con un poco de crema chantilly que utiliza para el control de calidad de sus productos, restaÑa las heridas de Dante rápidamente, que se aleja mascullando palabras como “No, todavía hace falta perfeccionar el programa”.


¡Adiós, Don Isaac! ¡Larga vida a sus nobles manos, y que los pocitos en los flanes “de tipo casero” sean como abismos de sabiduría adonde nos arrojamos para conseguir ese estado de abombamiento estomacal post- monstruoso atracón de parrilla libre tan parecido a un trance espiritual!


Publicado a las 11:58 p.m.


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