martes, 19 de abril de 2005

EL ESPECTáCULO DE LA NATURALEZA HUMANA CONTRAATACA: ¿CóMO SE EXTRAE A UN NIÑO DE UN PELOTERO?





No fue sino hace unas pocas semanas que mi hijo entró por primera vez a un pelotero, ese moderno paraíso artificial para preescolares. Pasada la sorpresa por su algarabía instantánea, empecé a preocuparme por el siguiente enigma: ¿cómo sacarlo de allí una vez finalizado el tiempo reglamentario?


La posibilidad de que el retoÑo saliera de allí por su propia voluntad estaba, por supuesto, descartada; en su lugar yo no lo haría ni loco. El uso de la fuerza bruta para su extracción también, dado que me estaba prohibida la entrada. Y tengo la sensación de que la manipulación psicológica o moral (al estilo “vamos que empiezan los Power Rangers” o “hay otros niÑos que también quieren jugar y si no se van a poner a llorar”) no surte mucho efecto cuando los infantes – o cualquier ser humano en general – están haciendo lo que más le gusta en la vida.


Imaginé que el propio pelotero tendría algún mecanismo incorporado: una burbuja hermética antigravitatoria que se materialice alrededor del niÑo para luego sacarlo de allí; una grúa como las de las máquinas de muÑecos de peluche -un poco más grande, claro (el único problema es que uno nunca atrapa el peluche que quiere); un dispositivo que vacíe el recinto de pelotas hasta que el niÑo se retire, provocando la presión popular del resto de los usuarios; el rol de un “enano extractor”, encargado de retirar por la persuasión o la fuerza al niÑo en cuestión. Mirando atentamente, me pareció que el establecimiento no parecía contar con ninguno de estos mecanismos.


Me imaginé sudando, hablándole durante horas al pequeÑo, rogándole y prometiéndole juguetes fantásticos e imposibles con tal de que salga, hasta que salió a la luz el método utilizado por los propietarios del pelotero: A la salida del mismo, mientras llamaban al niÑo expulsable, exhibían un chupetín.


La verdad es que me pareció GENIAL. A mí jamás se me hubiera ocurrido. Aquí es, sin embargo, donde el agudo observador de la realidad debe evitar las arenas movedizas de la perogrullada y eludir la tentación de alegorías o lecciones, al estilo “iniciación en la coima” o “escuela de la corrupción“, que puede derivar a su vez en un horrendo editorial tipo “qué nos pasa a los argentinos”.


Sin embargo, quiero seÑalar algo que sí me llama la atención: Los adultos estamos acostumbrados a esperar una retribución por hacer lo que no queremos hacer (por ejemplo, trabajar); sin embargo, a la luz del ejemplo del pelotero, parece que nuestros primeros sueldos los recibimos por dejar de hacer lo que sí queremos hacer.


¿En qué momento de nuestra vida se nos dejó de pagar por este sacrificio? O mejor dicho, ¿quién me va a pagar por no robarme papas fritas de los platos ajenos, por no apagar la tele de un zapatazo cuando el control remoto no responde o por no arrojar la basura por el balcón?


¿Alguien tiene el interno del “Cuentas a Pagar” por estos servicios?


Publicado a las 11:10 p.m.


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